hay crímenes… y crímenes menores…

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Aclaración previa. La diferencia entre los crímenes del fascismo y los crímenes de los biempensantes del amor (cristianos burgueses y comunistas) son las siguientes: a/ los crímenes de los vencedores son más graves por su volumen y métodos utilizados que los crímenes de los vencidos, los cuales han sido tremendamente exagerados por la propaganda; b/ los crímenes de los vencedores precedieron a los de los vencidos y, de alguna manera, los provocaron; c/ los crímenes de los vencidos fueron castigados, mientras que los de los vencedores permanecen impunes (me remito a los posts anteriores en los que he ilustrado este tema con el suficiente detalle, creo). Por todo ello considero que los crímenes de los vencedores son más graves que los crímenes de los vencidos, por mucho que la propaganda oficial (de los vencedores) haya estado medio siglo lavándonos el cerebro para convencernos de lo contrario. Pero esta conclusión no implica que los vencidos no cometieran crímenes, en algunos casos atroces. Dicho esto, añado que el holocausto existió. Sobre las dimensiones del mismo ya me he extendido en el post “La singularidad de Auschwitz”, donde analizo las interpretaciones oficiales y las refuto. Ahora bien, mi tesis al respecto es la siguiente: el holocausto es, entre otras cuestiones, uno de los muchos crímenes de masas perpetrados a lo largo de su historia por el judeocristianismo y, de alguna manera, la culminación de la carrera genocida emprendida en Jericó. Dada la intrínseca vinculación de la religión cristiana con la sociedad occidental, singularmente con la burguesía, y ya no digamos con el propio judaísmo, se ha utilizado el fascismo como chivo expiatorio para ensordecer este hecho escandaloso y suprimirlo finalmente de la conciencia pública. El fascismo originario (Mussolini) no era antisemita, sino nietzscheano y en este sentido antijudaico; por ende, hostil a los antisemitas, quienes, no lo olvidemos, son cristianos. Los judíos, por el contrario, aparecen sobrerrepresentados en el partido fascista. Sólo con el nazismo y por influencia de sus ideólogos wagnerianos (recordemos el conflicto alemán entre Nietzsche, pagano, y Wagner, cristiano, dicotomía que no se reproduce en la Italia fascista porque Wagner es un nacionalista alemán, cosa que no se puede afirmar de Nietzsche), Auschwitz llega a ser posible. El propio partido fascista se ve forzado, tras sus pactos con la Alemania nacionalsocialista (1938), a mimetizar un cierto antisemitismo propagandístico, sin raíces en la cultura nacional o en la ideología fascista. Pero incluso los dirigentes fascistas, y ya no digamos el pueblo llano, ayudan a los judíos cuando Italia (1943) es ocupada por la Wehrmacht y la Gestapo empieza a reclamar hebreos italianos para trasladarlos a Alemania. No se da, y nunca se ha probado que se diera, un proceso que conduzca del fascismo al holocausto de forma necesaria, como pretenden determinados historiadores a sueldo del sionismo. Esa necesidad ha sido fabulada, siendo así que el holocausto no se explica haciendo abstracción de las actuaciones criminales previas de los aliados angloamericanos y de los inmensos genocidios del comunismo soviético; pero aun así, la condición necesaria, aunque no suficiente, de Auschwitz, es el predominio de la rama wagneriana (cristiana) del fascismo frente a la rama nietzscheana (pagana, atea) del mismo. En este contexto, el holocausto constituye el desenlace consecuente, la culminación de la milenaria historia cristiana, plagada de actuaciones asesinas análogas. En el mismo sentido, el holocausto representa el fruto inevitable de lo judaico, es decir, de una pauta de conducta monoteísta y excluyente que se manifiesta por primera vez en hechos veterotestamentarios como la matanza de Jericó. A la postre, la esencia de lo judaico reverbera sobre el pueblo hebreo, arrastrándolo a los campos de concentración donde probará su propia medicina doctrinal. En este post y el anterior hemos hecho referencia a pasajes de libros sagrados judíos que celebran el exterminio de los gentiles, mujeres y niños incluidos; y a pasajes del libro sagrado musulmán que ordenan la aniquilación de los “asociadores” (paganos) y la persecución de los infieles. Ahora nos toca recordar aquéllos otros escritos, cristianos éstos, en los que se promueve el antisemitismo, singularmente en lo tocante a Alemania. Obligada es aquí la referencia a Sobre los judíos y sus mentiras (1543), de Martin Lutero, donde encontramos fragmentos del reformador que anticipan el holocausto: “Primero, sus sinagogas o iglesias deben quemarse… En segundo, sus casas deben asimismo ser derribadas y destruidas… En tercer lugar, deben ser privados de sus libros de oraciones y Talmudes en los que enseñan tanta idolatría, mentiras, maldiciones y blasfemias. En cuarto lugar, sus rabinos deben tener prohibido, bajo pena de muerte, enseñar jamás… La furia de Dios contra