IESUS

6 de noviembre de 2019 by

LOS OJOS HABLAN

4 de noviembre de 2019 by

POR SUS OJOS LO CONOCERÉIS

FUENTE:

POR SUS OJOS LO CONOCERÉIS

Xavier Codorniu: “Los separatistas nos están echando de nuestra tierra”

20 de octubre de 2019 by

Conclusiones Lobo Estepario

21 de septiembre de 2019 by

Perón denuncia la trama masónica en las independencias de América

21 de septiembre de 2019 by

Perón denuncia la trama masónica en las independencias de América

Si todos los santos son así…válgame Dios

26 de agosto de 2019 by

Por Casimiro ÁLVAREZ
[A contracorriente]

Nada más lejos de mi intención que faltar a la iglesia católica o a sus creyentes con lo que aquí voy a decir, pues mi condición de ateo va aparejada al escrupuloso respeto a los discípulos de Pedro, y a la propia institución, tanto, al menos, como el que siento por los partidos políticos, quizá influenciado por el gran reconocimiento que profeso a los Jesuitas que en la Universidad Laboral acometieron la dura tarea de educarme, y aunque el resultado no haya sido el esperado, no se debe a la falta de maestría de los mismos, o de las deliciosas monjas Clarisas de clausura que nos atendían, el problema era de la rebeldía innata que tenían que doblegar.
Pero la noticia de la propuesta de beatificación de las tres “enfermeras mártires de Somiedo” hecha por el Papa Francisco me temo que hace agua por todos lados; y si todos los santos lo son por méritos parecidos, la santidad… clama al cielo.
Reconociendo que las tres chicas fueron fusiladas en Pola de Somiedo por las tropas del ejército rojo, por el batallón “Guerra Pardo” que participaba en la batalla conocida como el Copo del Puerto; me temo que no se deberían aceptar de manera tan gratuita versiones absoluta y burdamente manipuladas, y sin el más mínimo rigor histórico.
Según parece, en base a la rigurosa investigación de J. Luís Alonso Marchante, autor del libro “Muerte en Somiedo”, que aporta documentos incontestables, sumada al testimonio personal que me hizo un observador directo de lo ocurrido, fallecido no hace mucho, ni eran enfermeras, ni fueron asesinadas por su fe, ni se produjo el escarnio que cuentan los promotores de la beatificación, ni siquiera pertenecían a la Cruz Roja, y además la atención sanitaria de la guarnición de Santa María del Puerto, al mando del comandante Berrocal, estaba a cargo del médico militar Luís Viñuela Herrero, fusilado junto al citado comandante y demás oficiales la noche del 27 al 28 de octubre de 1936, y dos enfermeros. En realidad se trataba de tres activistas de Acción Católica, organización ultrarreligiosa cuya finalidad era “contrarrestar la acción funesta de la impiedad”, que alentaba enérgicamente el levantamiento militar contra la república, pertenecientes a la alta sociedad astorgana y acusadas de ser las inductoras de la cruel muerte con escarnio a machetazos, en una cuadra del Puerto, de los dos milicianos que cayeron en manos nacionales, uno de los cuales era Ignacio Menaza Santos, abuelo de la actual farmacéutica de Proaza, y el otro José Fidalgo Menéndez de la Riera, cuando los franquistas decidieron dar marcha atrás en el simulacro de parlamentar que habían urdido para ganar tiempo, a la espera de los refuerzos que venían de camino.
Es más, la orden de fusilamiento la decidió el Comité de Guerra de Somiedo, dirigido por Genaro Arias Herrero y Moisés Álvarez Nieto; siendo encargada la ejecución al capitán de la 1ª compañía del batallón Guerra Pardo, José Sánchez Ortega. Como se puede ver, lo ocurrido en la batalla del Copo y en las horas posteriores está sobradamente documentado. De manera que continuar con semejante farsa obviando las pruebas documentales, y testimonios, no deja en muy buen lugar a la iglesia de Roma. La instrumentalización política de las chicas fusiladas en la Pola ya comenzó el 30 de enero de 1938 cuando fueron inhumados los cuerpos para trasladarlos a la catedral de Astorga, con la participación de las máximas autoridades civiles, militares y eclesiásticas, y el visto bueno del papa Pío XI y la asturiana Carmen Polo, esposa de Franco. Y desde entonces, de manera esporádica, el empeño nunca ha cesado. Ahora hasta el papa Bergoglio, jesuita para más señas, se suma a tan absurda patraña, sacando a relucir y novelando de manera interesada otro de tantos pasajes crueles de la sangrienta guerra civil española, donde unos y otros se esmeraron todo tipo de atrocidades, venganzas, saqueos de vecinos y extraños, con la excusa de la enemistad política ocasionada por la guerra. ¡Difícil lo tiene la verdad ante tanta manipulación!.

FUENTE:

LA VOZ DE TRUBIA, 26 de agosto de 2019

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Beatificadas tras su martirio

Foto de MARIA PILAR GULLÓN

El Papa autoriza la beatificación de tres enfermeras, dos de origen leonés, fusiladas durante la Guerra Civil Fueron asesinadas en un puesto sanitario de Somiedo.
El papa Francisco recibió el pasado martes, en audiencia, al Cardenal Angelo Becciu, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, y autorizó promulgar los Decretos de martirio para la beatificación de María Pilar Gullón, de 25 años, Octavia Iglesias Blanco, de 41 años y natural de Astorga, y Olga Pérez-Momteserín, de 23 años, de padre natural de Villafranca del Bierzo, enfermeras católicas laicas de la Cruz Roja, que fueron martirizadas por odio a la fe el 28 de octubre de 1936 en Pola de Somiedo (Asturias) durante la Guerra Civil española.

La Iglesia ha reconocido las virtudes heroicas de los Siervos de Dios: Augustin Tolton, sacerdote diocesano; nacido en Brush Creek (Estados Unidos de América) el 1 de abril de 1854 y fallecido en Chicago (Estados Unidos de América) el 9 de julio de 1897; Enzo Boschetti, sacerdote diocesano; nacido en Costa de Nobili (Italia) el 19 de noviembre de 1929 y fallecido en Valcamonica (Italia) el 15 de febrero de 1993; Felice Tantardini, hermano del Pontificio Instituto para Misiones Extranjeras; entre otros.

Las jóvenes fusiladas, junto a otras personas, en Somiedo

las tres enfermeras

Las tres enfermeras beatificadas son: María Pilar Gullón Iturriaga, de 25 años, nacida en Madrid, era la mayor de cuatro hermanos, miembro de la Hijas de María, de las Conferencias de San Vicente de Paúl y de Acción Católica; Octavia Iglesias Blanco, de 41 años, nació en Astorga, era hija única y había vivido siempre con sus padres y era prima de Pilar y, como ella, de las Hijas de María, las Conferencias de San Vicente de Paúl y la Acción Católica, además de catequista; y Olga Pérez-Monteserín Núñez, de 23 años, nació en París, en uno de los viajes profesionales de su padre, un pintor natural de Villafranca del Bierzo asentado en la capital maragata.

A principios de octubre de 1936 Pilar, Octavia y Olga fueron enviadas un puesto sanitario ubicado en Somiedo, en la zona de montaña limítrofe entre León y Asturias, cerca del frente. El 27 de octubre, milicias locales realizan un ataque en el que son asesinados los oficiales al mando, el médico y el capellán, así como los 14 heridos que recibían allí atención sanitaria. Las enfermeras son apresadas y pasan la noche en cautiverio en Pola de Somiedo, en las barracas donde se alojaban los milicianos, quienes abusaron reiteradamente de ellas.

