Archive for the ‘Filosofía’ Category

Atacan a Heidegger: “Ladran, luego…”

18 de mayo de 2010

Copiamos del blog filosofía crítica el siguienter post:

Vamos a intentar convertir este blog en una vía de acceso a la filosofía de Heidegger, tan difícil de comprender -según se dice- y, al mismo tiempo, tan necesaria si uno pretende ejercer de forma responsable la crítica racional de la actual sociedad globalizada.

Vivimos tiempos decisivos en los que irremediablemente va a determinarse el destino de la humanidad entera. Esta es una experiencia nueva, pues hasta hoy la decadencia, la degeneración,  la corrupción y los errores políticos de consecuencias macrosociales, afectaban a una o más culturas, pero siempre quedaba la posibilidad de que otra cultura emprendiera desde “cero” un camino nuevo en el extremo opuesto del planeta.

Se terminó. La mundialización convierte la actual forma de vida en una lacra que va a comprometer, de manera irreversible, al hombre como tal. No hay camino de retorno ni recambio moral para occidente que no surja del interior del occidente mismo y, en cierta forma, contra él.

Es, por tanto, nuestro deber bucear en las fuentes más prístinas del pensamiento a fin de legitimar las actitudes, ideas y disposiciones básicas que nos puedan guiar en la lucha contra la gran plaga llamada mundialización, último hombre, sionismo, sociedad de consumo, americanización de la Tierra…
Heidegger es el filósofo más importante del siglo XX, época en la que se gestó el sistema de dominación vigente, y un crítico implacable de los procesos de descomposición descritos. El gran filósofo alemán estuvo políticamente comprometido con aquellos que más se opusieron a este dispositivo, con los derrotados, con los “fascistas”… !Su “nazismo”, del que nunca renegó Heidegger a pesar de cuestionar radicalmente los dogmas del partido hitleriano, se ha convertido con el tiempo, curiosamente, en una garantía de honestidad! Y a medida que transcurren los años y nos damos cuenta de quiénes son en realidad “los vencedores” de 1945, más prestigio gana Heidegger, una legitimidad favorecida asimismo por las constantes campañas de difamación que emprenden escritorzuelos semianalfabetos pseudo filosóficos a sueldo del sionismo. No es, por lo tanto, Heidegger, sospechoso de colaborar con quienes, criminales, corruptos e incompetentes, gobiernan el mundo en la actualidad. A pesar de ello, o quizá precisamente por ello, Heidegger es el único filósofo en el que la filosofía, el pensamiento, se mantiene vivo. Nuestro pensador encarna la figura del disidente por excelencia. Y el “heideggerianismo” está destinado a ser la escuela donde se fragüen los futuros cuadros políticos en la inminente batalla por la des-americanización de Europa, por la destrucción del sistema liberal, por la erradicación de la organización asesina denominada “Estado de Israel”, etcétera. Entender lo que Heidegger tiene que decirnos resulta, en definitiva, esencial.
La pregunta que interroga por el ser
Después de 30 años de trabajo dedicados al estudio de Heidegger, hemos pensado que, a pesar de nuestras limitadas capacidades (que compensamos a base de esfuerzo), este blog puede constituirse en una suerte de Cátedra Virtual On Line donde exponer unas “lecciones de filosofía” que difícilmente haría suyas ninguna universidad oficial.
Ahora bien, para echar raíces a la vera de Heidegger es menester vagabundear antes por otros lugares. No se puede leer Ser y tiempo (1927),  la obra capital del filósofo de la Selva Negra, igual que se lee una novela, es decir, sin preparación previa, pues de lo contrario seguramente no entenderíamos el mensaje. Nadie cree que pueda comprender un tratado de matemáticas o de mecánica cuántica sin otro bagaje que su inteligencia y el propio afán de saber. No obstante, resulta muy corriente la pretensión vulgar del que, no entendiendo nada de un filósofo, considera que no hay nada que entender, simplemente porque ignora el significado del vocabulario técnico de la obra en cuestión. O peor: cree entender, pero lo ha malentendido todo.