ellos es tan grande que están cada vez peor… Para resumirlo, estimados príncipes y nobles que tenéis judíos entre vuestras posesiones, si mi consejo no os es suficiente, buscad otro mejor para que vosotros, y todos nosotros seamos libres de esta insoportable carga diabólica. (…) ¿Quién les impide a los judíos volver a Judea? Nadie… Les proveeremos todas las provisiones para el viaje, para vernos por fin libres de ese repulsivo gusano. Para nosotros, ellos son una grave carga, la calamidad de nuestra existencia. Son una peste enclavada en nuestras tierras. (…) Yo les arrancaría la lengua de la garganta. Los judíos, en una palabra, no deben ser tolerados. (…) Si no fueran tan ciegos, su despreciable vida externa los convencería de la verdadera naturaleza de su penitencia. Ya que abunda en brujería, signos de magia, figuras y el tetragrama del nombre, eso es, con idolatría, envidia y vanidad. Además, no son más que ladrones y asaltantes que diariamente no prueban bocado y visten ropa que nos han robado y hurtado por medio de su maldita usura. De este modo viven día a día, junto con esposa e hijo, de robo y hurto, como archiladrones y asaltantes, en total impenitente seguridad. Para un usurero es un archiladrón y asaltante que debería ser colgado en la horca siete veces más alto que otros ladrones. En efecto, Dios debería profesar desde el cielo sobre tal hermosa penitencia y mérito a través de su santo ángel y volverse flagrante, mentiroso blasfemo por el bien de la sangre noble y los santos circuncisos que se jactan de ser santificados por los mandamientos de Dios, a pesar de que los pisotean a todos y no conservan ni a uno de ellos. (…) Sus alientos apestan por el oro y la plata de los infieles; porque no hay gente sobre la tierra que sea, haya sido o Será, más avara que ellos, como pueden ser vistos en su maldita usura. Entonces sepan, mis queridos cristianos, que después del diablo, no hay nada más agrio, más ponzoñoso, mas vehemente y enemigo que un verdadero judío que realmente desea ser judí… ¿Acaso no su Talmud y sus rabinos escriben que no es pecado si un judío mata a un infiel, pero que si es pecado si mata a un hermano en Israel? No es pecado si no mantiene su juramento a un infiel. Entonces, el robar y asaltar -como lo hacen con sus prestamos – a un infiel, es un servicio divino… ¿Qué debemos de hacer con este rechazado y condenado, pueblo judío? (…) préndale fuego a sus sinagogas o escuelas y entierren y cubran con tierra todo aquello que no se pueda quemar…Yo aconsejo que sus casas sean arrasadas y destruidas… Yo aconsejo que todos sus libros de rezos … en los cuales tales idolatrías, mentiras, maldiciones, y blasfemias se enseñan, quítenselos, … y que a sus rabinos se les prohíba enseñar de allí en mas, bajo pena de perdida de vida o miembros…que los salvoconductos en los caminos sean abolidos completamente para los judíos… y que todo sus tesoros de plata y oro se les sean quitados (…) Pero si las autoridades se rehúsan a usar la fuerza para restringir al diabólico atropello de los judíos, entonces los judíos, como hemos dicho, deben de ser expulsados de sus países y ordenados a volver… a Jerusalén, a donde puedan mentir, maldecir, blasfemar, difamar, asesinar, robar, asaltar, practicar la usura, burlarse y regodearse en todas esas infames abominaciones que ellos practican entre nosotros y que se vayan….nuestro Señor el Mesías, nuestra fe y nuestra iglesia incorrompida y descontaminada de su diabólica tiranía y maldad.” Los germanos fueron convertidos al cristianismo, en algunos casos, como el de los sajones, con brutal violencia, pero encualquier caso siempre por la fuerza. Luego, el cristianismo de Lutero, al que se convirtieron el 70% de los alemanes, les enseñó a odiar a los judíos y, finalmente, Alemania perpetró el holocausto. ¿Debemos extrañarnos? Pero, ¿es “Alemania” u otra cosa la que está ejerciendo aquí sus efectos? Comparemos los textos de Lutero con los textos judaicos del Antiguo Testamento, la Torah, o con los textos de El Corán. Me he referido a ellos en los posts anteriores. Un extraño parecido los une a todos, a saber, ese “derecho” a convertir en poco menos que demonios, es decir, en seres inhumanos susceptibles de ser exterminados, a los descreídos de Yahvé, el único supuesto dios verdadero. El holocausto no forma parte de la cultura alemana, sino de la cultura judeocristiana y, en última instancia, de esa religión abrahamánica universal que antecede a las tres ramificaciones, hebrea, cristiana y musulmana, de la sumisión al único ente presuntamente omnipotente, el déspota del desierto que no era sino la imagen proyectada de la impotencia política del judío. A la derecha, portada de Sobre los judíos y sus mentiras (1543), de Martin Lutero Jaume Farrerons 1º de septiembre de 2010 Publicado por Jaume Farrerons en 1:30 PM

Nota de JRANIA: Reproducimos íntegramente este post del blog filosofía crítica por su interés.

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