En la mañana del 28 de octubre de 1936 varias milicianas se ofrecieron como voluntarias para fusilar a las prisioneras. Tras negarse a renegar de la fe, las despojaron de toda su ropa, y las llevaron arrastradas a un prado donde hacia el mediodía las ataron y las fusilaron, repartiéndose después sus ropas. Por la tarde vejaron los cuerpos hasta que en la noche fueron sepultadas en la fosa común, que fueron obligados a cavar dos prisioneros también ejecutados luego.

Una vez terminada la guerra en el norte de España, a principios de 1938 fueron repatriados los restos de Olga, Octavia y Pilar a Astorga, en cuya Catedral fueron depositados con todos los honores en tres nichos. En 2006, descendientes de Pilar Gullón, en nombre de la fundación Enfermeras Mártires de Somiedo, pidieron a las autoridades eclesiásticas iniciar el proceso de beatificación.

FUENTE_ DIARIO DE LEON, 13 de junio de 2019

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LAS TRES ENFERMERAS MÁRTIRES DE ASTORGA

20 de agosto de 2019 by

ANA GAITERO | LEÓN
22/07/2019

MERCEDES UNZETA GULLÓN | ANTROPÓLOGA, ESCRITORA Y SOBRINA DE PILAR GULLÓN
«Si las mártires de Somiedo murieron por la fe, no lo sé; pero sí en labor humanitaria»

[Mercedes Unzeta Gullón con uno de los folletos que se editaron en Astorga al poco del asesinato]

Mercedes Unzeta Gullón

Mercedes Unzeta Gullón es sobrina de Pilar Gullón, una de las tres enfermeras de la Cruz Roja destinadas en Somiedo durante la Guerra Civil, en el bando de los rebeldes, asesinadas el 27 de octubre de 1936 tras la toma por tropas republicanas del puesto donde prestaban su labor humanitaria. Su tía Pilín, que tenía entonces 24 años, junto a Octavia Iglesias, de 41 y Olga P. Monteserín, de tan solo 19, fueron reconocidas como mártires asesinadas por odio a la fe por el papa Francisco el pasado 12 de junio y están en proceso de beatificación. La versión oficial de los hechos, basada en un consejo de guerra sumarísimo que acabó con la ejecución a garrote vil en León en 1937 de Gerardo Arias Herrero, El Patas, un minero de Villaseca de Laciana, veterano de la revolución del 34, señala que las enfermeras fueron violadas antes de ser asesinadas. Las tres tenían relación con Astorga aunque en el caso de Pilar Gullón, hija del político Manuel Gullón y sobrina nieta de quien fue el primer leonés presidente del Gobierno, Manuel García Prieto, residía en Madrid, pero el conflicto le pilló en Astorga, donde veraneaba con la familia. Mercedes Unzeta, que desde hace varios años reside en Nistal de la Vega, en el molino de Cela, cuenta sus vivencias e investigaciones.
—¿Cómo llegó a usted la historia de las Mártires de Astorga?
—Viví con ella desde que nací. A mi madre le costó mucho superar la muerte de su hermana y no creo que la llegara a superar del todo. Se culpaba un poco de no haber sido ella la que estuviera en los altos de Somiedo.

Las tres enfermeras en el Puerto de Somiedo unos días antes de su muerte con la madre de Pilar Gullón que subió a verlas.

FOTO CORTESÍA DE MERCEDES UNZETA.

—¿Por qué ese sentimiento de culpa de su madre?
—Cuando en Astorga se decidió que subieran tres enfermeras al destacamento militar que se acababa de instalar en las montañas entre León, ya en manos de las tropas franquistas, y Asturias, en manos todavía de los republicanos, se rifó quienes irían porque eran muchas las jóvenes de la alta sociedad astorgana que querían sentirse útiles. La guerra acababa de iniciarse. Les tocó a mi madre y a su hermana Pilín (Pilar). Las autoridades consideraron, y sobre todo su madre, que no deberían ir las dos, sus dos únicas hijas, así que se decidió que iría la mayor, Pilín, y luego, en los relevos iría Maca (Mª del Carmen). En su lugar fue una prima, Octavia y su gran amiga Olga.
—¿Cómo se lo contó su madre?
—Nos contaba poco pero nos leía de vez en cuando pasajes del librito de Concha Espina Las princesas del Martirio que guardaba con mucho celo en el tocador de su cuarto junto con las fotos de su hermana. Cómo pudiendo escapar dieron su vida por los enfermos, cómo las violaron, cómo las ultrajaron, cómo las fusilaron por no renegar de su fe, cómo a la tía Pilín la tuvieron que disparar tres veces porque erraban y ella se volvía a levantar hasta que la remataron. Estos pasajes tan duros que cuenta la escritora santanderina alimentaban nuestro sentimiento de angustia y congoja además de nuestra imaginación. El dolor de aquel suceso nunca abandonó a nuestra madre y nos lo transmitió a sus hijas. El espíritu humanitario y abnegado de la tía Pilín nos ha acompañado en nuestras vidas y la hemos utilizado invocando su apoyo en momentos de alguna necesidad de todo tipo, normalmente prosaica como exámenes o novios.
—Es la versión oficial de los hechos ¿Por qué investigó más?
—Hace muchos años conocí por casualidad a un militar que había estado en aquella época en esa zona y me contó que conocía y se acordaba muy bien de las tres jóvenes enfermeras que estaban en el alto del puerto de Somiedo. Me las describe a las tres en sus diferentes caracteres. Estaba destacado en la zona pero no pertenecía al grupo de oficiales que habían ocupado Santa María del Puerto, donde se encontraban las enfermeras, pero iba a pasar algunas tardes allí. Según este oficial, la Comandancia del Puerto, donde vivían los oficiales, el médico y las enfermeras fue atacada de noche por sorpresa, mientras todos dormían, por un grupo de milicianos dando muerte a todos los que allí vivían. Es decir, que según él las enfermeras murieron en sus camas. También me dijo que no había hospital como tal porque al no ser un frente abierto, sino de vigilancia de las montañas, no había heridos ni muchos ni graves, tan sólo los dañados de las pequeñas y aisladas escaramuzas con los milicianos.

FOTO CORTESÍA DE MERCEDES UNZETA: La tía Pilín vestida de enfermera.