En consecuencia, antes de entrar en la lectura de Ser y tiempo y de las Contribuciones a la filosofía (1936-1939), las dos obras más importantes de Heidegger, daremos un rodeo por la filosofía general, aunque, lo subrayo, sólo el imprescindible para centrarnos en la materia a un nivel meramente “introductorio”. No pretendo, desde aquí, agotar el tema de Heidegger, sino sólo ofrecer unas herramientas conceptuales que faciliten el acceso a su lectura directa. Nadie podrá ahorrarse el esfuerzo de beber directamente de la obra del filósofo consultando este blog, pero sí cabe esperar que el recurso a nuestras “lecciones virtuales” acelere el proceso de comprensión y asimilación.
En el presente post me limitaré a ofrecer una “definición” muy sencilla y pedagógica de lo que es la filosofia. Una vez más, conviene aclarar que con ella no aspiramos a zanjar la cuestión, porque la respuesta a la pregunta que encabeza el presente artículo se confunde con la filosofía misma, de manera que resultaría pretencioso abrigar aquí una ambición teórica, antes bien, nos limitamos a encauzar al lector saliendo al paso de los errores más groseros y típicos de quienes se aproximan a la filosofía por primera vez, esperando, quizá, recibir algo que la filosofía no es capaz de ofrecer sin incurrir en irresponsabilidad intelectual. O de quienes, en el extremo opuesto, pretenden castrar la filosofía y convertirla en una mera disciplina semántica orientada a reconducir el significado del vocabulario de la metafísica a su sentido natural y cotidiano, es decir, a suprimir la problemática filosófica como tal en beneficio de un chato utilitarismo hedonista de señoras de la limpieza.
Nuestra definición “provisional” y “pedagógica” de filosofía es la siguiente:
1/ la ciencia empírica aplica la racionalidad instrumental o de medios a objetos y ámbitos temáticos concretos, pero no puede responder a cuestiones como el sentido de la existencia o a las preguntas fundamentales que, en cuanto seres mortales, más nos importan:
¿a dónde vamos?
¿de dónde venimos?
¿qué debemos hacer con nuestra vida?
¿qué podemos esperar?
Este horizonte “trascendente” escapa a las pretensiones de la ciencia empírico-positiva; y toda ciencia que intente responderlas en calidad de ciencia incurre en fraude (una forma de actuar que se detecta muy a menudo entre buena parte de los psicólogos actuales, enemigos gremiales y viscerales de la filosofía, cuyo espacio social pretenden colonizar);
La racionalidad instrumental justifica y fundamenta racionalmente, es decir, nos explica, lo que hemos de hacer si pretendemos alcanzar un determinado objetivo, pero la legitimación racional de ese fin, o sea: de la elección misma, queda librada a nuestro antojo. Y cuando preguntamos por qué precisamente ese fin y no otro (!es nuestra vida, y sólo tenemos una!), la ciencia calla o parlotea.
Toda ciencia empírico-positiva es ciencia de hechos. Aquéllo que “debamos” hacer o no hacer no es un “hecho” y escapa así a su competencia jurisdiccional. El deber o el querer pertecece a las normas, a la voluntad, al deseo, etc., nunca a la ciencia. Cuando un psicólogo nos explica a cambio de dinero lo que tenemos que hacer, parte del supuesto de que, para ser felices, nos hemos de adaptar al medio, cualquiera que éste sea. El psicólogo sólo puede ofrecernos algún consejo dando por descontado que pretendemos “el bienestar” y que, para ello, mejor evitar conflictos con nuestro entorno. Las claves “morales” (!nunca justificadas!) del psicólogo son la “felicidad” y la “adaptación” del “cliente”. Pero, a efectos filosóficos, este “consejo” equivale a una manipulación más o menos bienintencionada (en ocasiones, perversa), pues quien pregunta qué debe hacer en un sentido absoluto acepta la posibilidad de que ese deber excluya la felicidad y, por ende, la “conformidad” con el medio social. La filosofía es, en definitiva, peligrosa, porque fabrica revolucionarios dispuestos a todo. Incluso a morir, si es necesario.
2/ la religión intenta responder también a dichas preguntas trascendentales, pero renuncia a la racionalidad y se “basa” en la fe, en la “revelación”, para dar un sentido a la existencia, léase: a nuestro “ser ahí” (Dasein). La definición supone que la religión, a diferencia de la ciencia, no puede en cuanto tal fundamentar nada, ni siquiera los imperativos hipotéticos de la psicología clínica o del resto de las tecnologías y que, cuando lo pretende, hace trampa. Además, las religiones monoteístas, que son las mayoritarias, acostumbran a utilizar esta “patente de corso” fideísta para:

a/ convertir la respuesta a las cuestiones existenciales fundamentales en meras satisfacciones imaginarias e infantiles de los deseos del hombre, obteniendo a cambio de ello el disfrute de un asfixiante poder económico y político sobre la sociedad;

b/ presentar estas respuestas pueriles y fantasiosas como cuestión de racionalidad, con lo cual prostituyen la razón misma y mantienen encadenada la humanidad a una permanente minoría de edad cuya expresión secularizada es el irresponsable consumismo actual, práctica vital de unos seres “adultos” que nunca llegaron a madurar espiritualmente.  

La religión y la psicología intentan llegar al mismo sitio por diferentes caminos. En ambos casos la racionalidad está trucada por postulados, por supuestos gratuitos pero cómodos que excluyen la radicalidad de la pregunta “¿qué debo hacer?” Al filósofo no le importa la felicidad ni la salvación, sino sólo saber qué es “real” y actuar en consecuencia. Desde todos los puntos de vista, para nuestra actual sociedad de blandengues buscadores egolátricos de la “dicha”, la filosofía es una institución “fascista”.
3/ la filosofía representa el intento de dar una respuesta a las “preguntas fundamentales” citadas y a la cuestión del sentido de la existencia, pero siempre desde la razón y rechazando toda intromisión religiosa o pseudo científica (psicología). Cabe entonces, hablar de una racionalidad de fines últimos (axiológica) cuyo punto de partida es la pregunta por la legitimidad de los fundamentos de la propia ciencia empírica en cuanto forma limitada de racionalidad, y la crítica de las religiones en la medida en que éstas transgredan sus límites aceptables (que son los de la “fe”). Ambos campos de trabajo teórico preparan el terreno a los efectos de abordar el tema central de la filosofía, a saber, la cuestión fronética ¿qué debo hacer?, entendida en un sentido absoluto, la cual conduce de forma ineluctable a lo que Heidegger denomina “la pregunta que interroga por el ser”. La temática denominada “ontológica” (ya veremos lo que significa esta palabra, relacionada con el ser) se plantea qué es la verdad en cuanto tal, más allá de que este o aquel enunciado concreto sean o no verdaderos. No es una verdad “de contenido”, sino la cuestión de “en qué consiste la veracidad” de aquellos enunciados válidos que emitimos y “ejecutamos” (pragmática del lenguaje) de manera habitual en nuestra vida cotidiana.
En resumen, la ciencia ofrece racionalidad pero excluye (cuando es honesta) que esa racionalidad se haga extensiva a lo más importante, léase: a los fines últimos.
Por su parte, la religión instituye unos fines últimos, pero es incapaz de fundamentarlos racionalmente y, para asegurarse la unanimidad social, simplemente hace suyos los valores biológicos de bienestar entrañados en el inconsciente colectivo (felicidad, paraíso, vida eterna, resurección de los muertos, etc) que, como especie animal, compartimos hasta con el más elemental virus.

La filosofía pretende fijar unos fines últimos (religión), pero de forma racional (ciencia). De ahí que en ocasiones, sobretodo en sus años juveniles, Heidegger hablara de una Urwissenschaft (ciencia originaria).

La filosofía, por tanto, es una “disciplina” fundamental, cuyo espacio espiritual e institucional no debe ser nunca usurpado por la ciencia ni por la religión, pero ante todo es una forma de vida que nace en Grecia y que constituye el requisito, la condición de posibilidad sine qua non de una democracia auténtica. El significado político de la filosofía resulta innegable, de ahí que sus enemigos se retraten como los mayores liberticidas. La verdad, para la elección de vida filosófica, se erige en el único valor racional a priori y, por tanto, en la sola respuesta posible a la pregunta por el sentido de la existencia, al menos en la medida en que dicha respuesta pretenda poder fundamentarse y devenir validez vinculante (libremente obligatoria, otra cosa es la coacción o la manipulación) para todos los miembros de una comunidad histórica determinada.

