Ideologia y Satanismo

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¿El demonio, usted dice?
thecatholic 30 junio, 2016
Satan and the damned in The Last Judgment by Giotto (di Bondone), 1306 [Cappella Scrovegni, Padua]

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Por el padre Paul Scalia

Tres veces en su discurso en el National Catholic Prayer Breakfast, el cardenal Sarah describió la ideología de género como «demoníaca». Más recientemente, el arzobispo Coakley de la ciudad de Oklahoma utilizó la misma palabra para referirse al tema. También lo hizo el obispo Paprocki de Springfield con respecto del matrimonio homosexual. Una palabra fuerte, seguro, pero la mayoría de las personas entienden mal el por qué. Algunos toman a «demoníaca» como una mera hipérbole. Algo no es solo malo, sino muy muy malo. Otros la ven como un juicio apresurado respecto de los opositores, el cual los demoniza, literalmente. Aun así, otros la toman solo como una exageración de fanáticos religiosos, que están desquiciados de todos modos.

Sin embargo «demoníaca» es una evaluación seria y aleccionadora del pensamiento detrás de la ideología de género. No es un juicio de la intención de las personas; no significa que aquellos que apoyan la ideología de género son demoníacos o poseídos. Significa, por el contrario, que el razonamiento y resultados de esa filosofía, sin importar si se la apoya de manera inocente, se alinean con los deseos, las tácticas y los resentimientos de «el maligno» mismo.

La ideología de género repite la mentira básica del malo: «Serán como dioses». (Gén 3,5) Por supuesto, esta mentira acecha detrás de cada tentación. Cada pecado proviene de ese deseo orgulloso de suplantar a Dios. No obstante, en el ámbito de la sexualidad humana, tiene mayor gravedad.

Dios crea; el hombre es creado. Dios trae a la vida; el hombre recibe su vida. La ideología de género propone algo distino: que nosotros somos nuestros propios creadores. En una de sus últimas (y quizás más importantes) alocuciones, el Papa Benedicto señaló:

Ya no es válido lo que leemos en el relato de la creación: «Hombre y mujer los creó» (Gén 1,27) No, lo que vale ahora es que no ha sido Él quien los creó varón o mujer, sino que hasta ahora ha sido la sociedad la que lo ha determinado y ahora somos nosotros mismos quienes hemos de decidir sobre esto. Hombre y mujer como realidad de la creación, como naturaleza de la persona humana, ya no existen. El hombre niega su propia naturaleza. Ahora él es solo espíritu y voluntad. La manipulación de la naturaleza, que hoy deploramos por lo que se refiere al medio ambiente, se convierte aquí en la opción de fondo del hombre respecto a sí mismo… Ahora bien, si no existe la dualidad de hombre y mujer como dato de la creación, entonces tampoco existe la familia como realidad preestablecida por la creación… se llega necesariamente a negar al Creador mismo y, con ello, también el hombre como criatura de Dios, como imagen de Dios, queda finalmente degradado en la esencia de su ser.

Y si descubrimos que nuestros cuerpos no están en consonancia con lo que determinamos ser, entonces los transformamos como corresponde. Contra esto, el papa Francisco aconseja: «No caigamos en el pecado de pretender sustituir al Creador. Somos creaturas, no somos omnipotentes. Lo creado nos precede y debe ser recibido como don. Al mismo tiempo, somos llamados a custodiar nuestra humanidad, y eso significa ante todo aceptarla y respetarla como ha sido creada». (AL, 56)

También hay odio demoníaco del cuerpo. En Cartas del diablo a su sobrino, de C. S. Lewis, se hace una crónica del resentimiento demoníaco hacia Dios por el hecho de favorecernos «bípedos sin pelo… [animales] concebidos en una cama». ¿Por qué este odio? Quizás porque el cuerpo humano y el alma son uno; con el alma, al tener tanto en común con la naturaleza angélica; es uno con el cuerpo, al tener tanto en común con la naturaleza animal. El diablo toma esta unión como una ofensa personal. Él (como todos nosotros experimentamos) busca deshacerla, dividirnos de nuestra propia carne, enfrentar cuerpo y alma uno en contra del otro. Con maestría nos lleva a adorar el cuerpo en un momento y a aborrecerlo en el siguiente. La muerte, la separación del cuerpo y el alma, fue por supuesto su victoria más grande.