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—¿Presenció los hechos?
—No. Si no, estaría también muerto, me dijo que se personó en la zona enseguida.
—¿Cómo encajó esta historia?
—Aquella nueva historia, sin enfermos moribundos en sus camillas y sin siniestros fusilamientos me impactó muchísimo. Me bloqueó y no pude hablar de ello durante mucho tiempo, ni a mis hermanas ni a nadie. No podía asimilar esta nueva versión de los acontecimientos que desbarataba la historia y toda nuestra imaginaria reflexión familiar.
—¿Volvió a hablar con él?
—Murió antes de que yo pudiera abordar más el tema, pero de su información me quedó un run run de saber qué había pasado.
—¿Cómo siguió las pesquisas?
—Años más tarde me contactan con un republicano que contaba que vivió los hechos en vivo y en directo a los 17 años que tenía entonces. Este señor de 89 años cuenta cómo él recuerda los acontecimientos de aquel 27 de octubre del 36. Este asturiano pertenecía al batallón republicano que atacó los altos del puerto de Somiedo. Cuenta que fue la mujer de un miliciano, a quien acababan de matar unos falangistas, quien, enfurecida por el asesinato de su esposo, se subió al camión donde llevaban prisioneros a todos los de la Comandancia: los oficiales, el cura, el médico y las enfermeras. Nos dijo que de la pura rabia saca debajo del mandil una pistola y se pone a disparar con furia a todos los prisioneros del camión, entre ellas, por supuesto a las enfermeras que mueren en el acto.
—¿Tiene alguna teoría?
—No tengo teoría. Estoy buceando en los acontecimientos y creo que todas las teorías tienen algo de verdad, algo de imaginación y algo de tendencia interesada. Lo cierto es que de una manera o de otra a las tres enfermeras murieron, fusiladas o asesinadas, haciendo una labor caritativa con enfermos graves o menos graves. Que representaban a la ONG humanitaria Cruz Roja que había sido respetada en todas las contiendas y era la primera vez que se saltaban esa inmunidad internacional. Bien es verdad que no mataron solamente a las enfermeras sino que el batallón republicano atacó por sorpresa a todo el destacamento franquista y murieron muchos militares además de los oficiales. En el caso de las enfermeras, que todas las versiones coinciden que fueron muertas por mujeres, creo que, además de tener en cuenta las circunstancias por el enfrentamiento nacional, influyó una especie de venganza social.
—¿Qué quiere decir?
—Las milicianas pertenecían, la mayoría, a la zona minera, y en aquellos tiempos en los que las desigualdades sociales eran muy profundas, estaban muy marcadas, y se veían muy definidas, podría muy fácilmente haber influido ese rencor de clase en el ensañamiento de las mujeres obreras con las señoritas de clase alta, sin tener en cuenta en esos momentos si eran enfermeras o no lo eran. Simplemente eran del bando enemigo, con importante religiosidad y, además, señoritas de la alta sociedad. Todo lo contrario que ellas. Pienso que era un cóctel difícil de digerir en aquel momento y en aquellos tiempos para las mujeres de los mineros. De hecho parece que enseguida que pudieron se repartieron sus vestidos que lucirían con orgullo.

Carta de una prima de Pilar Gullón fechada el 27 de octubre de 1936, día del asesinato.
FOTO CORTESÍA DE MERCEDES UNZETA.

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—De igual manera, ¿Pudo influir en la creación de la historia-mito el hecho de que sean señoritas de la alta sociedad de Astorga y no mujeres anónimas?
—No digo que el resentimiento social sea el principal motivo , digo que el hecho en el que todas las versiones coinciden, de que fueron las mujeres quienes dispararon, y teniendo en cuenta la situación, la comarca minera, la desigualdad social tan grande que había entonces además de que eran parte del enemigo y también muy cristianas era un buen paquete para odiarlas.
—¿Habría reaccionado igual la sociedad astorgana de no ser señoritas de clase alta?
—Quiero creer que si. Al fin y al cabo estaban en calidad de enfermeras de la Cruz Roja. Y era la primera vez que se saltaban la inmunidad de esa ONG humanitaria. La reacción de dolor hubiera sido la misma pero lógicamente, si eran hijas de familias muy conocidas y de políticos pues es normal que el impacto fuera mayor. Eso pasa siempre en todas las circunstancias, el drama de las personas conocidas produce mayor conmoción en la sociedad. Eso, supongo, pasó en este caso.
—¿Pudo usarse el caso para tapar un fracaso militar franquista?
—Fue un golpe importante al inicio de la guerra para los nacionales. Es totalmente cierto. Que se se centraron en las enfermeras para poner en valor su sacrificio y desacreditar con mayor inquina a los republicanos, también creo que es un criterio bastante acertado, no puedo decir que sea cierto, pero tiene todos los visos de que pudiera haber sido así. Que lo que se ha sabido sobre aquel suceso de las Enfermeras esta basado en el libro de Concha Espina, es bastante acertado. Ella se debió basar en lo que le contaron en ese momento, año 1940, y en los interrogatorios. Está claro que la información le viene de la parte llamada nacional o franquista.
—Se ha dicho que Concha Espina escribió el libro coaccionada porque tenía un hijo preso.
—Concha Espina no tenía ningún hijo preso. Escribió su libro en el año 1940. ¿Razones? Querría congratularse con el nuevo régimen, como muchos otros escritores, y era muy amiga de una tía de Pilar Gullón por lo que el dolor de la familia le podía haber llegado muy de cerca, y además era muy religiosa.
—¿Qué opina de la beatificación promovida por primo Manuel Gullón a través de la Fundación Enfermeras Mártires de Somiedo?
—Es la Fundación y la Iglesia. Que la Iglesia las considera mártires porque murieron por la fe. ¿Murieron por la fe? No lo sé. Es que murieron en una labor humanitaria y que eran muy fervorosas. Mi tía Pilín pertenecía a Acción Católica, a las Hijas de María, colaboraban en actividades pastorales de sus parroquias y participaban en obras religioso-sociales, como su madre y su abuela. Desde 1921 la presidenta de honor de la Curz Roja de Astorga, de la Sección de Señoras, era la Excma. Sra Dª Pilar Iturriaga de Gullón García Prieto (madre de Pilar Gullón), y la presidenta era la M. I. Sra. Dª María Blanco Rodriguez de Cela (abuela de Pilar Gullón). Octavia Iglesias tenía una única hermana que era monja y vivía fuera de Astorga. Su madre dio todo su dinero y dejó su herencia para construir un convento de clausura, de Madres Redentoristas, en Astorga, donde vino a vivir la hermana de Octavia hasta su muerte. Me parece muy bien que la Iglesia quiera beatificarlas. El merecimiento, como todos los premios, tendrá sus alabadores y sus detractores. Habrá a quien le parezca un acto elogioso y fantástico y a quien le parezca algo que no tiene sentido. La Iglesia Católica tiene sus ritos y sus procedimientos, como todas las Iglesias. Detrás de los premios siempre hay un interés y el interés de la beatificación supongo que es el que se sepa que tres jóvenes cristianas fueron fusiladas, o asesinadas, por razones de su condición humanitaria. Por supuesto la Iglesia cree en la versión histórica que ha estudiado a través de expertos para llevarlas al altar. Pues me parece muy bien en cuanto a que es una decisión y un acto de la Iglesia, en la Iglesia y por la Iglesia. Y me parece excelente y emocionante por el recuerdo de mi madre. Si viviera estaría realmente henchida de orgullo.

Mercedes Unzeta Gullón
Sábado, 15 de Junio de 2019

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FUENTE:
https://www.diariodeleon.es/noticias/sociedad/si-martires-somiedo-murieron-fe-no-se-si-labor-humanitaria_1350448.html

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Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo

Mercedes Unzeta Gullón

Sábado, 15 de Junio de 2019

Las mártires de Somiedo

Olga Monteserín (de pie, primera por la izda) Pilar Gullón (6ª, izda). Cortesía de Lala Isla

[Foto de OLGA y de Pilar Gullón]

Qué difícil es desbrozar las historias de la Historia. Hoy 13 de junio se publica en el periódico digital religiónenlibertad el reconocimiento del Papa, del martirio por su fe, a las tres enfermeras de la Cruz Roja de Astorga.

Estas tres enfermeras Pilar Gullón (hermana de mi madre), Octavia Iglesias (prima de mi madre) y Olga Monteserín (amiga de mi madre) enterradas en la Catedral de Astorga, fueron muertas en Somiedo al poco de comenzar la guerra civil, en octubre del 36. Estaban allí como enfermeras en un destacamento militar destinado a mantener firme ‘y limpia’ la frontera con la ‘todavía’ republicana Asturias.

Astorga era un punto estratégico para la organización de la contienda desde el lado de los llamados militares nacionales. Tenían en resistencia la comarca leonesa de la Laciana con la oposición desafiante de los mineros de ambos lados de las montañas asturleonesas.

