La religión germánica y el ocaso de los dioses

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Los crímenes contra la humanidad los cometieron los alemanes. Los crímenes por la humanidad los cometieron contra los alemanes. Esa es toda la diferencia (Carl Schmitt, Glossarium).

¿Es el tema heideggeriano de la muerte una mera construcción filosófica? Vamos a abordar la cuestión por un lado quizá inesperado, de manera que la problemática resulte accesible a quienes niegan toda autoridad a la filosofía o, lo que es lo mismo, son unos “negados” para ella.
En la obra Historia de las ideologías. De los faraones a Mao, de François Châtelet y Gérard Mairet (coord.) se intenta explicar las características específicas de la filosofía alemana a partir de los signos inconfundibles anticipados por la religión germánica, que los autores califican de “pesimista”: “Después, más allá de la Edad Media clásica, más romano o galo-romano que germano, por su motor francés que iguala, cierto es, el decisivo impacto vikingo, debía llegar la hora de las grandes huellas ideológicas germánicas sobre Europa: protestantismo, filosofía de Kant o Nietzsche. ¿Es muy difícil descubrir sus raíces, en lo que acabamos de ver de los conceptos antiguos de esos hombres del Norte?” (p. 118). Veremos que la cosa va mucho más allá del mero pesimismo entendido en un sentido psicológico vulgar.
Es cierto, por otro lado, que en sus formas iniciales ninguna de las religiones originarias baraja la carta de la inmortalidad, sino exclusivamente la del infierno como representación poética del dolor absoluto de perecer. La forma “primitiva” de eternizar la muerte será así afirmar la finitud precisamente como sentido único de lo imperecedero, pero los pueblos primigenios no expresan esta idea de que precisamente “la muerte no muere” o “el pasar mismo no pasa” mediante conceptos filosóficos abstractos, verbi gratia la “nada” como lo opuesto al “ser”, sino que representan pictóricamente la experiencia subjetiva del morir en cuanto tormento. El “infierno” así concebido -ajeno a toda expiación punitiva de una culpa por actos pecaminosos- se detecta, por poner tres ejemplos, en las religiones griega (Hades), judía (Seol) y germánica (Hel).
Por contra, la aparición de la primera noción hedonista de inmortalidad hay que buscarla en Egipto en relación con las preocupaciones personales del faraón y ligada a las necesidades psicológicas de un individuo autoerigido en dios y protoforma despótica del futuro Yahvé del Libro de Josué. Desde África, se extiende así la fe transmundana al Asia Occidental y quizá a la India, adoptando formas diversas (supervivencia, reencarnación, resurrección) que conviene no confundir.
Considero un error garrafal de interpretación propio de escolares identificar la religión originaria de los pueblos indoeuropeos con el vedismo ario de la India. En este sentido, hay que subrayar que la época de expansión de los pueblos indoeuropeos o indogermánicos comienza en el neolítico, es decir, alrededor del año 5.000 a. C., mientras que la ocupación aria de la India que diera lugar al famoso régimen de castas (hacia 1.500 a. C.) es un episodio muy posterior a dichas migraciones e incluso al nacimiento de la cultura egipcia (año 3.000 a. C.). Tanto los hindúes como los persas en cuanto pueblos arios o indoeuropeos mantuvieron estrechos contactos con las civilizaciones nilótica (camita), índica (dravídica) y mesopotámica (sumeria) y, por lo tanto, sus creencias religiosas originarias se vieron modificadas en la dirección inmortalista predominante trazada muy tempranamente por la realeza de Egipto. Otro tanto cabe decir de los judíos, aunque ya veremos que en su caso las características del bagaje cultural hebreo anticipaban cuál iba a ser inevitablemente su evolución posterior hacia la idea específicamente judía de la inmortalidad, a saber, la resurreción de la carne (frente a la creencia ario-védica en la reencarnación o la supervivencia platónica del alma, oriunda del orfismo y más próxima al concepto egipcio original de inmortalidad).