Ramiro Ledesma hablaba, en este sentido, de la filosofía como disciplina imperial, porque la filosofía, añadimos nosotros, funda la noción específicamente europeo-occidental de los conceptos de jerarquía y autoridad. La razón, y no la magia, que le regalamos a la extrema derecha, es aquí, en suma, la clave del asunto.

Texto completo del artículo “La filosofía, disciplina imperial”, de Ramiro Ledesma Ramos, primer traductor de Heidegger y fundador del fascismo español:

http://www.ramiroledesma.com/nrevolucion/ef_1931_03.html

Escritos filosóficos de Ramiro:

http://www.ramiroledesma.com/nrevolucion/iescfilo.html

Jaume Farrerons
3 de mayo de 2010

9 comentarios:

NOSFERATU dijo…

Francamente es todo un placer visitar este blog y encontrar articulos verdaderamente inteligentes, que permitan a los que se resisten a ser uno mas de “la manada”, a darse cuenta de la realidad decadente de la sociedades actuales, y a tener argumentos inetelectuales que fortalescan la resistencia encontra de “la maquina sionista-norteamericana”. Nos estan llevando al precipicio de la autodestruccion, encaminado en pateticas marionetas de las sociedades de consumo.

Aplaudo y enorabuena por tan noble intención de educarnos en esta nueva experiencia intelectual de la filosofia de Heidegger que es para mi persona, que se ha develado como una poderosisima luz en este valle de tinieblas de ignorancia en que me ha sumido el imperio maligno. Un abrazo muy fuerte y espero que no deje de escribir estos atinados articulos.
Gracias.

6:45 PM

daorino dijo…

Cómo se nota que eres filósofo y especialista en el gran Heidegger. Te agradezco de antemano los esfuerzos que vas a hacer en la labor de introducirnos en el mundo de Heidegger. Lo seguiré gustoso. No puedo ser crítico con el artículo porque no tengo nada que criticar. Sin llegar a tu altura, no soy licenciado (soy autodidacta) no especialista en nadie, aunque eso no hace que me achante, escribí en enero un artículo que igual te guste, aunque seguramente le encuentres fisuras por todas partes, o igual no.

http://www.mundodaorino.es/2009/01/consideraciones-posteriores-un-debate.html

Y este es el artículo en cuestión al que se refiere el anterior.

http://www.mundodaorino.es/2010/01/fisica-y-metafisica-resumen-de-uno-de.html

Qué pena que no estés en Algeciras porque así podrías venirte a las tertulias de Foro Identidad, asociación filosófica y de crítica social, en la que yo participo. Fui presidente, aunque ahora secretario. Esta es su web, por si te interesa.

http://www.foro-identidad.es/

En fin, Jaume, gracias por todo lo que haces.

Hasta pronto.

6:59 PM

Chuchi love dijo…

Hola tengo 15 años y amo la filosofia♥

9:21 PM

Anónimo dijo…

¿De verdad sólo 15 años y amas la filosofía? ¡oh! No debes tener amigos, ¿verdad?

5:21 AM

Anónimo dijo…

Presentas el amor a la filosofía como una especie de tara o mal manor. ¿Sabes lo que significa la “amistad” en la sociedad de consumo actual? Espero que siga con su amor a la filosofía, porque así podrá conseguir, si no la tiene ya, una auténtica amistad.

3:12 AM

Anónimo dijo…

Presentas el amor a la filosofía como una especie de tara o mal manor. ¿Sabes lo que significa la “amistad” en la sociedad de consumo actual? Espero que siga con su amor a la filosofía, porque así podrá conseguir, si no la tiene ya, una auténtica amistad.

3:13 AM

Antonio Marco Mora Hervás dijo…

Gracias Jaume por tus escritos. Son toda una lección de que el fascismo es mucho más que una ideología de “salvajes ávidos de violencia” como quiere insinuar el pensamiento dominante. Está claro que, igual o incluso más que el marxismo (y de eso habría mucho que hablar), el pensamiento de Heidegger y muchos otros denostados se basa en una tradición intelectual perfectamente asentada en las raíces mismas de nuestra Cultura.