Las mujeres astorganas, en un estado de exaltación delirante como era el que se vivía en esos momentos del inicio de la guerra, se organizaron muy pronto para apoyar y colaborar con rifas, donaciones, costureo… a las tropas que trataban de avanzar y someter la zona ‘más rebelde’, las tierras de los mineros. A las jóvenes, principalmente de familias acomodadas, enfermeras de cursillos acelerados, siempre entusiastas con la idea de ayudar, se les presentaba de pronto la oportunidad de ser útiles y, sobre todo, de servir a una causa grande como suponían que era la que esgrimían los militares sublevados. Se necesitaban tres enfermeras para un puesto militar en Somiedo. Impetuosas y generosas, estas jóvenes mujeres se animaron en seguida a presentar sus servicios. Eran muchas las que querían ir, desde luego ajenas al peligro y al horror que supone una guerra que sólo sabían de oídas, pero las órdenes eran las órdenes y tan sólo había lugar para tres. Ante tal arrebato no quedó más remedio que echarlo a suertes y mediante una rifa se eligió quienes subirían al destacamento recién instalado en las montañas leonesas para auxiliar a los posibles heridos que surgieran. La decepción para las que se quedaron fue tan grande que acordaron que se harían turnos para que todas pudieran dar rienda suelta y satisfacer su espíritu caritativo.

Mi madre contaba que por esos azares del destino la suerte fue a parar a ella y a su hermana Pilín junto con la alegre Olga. Las dos hermanas era algo que su madre Pilar Yturriaga, viuda de Manuel Gullón, no iba a permitir. Pilar era mayor que Maca (mi madre) así que se convino que primero iría la mayor y en el relevo iría Maca. El lugar de Maca lo sustituyó la prima de ellas, Octavia. Olga era la más risueña, la más jovial, la más joven (23 años). Pilar dicen que era la más guapa, la más elegante, quizás un poco estirada (25 años). Octavia (41 años) era la más seria, también era la mayor y con temperamento un poco monjil. Eso comentan quienes las conocieron.

Allí se fueron las tres astorganas orgullosas y felices con sus flamantes uniformes de enfermeras un día de agosto del 36. El destacamento militar al que fueron asignadas estaba en lo alto de las montañas en donde no había un frente abierto sino que era un puesto militar de vigilancia. La función militar era la de sostener la línea fronteriza de los, ‘rebeldes’, insometidos asturianos por lo que cotidianamente se encontraban con pequeñas escaramuzas y enfrentamientos aislados.

Ellas estaban felices sintiéndose imprescindibles, valiosas y útiles por primera vez en su vida, así que cuando las solícitas enfermeras que se habían quedado en Astorga haciendo rifas para recaudar dinero para ‘la causa’ reclamaron los puestos, el relevo, las tres enfermeras se resistieron a bajar de las montañas.

Y llegó octubre. Doña Pilar Yturriaga muy preocupada por los fríos de la montaña manda ropa de abrigo a través del capitán Nonides que baja de vez en cuando a Astorga y sube a Somiedo cargado de cosas y cartas. Cartas de protestas reivindicativas de las primas y amigas, a las que les parecía mucho más interesante estar arriba que abajo. Carta de la madre de Octavia, muy nerviosa por el tiempo que ya llevaba su única hija libre (su otra hija estaba ‘consagrada a Dios’, es decir, era religiosa) en lugar tan peligroso y la conmina a que baje que su prima Maca está deseando sustituirla.

Estas últimas cartas nunca llegaron a su destino. Están escritas un martes 27 de octubre del 36. Al día siguiente los ‘rebeldes’ asturianos enfurecidos por el persistente cerco de la ciudad de Oviedo que no lograban romper habían decidido dar un escarmiento a estos ‘nacionales intrusos’ y cambiaron de rumbo su objetivo y sorprendieron en la nocturnidad al destacamento vigilante de las montañas de Somiedo y arrasaron con todos.

Sobre las muertes de las enfermeras se ha hecho mucha leyenda, mucha leyenda interesada, que a base de repetir y repetir, como las mentiras de los políticos, llegan a parecer una gran realidad histórica, pero ese es otro cantar.

Hoy las tres jóvenes de Astorga, las enfermeras de la Cruz Roja, las mártires de Somiedo van camino de ser Santas. El Papa les ha abierto las puertas a su santidad.

Mi madre nunca se recuperó del todo de aquel insólito e inesperado avatar y nos inculcó toda la vida su amor y su devoción por su queridísima hermana mayor. Hoy estaría henchida de orgullo y me alegro enormemente por ella.

O témpora o mores

FUENTE:
http://astorgaredaccion.com/art/22053/las-martires-de-somiedo

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LAS ENFERMERAS ASTORGANAS VIOLADAS Y FUSILADAS EN SOMIEDO POR LA HORDA
ROJA. OTRO CASO DE LA VIOLENCIA Y LA BARBARIE COMUNISTA

https://antonioparragalindo.blogspot.com/

“PRINCESAS DEL MARTIRIO” / por Concha Espina

19 de agosto de 2019 by

Enfermeras del bando nacional en la Guerra Civil española
SEGÚN EL LIBRO “PRINCESAS DEL MARTIRIO” DE CONCHA ESPINA

Elena Andina Díaz1

1Diplomada en Enfermería. 2º Ciclo en Enfermería. Licenciada en Enfermería (Hogeschool Zeeland, Holanda)

CORRESPONDENCIA:
Elena Andina Díaz.
eleandina@telefonica.net

Manuscrito recibido el 5.05.2004
Manuscrito aceptado el 28.06.2004

Index Enferm (Gran) 2004; 47:61-65
Resumen Abstract

Concha Espina escribió a principios de los años cuarenta del pasado siglo un libro titulado Princesas del Martirio, para recordar la hazaña y homenajear a unas particulares “mártires de la Guerra Civil española”. Sus protagonistas son tres enfermeras voluntarias de la Cruz Roja de Astorga (León) que, en octubre de 1936, acudieron al Puerto de Somiedo (Asturias) a prestar su asistencia a los heridos y enfermos del bando nacional, y viéndose envueltas en un episodio bolchevique, cayeron prisioneras y fueron fusiladas. En este artículo utilizaremos dicha fuente literaria para tratar de reconstruir la que pudiera considerarse, en nuestra opinión, imagen de la “enfermera ideal”, perteneciente al bando nacional, durante dicha contienda. El método empleado se basará en la exposición y análisis del texto original, centrándonos especialmente en los aspectos relacionados con la imagen de nuestra profesión. Interpretaremos los datos teniendo en cuenta la realidad político-militar, social y profesional de aquel momento.
Dado su interés, se ha estimado también oportuno tomar en consideración otros documentos hallados igualmente durante el período de búsqueda de información -poemas escritos, monumentos, nombres de calles relativas a las tres enfermeras-. Gracias a ellos se indagó las conexiones entre ideología y reconocimiento profesional.