También está el hecho de que la palabra se convirtió en carne. El gran acto de generosidad de Dios hacia nosotros, almas con cuerpo, simplemente exacerba la envidia del diablo. El Hijo de Dios asume una naturaleza humana, incluido un cuerpo que es humano. Nos salvó no solo en sino a través de ese cuerpo. ¿Por qué nosotros, tan inferiores al serafín, deberíamos recibir esta dignidad y no él, superior al resto de todos los ángeles?

El hombre caído siempre está en conflicto con su cuerpo. El cristianismo busca sanar esa división; la ideología de género busca codificarla. Esta se basa en el principio que afirma que no hay relación verdadera entre el cuerpo y la mente. Tan absoluta es su división que una persona puede ser físicamente una cosa y espiritualmente otra.

Estrechamente ligado a esto se encuentra el odio demoníaco por la procreación. El diablo no puede procrear, pero el hombre sí. El hombre y la mujer cooperan con Dios para traer una nueva persona humana a la vida. El diablo es envidioso porque Dios es generoso. Por supuesto, la ideología de género rechaza la complementariedad de lo masculino y lo femenino y lo que su unión consigue.

El Señor toma las verdades naturales (el cuerpo, el matrimonio y la familia) y los usa como modelo y medio para Su trabajo salvífico. Él es la palabra hecha carne, el Esposo, el Hijo de José y María, Quien nos hace miembros de la familia de Dios. Comprendemos la importancia de Jesús que ofrece Su cuerpo en la cruz y en la Eucaristía precisamente porque sabemos que el cuerpo tiene significado. Lo permanente, lo fiel y la unión de marido y esposa que da vida nos permite entender lo que significa que Cristo es el Esposo y la Iglesia Su Esposa.

La pérdida de estas verdades naturales, por lo tanto, inhibe nuestra capacidad de entender lo sobrenatural y comprender la salvación. Si el cuerpo humano no tiene significado intrínseco, si no nos dice nada acerca de nosotros y se puede ajustar como nos parezca, entonces ¿cómo podemos apreciar las palabras, «Este es mi cuerpo»?

Si no hemos vivido la experiencia de la complementariedad del hombre y la mujer, del esposo y la esposa, entonces Cristo el esposo que muere por Su esposa es algo que no logramos comprender. Además, tampoco podemos entender el significado de Dios como Padre, Dios como Hijo, la Iglesia como Madre, etc. Lo que al diablo le interesa es privarnos de estas señales naturales de lo sobrenatural.

Por supuesto, estas tendencias demoníacas no aparecieron de repente; son sus tácticas usuales. Lo vimos en acción de manera notoria en la revolución sexual, en la anticoncepción, en el aborto y en la fertilización in vitro. La ideología de género se apoya sobre estos y los asciende a un nuevo nivel.

La identificación de lo demoníaco ayuda quizás; pero debería también motivarnos a hacer un examen de conciencia para ver cómo nosotros mismos hemos caído en sus trucos: con nuestros pequeños actos de autoensalzamiento orgulloso (el cual es en realidad autocreado) con nuestro propio desdén o maltrato del cuerpo (el nuestro y el de los otros), con nuestra falta de castidad (la cual degrada el poder de la procreación), con nuestro menoscabo a la posibilidad de otros al acercamiento a Dios.

Algunos de nosotros podemos entrever lo demoníaco en la ideología de género, pero todos debemos arrepentirnos de cómo personalmente hemos cedido ante ella.

Acerca del autor

El padre Paul Scalia es sacerdote de la Diócesis de Arlington, Virginia. Se desempeña como Delegado del obispo para el clero.

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