10:33 AM

Funcionaris dijo…

Gracias a todos por vuestro apoyo.

2:40 AM

julio sanz dijo…

la campaña contra Heidegger la continúa hoy sábado el suplemento
babelia de el diario El Pais: un artículo de un tal Manuel Rodriguez Rivero y titulado “De noche todos los nazis son pardos”…
http://www.elpais.com/articulo/portada/noche/todos/nazis/pardos/elpepuculbab/20100515elpbabpor_29/Tes
… y este artículo va a continuación de otro titulado:
“el monstruo voraz”
http://www.elpais.com/articulo/portada/monstruo/voraz/elpepuculbab/20100515elpbabpor_23/Tes

Como decía Don Quixote:
“Ladran luego… cabalgamos”
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VALORES Y VIDA HUMANA

25 de febrero de 2010

“Los valores son aquello por lo cual estamos

siempre dispuestos a  luchar:   los preferimos

por tanto a la vida.  La vida misma no es

más que un medio al servicio de los valores”

Esta cita de Louis Levelle  encabeza el

programa de una serie de  conferencias

patrocinada   YATAY  Ediciones  y

organizada por Libertad e Identidad.

El día  11 de Febrero,

bajo la dirección de Antonio Medrano, comienza

el Seminario sobre Valores y Vida Humana.

La sesión de apertura tendrá lugar en el

Hotel  NH Lagasca, c/ Lagasca 64, a las 19 h.

Eduardo Arroyo, José María Ruiz, Carlos Salas, Elena Gil, Ofelia Martin-Lozano, Martín Hernández-Palacios y Antonio Peñalver  tratarán sobre el tema”Apertura del Seminario: La cuestión de los valores”.

El programa del Seminario será:

Días  25 de Febrero,

11 y  25 de Marzo,

8  y  22  de  Abril,

sendas conferencias a cargo de Antonio Medrano,

creador de YATAY Ediciones.

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Programa de Conferencias impartidas por ANTONIO MEDRANO:

día 25 de Febrero, a las 19:30 horas:

QUÉ SON LOS VALORES Y CUÁL ES SU FUNCIÓN.

La importancia de los valores en la vida humana.

día 11 de Marzo, a las 19:3o horas:

VALORES Y CONTRAVALORES: UN PERMANENTE CONFLICTO.

La crisis del mundo actual y el avance de los contravalores.

día 25 de Marzo, a las 19:30 horas:

LOS TRES VALORES SUPREMOS: VERDAD, BIEN y BELLEZA.

El Ser como centro principio inspirador de los valores.

día 8 de Abril, a las 19:30 horas:

VALORES BÁSICOS PARA LA VIDA, SU FUERZA CONSTRUCTIVA Y LIBERADORA.

Los fundamentos de la cultura y de la convivencia.

día 22 de Abril, a las 19:30 horas:

LA AFIRMACIÓN Y REALIZACIÓN DE LOS VALORES EN LA VIDA COTIDIANA.

Algunos valores capitales para el desarrollo personal.

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el día  6 de Mayo, a las 19 horas:

Javier Esparza y Alberto Zunzunegui hablarán sobre

“Función de los valores en la regeneración de la sociedad española”

y…  finalmente, clausura del Seminario, precedida

de intervenciones de varios ponentes.

Nota de JRANIA:  Este post está copiado del blog amigo URANIA

¿Quiénes pertenecen a la raza Aria?

19 de noviembre de 2008

himmlerheydrichth2

Es una palabra de origen sanscrito. Ario es un término que tiene que ver con aristocrático, según algunos investigadores. Sabemos que Iran debe su nombre a que significa país de los arios, pueblo que emigró hace miles de años desde Hiperborea, en el Norte de Europa, hasta la India. En sentido amplio ario es equivalente a raza nórdica y hoy, debido a necesidades políticas,. conviene entender por ario todo tipo humano que siendo de raza blanca no es de origen semita. Los enermigos de la raza blanca intentan hacernos creer que el NS sólo defendía a los pueblos de raza “aria”, cuando realmente, sus máximos reprersentantes ideológicos, no siendo ellos mismos, tipos puros de la raza aria, realmente representaba la defensa de la cultura, de la civilización y de la supervivencia de todos los pueblos de origen europeo.