OBRA DE REFERENCIA: Princesas del Martirio
AUTORA: Concha Espina
EDITORIAL: Ediciones Afrodisio Aguado S.A.
LUGAR DE EDICIÓN Y AÑO: Madrid, 1941

Introducción

La II República Española, proclamada el 14 de abril de 1931 después de la derrota sufrida por el bloque dinástico en las elecciones municipales, estaba siendo apoyada por la clase obrera y los estamentos más liberales; sin embargo no parecía convencer de la misma manera a los estratos conservadores de la sociedad, a pesar de que pretendía sacar al país del atraso en que se hallaba inmerso. Tras la revolución de octubre de 1934, la escisión entre las “dos Españas” era cada día más evidente, fractura político-social que se agudizó con el triunfo del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936, y el asesinato de Calvo Sotelo el 18 de julio de ese mismo año. Los militares opuestos al régimen decidieron sublevarse, y el Ejército de África en Melilla dio el pistoletazo de salida: había estallado la Guerra. A comienzos de agosto la península se hallaba dividida en dos: las comunidades de Castilla y León, Galicia, Aragón, Navarra, Baleares, mayoritariamente contrarias a la forma de gobierno establecida hasta entonces; mientras que en el resto del territorio, salvo puntos aislados, se respiraban aires republicanos. Después de tres largos años de contienda civil, los nacionales se hicieron con el poder, comenzando luego una nueva etapa, el régimen dictatorial del General Franco.1

Para comprender mejor la historia que se narra en este artículo, es necesario retroceder en el tiempo y tratar de situarse mentalmente en la compleja situación que entonces se vivía en Asturias y León. La parte oriental de la primera de las dos provincias era, en su mayoría, afín a los ideales del gobierno de la República. El comandante militar que mandaba la guarnición de Oviedo, el coronel Aranda, al estallar la contienda bélica, se sublevó contra el régimen establecido, facilitando que las tropas nacionales tomaran la ciudad, y asegurando así que este bando, que dominaba la parte occidental, se hiciera poco a poco hueco en la zona oriental. La Asturias republicana, dolida por el engaño, decidió contraatacar con varias ofensivas desde puntos estratégicos.2 En León la sublevación había triunfado rápidamente a causa de que los mandos de las unidades establecidas en la provincia eran manifiestamente partidarios de ella.

Centremos nuestra atención en un lugar concreto del sur-oeste de la geografía asturiana, allí donde la cordillera cantábrica hace límite con la provincia de León, el Puerto de Somiedo. Poco después de iniciada la contienda, las tropas nacionales leonesas habían establecido un frente en esa región con la intención de frenar las embestidas de los revolucionarios asturianos que querían avanzar hacia el sur. Estos últimos no se aminoraron ante el despliegue del bando contrario y prepararon una emboscada en dicha zona el 27 de octubre de 1936.3 Fue allí donde ocurrió el episodio vivido por tres enfermeras de la Cruz Roja, cuya memoria nos proponemos reconstruir valiéndonos del libro mencionado.

Pero previamente conviene recordar el papel desempeñado por el cuerpo de enfermeras durante la guerra. Sabemos que nada más iniciarse el conflicto, el personal enfermero comenzó a ser movilizado con la finalidad de prestar auxilio a las víctimas de la contienda. Conforme iban transcurriendo los días, y ante el aumento de la demanda de cuidados, cada vez eran más las jóvenes voluntarias que se desplazaban a los lugares requeridos para atender a los heridos; impulsadas por el compromiso político o por altruismo. Voluntarias que, en muchos casos, carecían de formación sanitaria o bien era bastante incompleta.4 En aras de paliar esta falta de capacitación profesional, el Estado en la zona republicana, y la Falange Española Tradicionalista y de las J.O.N.S. en el lado nacional, además de organismos como la Cruz Roja, comenzaron a impartir cursillos acelerados con el fin de instruir a estas mujeres. Se crearon a la sazón un amplio abanico de titulaciones relacionadas con el cuidado enfermero: Damas Auxiliares de la Sanidad Militar, Damas Enfermeras Españolas, Enfermeras Profesionales, Enfermeras de la Cruz Roja -Profesionales o Damas Auxiliares Voluntarias-, Enfermeras Hospitalarias, Visitadoras Sociales, Enfermeras de Guerra, Enfermeras del Socorro Rojo, Enfermeras procedentes de otros países, Personal Religioso, etc.5-9 Titulaciones que, a veces, pueden ser coincidentes, pero dada la inespecificidad con la que han sido mencionadas en ocasiones, se ha optado por recogerlas tal como aparecen en la documentación consultada.

Tras esta breve, pero necesaria introducción, volvemos al comentario de libro que nos ocupa, Princesas del Martirio, escrito por Concha Espina, a principios de los años cuarenta del pasado siglo. En sus páginas se relata el drama real vivido por tres enfermeras astorganas, voluntarias de la Cruz Roja, que en octubre de 1936, respondiendo al requerimiento del Comandante Militar de la avanzadilla de Somiedo (Asturias), decidieron acudir al Puerto de este nombre para prestar su asistencia a los heridos y enfermos del bando nacional. Una vez allí, el hospitalillo donde ofrecían sus servicios se vio envuelto en un episodio bolchevique, cayendo prisioneras y siendo fusiladas, razón por la cual se convirtieron en “mártires de guerra”. La autora decidió documentar la tragedia vivida por estas tres muchachas, y manteniendo el “perfil histórico”, recrearla para el público en forma de relato literario, con la finalidad de que sirviese de recuerdo y homenaje.

Por nuestra parte, el objeto de rescatar esta obra no es otro que el de valernos de una fuente literaria concreta, para tratar de reconstruir la que pudiera ser considerada, en nuestra opinión, como imagen profesional de la “enfermera ideal”, perteneciente al bando nacional, durante la Guerra Civil. Quizá resulte obligado decir, además, que se trata de un libro escrito por una autora que ya había publicado anteriormente dos curiosas novelas en favor de las tropas franquistas: Retaguardia en 1937 y Las alas invencibles en 1938.10

El método empleado se basa en la exposición y análisis del texto original, Princesas del Martirio, centrándose de manera específica en los aspectos relacionados con la imagen de la Enfermería. La interpretación de los datos se ha hecho teniendo en cuenta la realidad político-militar, social y profesional de aquel momento. Cabe añadir que durante el período de búsqueda de información complementaria acerca de las tres enfermeras, se han hallado además otros interesantes documentos complementarios -poemas escritos, monumentos, nombres de calles-, por lo que, dado su interés, se creyó oportuno tomarlos en consideración para la redacción del artículo. Gracias a ellos se ha podido indagar mejor sobre las conexiones entre ideología y reconocimiento profesional.

La Autora

Concha Espina (Santander, 1877-Madrid, 1955) se inicia precozmente en el oficio de escritora, publicando sus primeras poesías a los 14 años. Tras contraer matrimonio emigra a Chile, donde escribe crónicas periodísticas. En 1898 regresa a España, convirtiéndose en una autora popular. A lo largo de su vida profesional acumula buen número de galardones, entre otros, el “Premio Fastenrath de la Real Academia Española”, “Miembro de Honor de la Academia de Artes y Letras de Nueva York” (1938), o la “Medalla del Trabajo” (1950). Además es propuesta, en dos ocasiones, para ingresar en la Real Academia de la Lengua (1928 y 1941), e incluso para el “Premio Nobel”. Fue autora de más de medio centenar de obras -artículos, ensayos, obras de teatro, poesía y novelas-. Reseñamos las siguientes: La esfinge maragata (1914), ambientada en el mundo rural leonés; El metal de los muertos (1920), narración de una huelga en las minas de Riotinto; Retaguardia (1937) y Las alas invencibles (1938), escritas ambas durante la Guerra Civil en favor de las tropas franquistas; y Princesas del Martirio (1941), que ahora nos ocupa. Varias de ellas fueron traducidas al inglés, al alemán, al italiano, al sueco, al polaco, al ruso y al francés.10-12

Estructura y contenido de la obra

La edición de Princesas del Martirio,13 que ha llegado a nuestras manos, es la publicada en 1941 por la Editorial Afrodisio Aguado de Madrid. Se trata de un volumen de 174 páginas, en palabras de su autora, “asequible al público lector […], y de modesta envoltura”, es decir, un libro divulgativo, que pudiese atraer y llegar a muchos lectores; puesto que, un año antes, había aparecido en Barcelona una primera “exquisita y breve edición numerada […]” de la que únicamente se habían hecho 575 ejemplares, característica que lo convertía en excesivamente selectiva.