Se nos ha objetado que entre los germanos encontramos el Walhalla, estancia celeste humana del Asgard o morada de los dioses, pero ésta es una imagen muy tardía, nada menos que del siglo X d. C. y de clara ascendencia cristianomorfa. Otro tanto puede afirmarse de la idea de una Edad de Oro o resurgimiento y triunfo del bien sobre el mal posterior al Ragnarök, la catástrofe final en la que se cifraba la cosmogonía germánica: el veneno profético yahvista -la esperanza, esa peste que, más allá del tópico, viene efectivamente de oriente- ya se estaba abriendo paso en la sangre de los guerreros.
Mas incluso cuando conciben un paraíso, para los germanos poco tiene éste que ver con los campos floridos del imaginario africano: el Walhalla es el lugar donde los héroes siguen luchando eternamente, de suerte que incluso en el seno de la dualidad platónica el lugar transmundano preserva los contenidos ágónicos y, por ende, el sentido metafísico del dolor que constituye el meollo de la noción heroica del Hel.
Por tanto, es preciso distinguir, en la religión germánica, los elementos puros u originarios y los advenedizos católico-romanos, de carácter cultural semita, es decir, totalmente opuestos en cuanto al significado y al valor ético.
En efecto, la religión germánica original permite identificar, a mi juicio, las creencias religiosas y existenciales de los pueblos indoeuropeos anteriores a sus contactos con las culturas meridionales y orientales, semitas o no. El motivo es la ubicación de los germanos: son los indoeuropeos situados históricamente en la más aislada y extrema esquina noroccidental de su área de distribución geográfica. Cierto que los celtas se asentaron al oeste de los germanos, pero su orientación sureña los puso en relación con los pueblos preindoeuropeos de la cuenca mediterránea, lo que es tanto como decir: con Egipto, epicentro de la plaga inmortalista. De ahí que entre los celtas se reconozca de forma inmediata una creencia en la inmortalidad que prolonga la concepción nilótica de un paraíso de prados verdes y placeres naturales allende la muerte, por no hablar del poder de la casta sacerdotal, totalmente atípico entre los arios excepto en el caso hindú, tan contaminado en este sentido como el celta o el persa.
Se nos ha objetado también que la idea de la nada sería precisamente de procedencia materialista judía y que lo propio de los pueblos indoeuropeos es la “espiritualidad” y, por lo tanto, la creencia en la inmortalidad del alma de tipo platónico o cíclico (reencarnación). A mi juicio, esa presunta espiritualidad ontológica (el alma) no es más que materialismo ético, mientras que toda forma de eticidad implica necesariamente la finitud como condición sine qua non del acto heroico. Un ser omnipotente e infinito o eterno no puede actuar éticamente porque carece del requisito fundamental a tal efecto, a saber, la posibilidad misma del autosacrificio.
Judíos y germanos
Volvamos, pues, al principio. Todas las religiones, en sus orígenes, ya lo hemos visto, muestran un “infierno” y no, en cambio, un “cielo”. Para los judíos ese infierno era el Seol, equivalente funcional del Hel germánico. No se trata, por tanto, de una cuestión racial. Ahora bien, los judíos evolucionan motu proprio hacia la idea de inmortalidad en forma de resurrección de la carne, mientras que para los germanos ese tipo de creencias hedonistas es totalmente exógeno. Por tanto, considero inaceptable la pretensión de que el elemento definitorio de la fe judía sea algo así como la afirmación de la nada. Sostengo que se trata exactamente de todo lo contrario.