Atlántida, el continente perdido

21 de septiembre de 2008

En capítulo de historia y mitos, que se publica en  http://ignacioondargain.tripod.com
http://ondargain3.tripod.com se puede leer lo siguiente:

  1. Introducción

  2. La Atlántida, el continente perdido

  3. El hombre de Cromagnon

  4. Los guanches (Canarias)

  5. La Atlántida en la Península Ibérica

  6. Los dioses blancos en América

  7. La pérdida de la integridad racial y el hundimiento de la Atlántida

  8. Recuerdos de la Atlántida polar

cosmovisión heróica podría llamarse a lo que escribe Ignacio Ondargain

18 de septiembre de 2008

 

A través de fuegofrío hemos conocido en Internet una página diferente a muchas.

Hoy copiamos el capítulo II de una serie de Historia y Mitos:
http://es.geocities.com/donmiguelserrano/mitos/mitos2.html

Pues si fuera desolada la ciudad de los lacedemonios (espartanos), y sólo quedaran los templos y los cimientos de los edificios, pienso que al cabo de mucho tiempo, los hombres del mañana tendrían muchas dudas respecto a que el poderío de los lacedemonios correspondiera a su fama. (…) Dado que la ciudad no tiene templos ni edificios suntuosos y no está construida de forma conjunta, sino formada por aldeas dispersas, a la manera antigua de Grecia, parecería muy inferior. Por el contrario, si les ocurriera esto mismo a los atenienses, al mostrarse a los ojos de los hombres del mañana la apariencia de su ciudad conjeturarían que la fuerza de Atenas era el doble de la real” (Tucídides, I, 10).