Se inicia la obra con un prólogo titulado “Tragedia, fortuna y brindis como lema de este libro” en el que Concha Espina explica el método seguido para la recopilación de datos: “declaraciones sumariales de un Juzgado eventual castrense establecido en León [.], informaciones del Secretario de la Cruz Roja en la Asamblea astorgana [.], de un destacado falangista [.]”, así como del conocido “General don Vicente Lafuente”; informaciones que posteriormente le permitirían reconstruir la historia. Siguen a éste un total de cinco capítulos: “Camino Primero” […] y “Camino Final”, cada uno de ellos dividido a su vez en diferentes apartados, algunos de nombre tan significativo como “Corazones y Banderas”, “La hora del Señor”, “Responso”, “Oración”[…]. El inicio y final de cada apartado se ilustran con pequeños dibujos alusivos al contenido, al igual que la cubierta en la que aparece uno sencillo del rostro de las tres enfermeras.

Tras una breve introducción se presenta a las protagonistas, Olga, Pilar y Octavia, nacidas en la ciudad leonesa de Astorga, “tierra matriarcal de acendradas raíces españolas”, que movidas por “un bravo empuje de heroicidad y de amor”, parten, en pleno conflicto bélico -8 de octubre del año 1936- hacia el Puerto de Somiedo, en la colindante tierra asturiana, donde la Cruz Roja había habilitado un hospital “para los fieles nacionales”. Allí, “con valentía indomable”, y gracias “al lazo indisoluble de las creencias y las devociones”, ejercerán su profesión de “enfermeras voluntarias”. El lugar elegido se encuentra situado en el límite de dos provincias, “la de León, llena de fe en Cristo; la otra de Asturias, envenenada por los enemigos de Dios, enemigos también de la Humanidad”. La “casucha” en la que van a asistir a los desvalidos “se alumbra con voces femeninas, y se conforta y rejuvenece mediante la cuidadosa asistencia de las muchachas”. En aquel marco las tres jóvenes, “guapas, elegantes, de primera”, tendrán que sembrar “consuelos, esperanzas y risas” entre las víctimas de la guerra. Pero, de improvisto, en la noche del martes 27 de octubre de 1936, “el sagrado templo de la Cruz Roja” sufre el asalto de un grupo de milicianos republicanos.

En un primer momento, a las tres enfermeras se les presenta la posibilidad de poder huir de “la garra diabólica de los malhechores”, si bien optan por “sacrificarse, morir y resucitar entre los mártires del Señor”, en vez de abandonar a sus compañeros heridos. Dos falangistas deciden quedarse en el lugar con las chicas, obedeciendo de igual manera “a su propia conciencia dentro del estilo religioso y viril de la Falange azul, seguros de perecer entre los escombros del edificio, luego de asistir, pávidamente, al asesinato de los heridos”. En esos primeros momentos las tres enfermeras atienden a sus “amigos dolientes”, les animan, les exhortan “a esperar en Dios”, y se despiden de ellos “para otra vida interminable y feliz”. Después del asedio, el refugio “queda hecho una criba de balazos”, y pocas personas logran salvarse.

Finalmente los asaltantes, “hijos de la nada, producto del anarquismo”, se llevan como prisioneros a los supervivientes, entre los que se encuentran las tres protagonistas. Tras dividir al grupo, conducen a las tres enfermeras y a los dos falangistas hasta Pola de Somiedo, pasando allí la noche del 28. Al día siguiente, los cinco prisioneros son conducidos a las afueras del pueblo, al “prado del Palacio”. Primero son tiroteados sus compañeros, mientras a ellas les brindan la oportunidad de salvar sus vidas si alzan un grito a favor de la revolución rusa. Pero rechazan la oferta, y tras invocar un “¡Viva Cristo Rey!, ¡Arriba España!”, son fusiladas, enterrándose todos los cuerpos en una fosa común cavada en el lugar.

Una vez conocido el fatal desenlace, el sitio se “hizo fecundo en milagros, orto de públicas devociones”, al tiempo que los actos de desagravio y homenaje se suceden en diversos puntos: en el número 8 de la Rue de Barouillère de París, lugar de nacimiento de Olga, se piensa en colocar, por mandado de “ciertas damas católicas, una lápida como recuerdo de aquel martirio”. En Astorga, la tragedia se vive con intensidad, y en enero de 1938, la ciudad se viste de luto para recibir los restos de “las heroicas peregrinas de Somiedo”.

La imagen enfermera

La “enfermera ideal” presentada y descrita por Concha Espina en Princesas del Martirio es una mujer con un claro espíritu de caridad y amor al prójimo, que dedica y sacrifica su vida (y si existe peligro no importa, “así sabrá el mundo cómo trabajan y sufren en la guerra por Dios las jóvenes de España”) asistiendo a los más desvalidos. Las descripciones que se hacen de las tres mujeres, jóvenes, solteras y de clase acomodada (Octavia Iglesias, “hija única”; Pilar Gullón, “sobrina nieta del relevante leonés que tantas veces fuera un buen ministro de Corona”; y Olga Monteserín, “nacida en París.de padre artista”), están repletas de calificativos muy femeninos y maternales (“excelencia bondadosa, tesoro inagotable de dulzura, algo de madrecita, cara perfecta, espíritu sereno, alegre, con una inmensa capacidad de ternura”), que en ocasiones rozan lo celestial (“vírgenes, mujeres de Santa Fe, beatitud indecible, en sus facciones el privilegio angelical, halo de santidad en la noble expresión”), todo ello en consonancia con los cánones que se estilaban por aquel entonces9 y con los patrones culturales del “nacional-catolicismo”.

La importancia que el modelo religioso tiene para la autora se hace perceptible en las continuas alusiones a parábolas bíblicas: Octavia pide agua y la reparte entre sus compañeras, “recordándoles, acaso a la bella mujer de Samaria que diera de beber a Jesús”; los asaltantes echan a suertes el vestuario de las tres enfermeras -una capa azul- “como la túnica sacerdotal de Jesús Redentor”; o cuando éstos ordenan a las enfermeras que elijan al verdugo que va a matarlas, ellas callan, recordando así al “mutismo del Nazareno ante la insolencia de los lapidarios sacrílegos, aquel ¡adivina quien te hirió! al que Jesús no quiso contestar”. La labor que desempeñan las enfermeras está enmarcada por el culto a lo divino: “Octavia reza; les exhortan -a los soldados nacionales- a esperar en Dios”; Olga comunica a los soldados que van “a morir y enseguida resucitar entre los mártires del Señor”, no temen a la muerte pues la miran “con el heroísmo cristiano de la fe”.

Tampoco faltan frases en las que se funden las exclamaciones de contenido religioso y las de carácter político-patriótico. Y así tres enfermeras mueren repitiendo en el potro del tormento “¡Viva Cristo Rey! ¡Arriba España!”.

Otros documentos y testimonios de interés

El trágico final de las jóvenes no pasó desapercibido para la sociedad de la época, especialmente en la comarca maragata. Varios fueron los homenajes que se les rindieron en los años posteriores a su muerte. En el ámbito literario, además del libro comentado, un poeta y presbítero de la Catedral de Astorga, Juan Aponte, les dedicó una conocida Elegía, publicada en un “suelto”, y repartida entre los feligreses y amistades, algo que se solía hacer cuando se producía la toma de alguna población importante por las tropas franquistas. Antonio Carvajal Álvarez de Toledo, poeta y escritor villafranquino, publicó, en esta ocasión en la prensa, un Soneto laudatorio con motivo del traslado de los restos de las infortunadas a la Catedral de Astorga. O también el romance histórico astorgano Las tres ramitas de roble, debido a la pluma del cronista local y canónigo de la Catedral José María Goy,14,15 editado el año 1939, en la Imprenta y Litografía de D. Sierra de Astorga.