Incluso en la idea del Seol y del Hel existen diferencias fundamentales entre los judíos y los germanos. Los judíos no pueden concebir la noción ética de la nada justamente porque creen en un Dios único, Yahvé, y dicha fe excluye la noción misma del no-ser. La nada nadea, que diría Heidegger. La idea de un ente absoluto no se compadece con la experiencia de la nada, que es menester no amalgamar con la de “vacío”; no puede hablarse de “nada” en tales términos porque Dios -un ser personal, no lo olvidemos- se ha concebido como omnipotente y susceptible de hacer y deshacer literalmente a su antojo, vulnerando incluso la irreversibilidad del tiempo que define la esencia de lo trágico. Así que George Steiner puede pretender semejante despropósito, pero yo por mi parte me niego a razonar al compás de criterios de autoridad y prefiero ir a la evidencia de la cosa misma: no hubo nunca “auténtica” nada entre los judíos y, claro, el postulado cultural de un ser eterno y único -Yahvé– tenía que conducir a algún tipo de inmortalismo entre los súbditos de tal tirano celestial. El de los judíos, peculiar suyo, y a diferencia del platonismo (ontológicamente idealista, éticamente materialista) es tout court materialista tanto en el sentido ético cuanto en el perfil ontológico: resurrección de la carne y reino de Dios felicitario.
¿Qué pasa, por contra, entre los germanos? Para ellos, y esto es extraordinario, también los dioses son finitos. Así, se habla del destino u ocaso de los dioses, y éstos perecen: “Un profundo sentimiento de pesimismo resalta en el hecho de que los germanos no creyeron en la eternidad de los dioses, sino que previeron su aniquilación y la del mundo” (op. cit., pág. 116). El final de la historia se concibe así como una catástrofe ígnea que destruye el universo en su totalidad. Es el triunfo de la muerte y, por cierto, la única doctrina religiosa que cabe aproximar a la ciencia y la filosofía. En definitiva, con rango superior a la divinidad percibían los germanos la nada, esta sí, y a diferencia de los hebreos, absoluta. Ningún déspota -divino o terrestre- podía reclamar para sí el poder sin límites a base de prometer la salvación a masas o individuos hedonistas angustiados por su extinción personal. El auténtico Dios de los germanos es la muerte misma.
En otro lugar nos ocuparemos del significado ético y político de esta creencia, de su relación con los valores heroicos y de su función democrática (como igualitarismo y profundo respeto por la mujer característicos de la sociedad germánica). Baste añadir un dato que ha pasado desapercibido hasta ahora y que confirma, todavía más si cabe, nuestro planteamiento. En efecto, ¿no habla Tácito en su archifamosa obra Germania de las distintas etnias germánicas y no distingue entre ellas a un pueblo que denomina precisamente los arios? Véase como los decribe: “los Arios, además de aventajarse en fuerzas a los pueblos que hemos nombrado poco ha, siendo feroces, ayudan su fiereza natural con el arte y con el tiempo. Traen los escudos negros y los cuerpos teñidos y escogen las noches más oscuras para las batallas; y con el mismo terror y figura de este ejército funeral causan espanto, no pudiendo ninguno de los enemigos sufrir aquella nueva vista y como infernal. Porque los ojos son los primeros que se vencen en las batallas.” (Tácito, Germania, XLIII). La filosofía nace en Grecia en la época de la tragedia y culmina con Heidegger, cuya obra, cima del pensamiento occidental, recodifica conceptualmente los contenidos de la religión indoeuropeoa originaria, de carácter heroico, resguardada por los arios occidentales, no los orientales (hindúes). ¿Se trata de una mera casualidad, de un capricho de pensadores ociosos y de rasgos psicológicos “pesimistas”, o nos encontramos, pura y simplemente, ante la verdad de la existencia, como quiere el pensador alemán de Messkirsch? Las próximas entregas de esta bitácora profundizarán más en el tema.
Jaume Farrerons
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Publicado porResistencia Anti-Oligárquica (RAO)en4:30 PM
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Fuente:
http://www.nacional-revolucionario.blogspot.com.es/2009/01/la-religin-germnica.html
NOTA de Jrania:   La “humanidad”, como la “libertad”, etc. son abstracciones. Existen naciones, razas, hombres concretos, hechos heróicos ó meritorios, o criminales, según la moral y cosmovisión, filosofia o religión de cada pueblo. Es desde estas consideraciones como se puede entender mejor todo lo que aquí se reproduce del post publicado por el blog FILOSOFIA CRÍTICA  el dia 8 de enero de 2009.
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