Pero, sin duda, el momento de máxima pasión y fervor popular se produjo en enero de 1938 con motivo del traslado de los restos, “en una procesión de ataúdes blancos envueltos por la bandera española”, desde Pola de Somiedo al solar natal. El Obispo de la Diócesis, el alto Clero, las Autoridades, la representación de todo lo constituido y vigente en la Patria nueva estuvo allí, “cortejando las preciosas reliquias entre preces y bendiciones, hasta que el ancho muro de la Catedral abrió sus piedras centenarias con blanduras de nido para dar un solemne descanso a los restos venerables”.

Y allí yacen desde entonces, en un señalado monumento funerario construido ex profeso. Una lápida en la pared recuerda sus nombres y el lugar de los hechos, y a su lado tres cuadros apergaminados con los textos de las indulgencias que diversas autoridades religiosas concedieron para la ocasión: la primera de la Sagrada Penitenciaría Apostólica, fechada en Roma en 1939, en la que Su Santidad el Papa Pío XII, confirma y ratifica las indulgencias concedidas en sufragio de las benditas almas de las jóvenes Octavia, Pilar y Olga. La segunda, del Obispo de Astorga, Antonio Senso Lázaro, concediendo a sus diocesanos 50 días de indulgencia a quiénes devotamente realicen actos de devoción a favor de las citadas jóvenes. Y un tercer cuadro, a la derecha del monumento, suscrito por varios Cardenales, Arzobispos y Obispos de España y Portugal, concediendo también indulgencias, en la forma acostumbrada.

Sin salir de la urbe, en la parroquia de San Bartolomé, otra lápida de mármol, con palmeras, una láurea oval y el escudo de Astorga, evoca también aquel episodio16:

“Las Hijas de María suplican una oración por sus compañeras de Astorga Octavia Iglesias Blanco, Pilar Gullón Iturriaga, Olga P. Monteserín Núñez Damas Enfermeras de la Cruz Roja que sucumbieron por Dios y por España fusiladas, vilmente, en Somiedo. Octubre de 1936”.

En la calle, también la sociedad civil quiso perpetuar su memoria. Para ello se eligió dedicarles una vía, la “Calle de las Enfermeras Mártires de Somiedo”.Lejos de tierras astorganas, en la capital de España, también hubo un lugar de honor en las paredes del Museo Nacional del Ejército. Allí permanecen todavía colgados los retratos de las tres jóvenes fusiladas en el desempeño de su labor humanitaria.17

Pero no todas las enfermeras que perdieron su vida ayudando a los demás durante la contienda fueron objeto de similares honores a los que hemos descrito. Sirva de botón de muestra la noticia publicada a mediados de julio de 2003 por La Nueva España18 de Oviedo, y también por el diario El País.19 En ellos se daba cuenta del hallazgo y exhumación de los restos de 16 cadáveres, en su mayoría enfermeras y personal sanitario del bando republicano que habían sido fusilados por las tropas nacionales la noche del 27 al 28 de octubre de 1937, y que se hallaban sepultados en una fosa común en Valdediós, a 10 kilómetros de Villaviciosa (Asturias) (según la obra Las fosas de Franco, se trataría de 23 enfermeras, cuatro celadores, un pinche de cocina y la hija de una de las enfermeras)20.

A pesar de que este hallazgo no fue ni mucho menos fortuito ya que no se había borrado de la memoria de los mayores, la losa del silencio fue, en este caso, el único homenaje. Una doble visión histórica de los acontecimientos, según se trate de vencedores o de vencidos.

Breve conclusión

La lectura de Princesas del Martirio invita a reflexionar sobre ese “modelo idealizado” de enfermera, casi perfecta, reflejado en sus páginas. Profesionales que realizan una labor de gran importancia y repercusión social, en momentos tan dramáticos como son los de una guerra civil; mujeres adornadas con unas cualidades religiosas, políticas y domésticas difíciles de igualar, que encarnan los ideales del “nacional-catolicismo”.21

Tras el impulso alcanzado por la Enfermería en la II República, la Guerra Civil supuso para las enfermeras del bando nacional una vuelta al rol religioso-doméstico, según se refleja en este libro de Concha Espina. Se viene a demostrar así cómo una obra literaria, y por extensión la literatura, puede convertirse en una significativa fuente de datos para investigar o indagar sobre la imagen de nuestra profesión en un contexto y momento dado.

Por otra parte, los restantes documentos y testimonios aportados también ponen en evidencia cómo, al igual que ha ocurrido en otras contiendas bélicas,22 la labor asistencial de estas jóvenes fue mitificada y elevada casi a la esfera de lo divino, estando esa “heroicidad enfermera” siempre en consonancia con los ideales político-religiosos del bando vencedor.

Bibliografía

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8. Gil Sacaluga R, editora. Medio siglo de Enfermería entre la tradición y el progreso: 1900-1959. Actas del VI Congreso Nacional y I Internacional de Historia de la Enfermería: La Enfermería Profesional; 2003 abril;3-5. Alcalá de Henares (Madrid): Escuela de Enfermería y Fisioterapia de la Universidad de Alcalá, 2003. [ Links ]

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FUENTE:

http://scielo.isciii.es/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1132-12962004000300014

Index de Enfermería
versión On-line ISSN 1699-5988versión impresa ISSN 1132-1296
Index Enferm vol.13 no.47 Granada 2004

MONASTERIO DE CARDABA

9 de agosto de 2019 by

lunes, 5 de agosto de 2019
SOBRE RANDOLPH HEARST PESÓ UNA MALDICIÓN: LE ARRUINARON ESTAS PIEDRAS

MONASTERIO DE CARDABA SACRAMENIA UNA HISTORIA DE NOVELA

El día de san Bernardo los que, como yo, siguen la regla del doctor melifluo y abrazaron las constituciones de su monacato dentro del siglo se sienten un poco tristes. Es tristeza fin de siècle, llanto por nuestros pasos perdidos, tristeza de finales del verano, nostalgia celestial por el canto de aquellos monjes blancos con la cogulla negra resonando lejanos a través de los valles de Europa. Son las voces anónimas de quienes siguieron la senda apartada del cantor de María, melifluas armonías 20 de agosto.
Menguan los días, marchan las golondrinas pero los zarzales se encuentran llenos de fruto y la luz declinante baña de todos los colores el rosetón de la antigua iglesia del monasterio de Cardaba en Sacramenia cuyo claustro fue vendido a los norteamericanos y hoy puede visitarse en Nueva York. Subí varias ocasiones a su emplazamiento en el alto Manhattan cuando era corresponsal o bien acompañando a familiares y parientes venidos de España o llevado por la nostalgia de aquellos sillares de buena labra que contenían todo el carbono 14 y el polvo de aquellos andurriales que tantas veces recorrí de niño. Eché de menos el silencio monacal y esa vida anónima de los profesos que muertos al mundo sus pompas y vanidades pasaron por esta vida sin dejar rastro salvo alguna que otra firma al dorso de alguna letra capitular miniada un nombre o una fecha consignados al desgaire sobre algún que otro libro del armorium o biblioteca capitular.
El monasterio debió de ser muy grande, dadas las dimensiones de la bodega y del granero. En todas las actas la firma del padre cillero o ecónomo, figura al lado de la del abad. Algo más de un centenar de monjes entre profesos y donados que hacían vida de comunidad total sin derecho a la privacidad ni a una celda conventual según la estricta regla de Claraval. Pasaban la noche en dormitorios corridos, su descanso nocturno siendo interrumpido por el rezo de maitines, prima tercia y nona. Rezaban en una única iglesia y comían en un refectorio comunal, iban a trabajar al campo en cuadrillas y estudiaban en el scriptorium una gran sala al lado de la huerta, volcando su sabiduría sobre los códices haciendo correr el cálamo con buen pulso e infinita paciencia benedictina sobre el pergamino.
Escribían con tinta negra y roja. Quehacer impersonal, sin vanagloria o fidelidad a un canon y un horario fijo, todos los días igual. Hacían guerra a las pasiones, dominaban sus apetitos mortificaban sus carnes con ayunos y morían de muy viejos casi siempre delante de un retrato de la Virgen María que les abría las puertas del cielo.
Ello forma parte del misterioso legado cisterciense que siempre me sedujo. El que a Dios tiene nada le falta, aunque viva pobre como una rata y en el más estricto anonimato monacal.
Esos colores vitrales de la iglesia escondida en el valle de Sacramenia guardan muchos de mis recuerdos de niño cuando en cuadrillas acudíamos a la romería que se celebraba en el prado boyal; garrafatinas, almendras de Alcalá, tiro al pato en las casetas, tambor y gaita. Inundaban el aire melodías de dulzainas. Los del pueblo, jota va jota viene, arsa morena que soy san Roque, y si viene la peste que no te toque, bailaban al santo hasta que antes de atardecido acababa el jolgorio y regresábamos a nuestras aldeas caminando por los rastrojos.
Hace muchos años que no acudo al festejo en los predios sacramenios de san Bernardo, antiguo cenobio castellano y una de las primeras fundaciones cistercienses, situado entre Valtiendas y Pecharromán, aguas debajo de un río que nace en Fuentesoto y al que aun no han puesto nombre solo se sabe que es afluente del Duratón. Flotan sobre el ambiente tristezas de despedida, nadie conoce los pasos ni los designios de Dios porque los muros sagrados se derrumbaron en el trajín de los siglos, de las guerras, las desamortizaciones, las leyes secularizadoras: ese ir y venir de la historia en el que no se percibe un rigor lógico. Es el caos de las pasiones humanas, el vórtice de la naturaleza inmisericorde con los débiles.
Si en Inglaterra pasó como un terremoto Cromwell que redujo a ceniza casi prácticamente la totalidad el patrimonio eclesiástico inglés uno de los más ricos durante la edad media, en España un ministro por nombre Mendizábal pasó por estos ámbitos como la apisonadora. Por si fuera poco mamelucos y gabachos durante la francesada dieron buena cuenta de lo que quedaba.
Se quemaron cosechas, pegaron fuego a varios pueblos como el de Santa Cruz en el alfoz de Fuentidueña y ardieron conventos. Un furor revolucionario sacude la historia de tarde en tarde y agitando la tea iconoclasta acabó con estos muros consagrados. La casa matriz del Cister y la propia orden que irradió por toda Europa una fuerza expansiva, extensiva, cultural y constructora al grito de Dios lo quiere, impulso de las cruzadas, premonición del arte románico en el que Cristo se convierte en músico y arquitecto, un increíble y misterioso movimiento religioso y litúrgico en la primera y segunda mitad del siglo XII está hoy casi desparecida.
Clairvaux se convertiría en una de las penitenciarias inexpugnables de Francia, al igual que el monasterio de San Miguel de los Reyes en Valencia o el propio Chinchilla. Los edificios que un día fueron jardines de María — en mi obra Viva Claraval elogio de la vida contemplativa lo específico— se transforman en paraninfos de desolación, establos y pajares abandonados. Eran otrora aulas de Dios. ¡Qué ironía! El monasterio de Veruela en Soria le sirvió a Bécquer de inspiración para algunas de las historias de terror en las que se inicia el romanticismo como género literario al igual que toda una pléyade de cenobios cistercienses en Galicia (Celanova), Zamora (Moreruela), Palencia (Aula Dei), fantasmagóricos recintos abandonados.
La regla bernarda cambió el rostro de occidente desde el punto de vista religioso. En España el rito hispano visigótico de origen griego cede el sitio al rito romano. Los monjes blancos traen consigo el espíritu de cruzada y se transforman en soldados ocupando torres en la frontera. Otro aspecto es el afán repoblador. Plantan majuelos, roturan baldíos, siguiendo el precepto de san Benito ora et labora en el que inspira su regla san Bernardo. Los caldos del mejor vino del mundo el Vega Sicilia que se cría por estos pagos fueron una invención cisterciense. Los monjes trajeron esquejes de las viñas borgoñas y trasplantadas a los valles del Duero produjeron ese mosto superior.
Cardaba— la data de su consagración remonta a 1142 — fue construida por musulmanes que fueron hechos prisioneros por Alfonso VII el Emperador y conducidos a Castilla como mano de obra. Es por esto por lo que en los valles de Sacramenia, Aldeasoña, Provanco y Peñafiel buena parte de la población es de origen morisco (también judía pues la aljama de Fuentidueña era la mayor en tierra Segovia) que se mezcló con la autóctona de ascendencia romana o vaccea.
Son los aportillados de Sacramenia a los que Alfonso X manumitió y les dio derecho a llevar armas y acudir a la guerra como soldados.
Sabemos que el primer abad era borgoñón y se llamaba Raimundo y que el último era un amigo del Empecinado que se tiró al monte y murió peleando con los franceses. Se llamaba fray Elías. En 1835 son enajenados los predios de Cardaba y los compra un labrador rico de Pecharromán. Casi un siglo adelante 1925 el magnate Randolph Hearst los descubrió y decide adquirirlos con la intención de transportarlo piedra a piedra a los USA por cinco millones de pesetas. Los sillares marcados y ordenados fueron embarcados y transportados en un carguero a Estados Unidos.
Ocurre la gran crisis del 29 y los negocios de Hearst, el magnate que inspiró al Ciudadano Kane de Orson Wells, dio en quiebra y el cargamento permanece olvidado en una dársena del puerto neoyorquino. Unos estibadores al cabo de tres décadas descubren el contenedor y las piedras van a parar a Miami (el ábside) mientras el claustro se queda en un museo al norte de la Ciudad de los Rascacielos. En fin, todo un cúmulo de vicisitudes dignas de un apasionante thriller trama para ahormar una novela supositicia de fantaciencia.
De las piedras seculares emanó según cuentan una maldición que ocasionó la ruina del magnate de los grandes rotativos. Hearst había sido el culpable de que el gobierno yanqui declarara la guerra a España, arrebatándonos el último florón del viejo imperio colonial. En connivencia con el almirante Simpson urdió la estratagema burda de la voladura del Maine. Murieron muchos de nuestros soldaditos como consecuencia del hambre y del tifus después del bloqueo a la isla por la poderosa escuadra norteamericana.
Aquellas piedras monacales clamaron revancha contra el hundimiento del buque “Furor” mandado por Fernando Villamil el héroe astur que un 3 de julio de 1898 levó anclas a sabiendas que esta temeraria salida del puerto de Santiago firmaba su sentencia de muerte.
La ruina de aquel banquero judío, que en uno de sus múltiples viajes a Europa quiso comprarlo todo, tuvo su origen en las plegarias de aquellos buenos frailes y cuyos ecos retumbaban en las bóvedas y los arcos del claustro pidiendo venganza contra la impiedad. El Altísimo escuchó sus suplicas y la fortuna del creso magnate se fue al carajo. Por lo visto, Dios castiga sin piedra ni palo.

Publicado por PREFERENS en 10:20
FUENTE: http://preferens.blogspot.com/

En defensa de la “liberación animal”

1 de agosto de 2019 by

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