1- El origen
El esplendor de Esparta se mostraba en el valor de sus hombres.
En el origen de Esparta hay una invasión de tribus dorias (arios), hecho reflejado en la leyenda mítica “el retorno de los Heráclitas”. Los dorios llegaron a las tierras de Grecia en torno al 1100 a. C., constituyendo la última de las grandes oleadas de conquistadores indoeuropeos (arios) en la Grecia prehistórica.
Los invasores indoeuropeos antepasados de los antiguos griegos, viniendo del gran norte, penetraron en la Hélade (Grecia) a comienzos del milenio –II, y al establecerse en territorio griego (donde vivían los grupos humanos de las culturas neolíticas de Sesklo y Dimini, y de la cerámica barnizada y la cerámica “minia”) se dedicaron a la agricultura. Fueron reforzados h. –1600 por nuevas oleadas de pueblos indoeuropeos (arios) que traían consigo el carro de guerra y el gusto por el ámbar (mar Báltico), pero que desconocían el mar Mediterráneo (al que llamaron con el mismo nombre que le daban las gentes que allí encontraron: Thalassa, o con denominaciones metonímicas como “póntos”, camino y “pélagos”, planicie). Estos arios fueron, de un lado, los grupos raciales predorios o aqueos (arios, llamados ahhiyawa por los hititas) del Peloponeso, constructores de las fortalezas de Tirinto y Micenas, que hablaban el griego (recientemente interpretado) documentado en las tablillas micénicas escritas en el silabario lineal B y que alcanzaron un elevado grado de civilización, y de otro lado los jonios (arios) de la isla de Eubea y del Ática, del Egeo central y Asia Menor. Otros arios indoeuropeos permanecieron todavía en las zonas montañosas del Epiro y la Grecia septentrional. Procedentes de la región dálmato-albanesa, y estrechamente emparentados con los ilirios (arios), se establecieron primero en las zonas montañosas del Ossa y el Olimpo, del Pindo y la Driópide, y después en la Dóride de la Grecia Central. Estos conquistadores, que no son otros que los dorios, pasaron después al Peloponeso donde crearían Esparta.
2- Historia y tradición en Esparta
Los dorios (arios) espartanos lograron ampliar sus tierras dominando violentamente a los pueblos vecinos y conquistando así las fértiles llanuras de Mesenia. De este modo el territorio de la Esparta clásica, desde comienzos del siglo VII a C., abarcaba la mitad sur de la península del Peloponeso y, con sus 8.500 Km2, se convirtió, tras las guerras mesenias (siglos VIII-V a C.) en la polis (ciudad estado) griega de mayor extensión territorial.
La ciudad extendía su poder político sobre la población de tan vastas tierras, pero los espartíatas eran sólo una parte de la población. El resto (4/5 partes) eran súbditos de los auténticos espartanos, y estaban a su servicio. Esta población no espartana estaba a su vez dividida entre hilotas y periecos. Los hilotas eran esclavos y estaban al servicio de los señores de Esparta, mientras que los periecos (“habitantes de los alrededores”) tenían una mayor autonomía. En circunstancias críticas la polis requería también la ayuda militar de periecos e hilotas, recompensando estos servicios, pero eran los espartíatas quienes monopolizaban la vida pública, la política y la guerra, y quienes formaban el núcleo del ejército de Esparta, detentando el control de las armas y el gobierno. El ejército ejercía una disciplina férrea sobre toda la comunidad.
A Licurgo, un gran legislador tan histórico como mítico de comienzos del siglo VII a C., se le atribuyen las líneas básicas de la constitución y la educación espartanas. Plutarco nos dice que Licurgo “proporcionó a sus conciudadanos abundante tiempo libre; pues en modo alguno se les dejaba ocuparse en oficios manuales y, en cuanto a la actividad comercial, que requiere una penosa dedicación y entrega, tampoco era precisa ninguna, ya que el dinero carecía por completo de interés y aprecio”. Más en su conjunto que en rasgos sueltos (que se dan también en algunas ciudades dorias) esta configuración política y formativa del Estado espartano resulta singular: combina formas de varios regímenes, de la monarquía, de la aristocracia y de la democracia popular y nacional, sobre el trasfondo guerrero ya mencionado. Su gobierno conjugaba una monarquía doble (con 2 reyes, con funciones religiosas y militares); un consejo de ancianos, la gerousía, de claro matiz aristocrático; la apella o asamblea del pueblo (los espartíatas), y un consejo de cinco éforos, con poderes ejecutivos amplios.
Sólo los homoioi o “iguales”, es decir, los espartíatas de pleno derecho, educados según las reglas de Licurgo y entrenados en el largo servicio de las armas, podían acceder a las magistraturas (si bien la realeza era hereditaria y repartida entre dos familias regias) y disfrutar de los privilegios de la “igualdad”. Los homoioi, hijos de padre y madre legítimos, recibían un lote de tierra y algunos esclavos trabajadores o hilotas para trabajarlo, pues no practicaban trabajos serviles ni comerciaban. Tan sólo se educaban en la gimnasia y en la música, y su servicio militar duraba hasta los sesenta años. La “igualdad” era una condición política que servía para exigir una fidelidad total a la comunidad racial.
El “buen gobierno”, la eunomía, característica de Esparta, se fundamenta en la obediencia de todos a las leyes y la interiorización de una moral de honor (aidós y timé) que exigía una total entrega a la Patria e incluso aceptar la muerte en defensa del bien común. El heroísmo espartano se enmarca en la táctica hoplítica, es decir, en los combates bélicos decididos por ejércitos de hoplitas. El hoplita era el combatiente de infantería pesada, que avanza en formación cerrada, codo con codo con sus camaradas, en densas hileras de lanzas y escudos, al encuentro estrepitoso y frontal con sus enemigos. Iba armado con casco, escudo y lanza, espada, coraza y grebas o canilleras. A diferencia del héroe homérico, el hoplita no se lanza en solitario a un duelo de jabalinas arrojadas, sino que empuja y resiste a pie firme el feroz choque con los hoplitas contrarios. La táctica hoplítica simboliza bien el espíritu combativo de los espartanos, que sobresalían por su marcialidad en este tipo de combate, que requería tanto coraje como disciplina. Era una lucha que reclamaba el heroísmo colectivo y no el arrojo individual, una pelea donde había que resistir a pie firme y en la que el escudo, que protege al camarada vecino, era un factor esencial. “Vuelve con el escudo o sobre el escudo”, decían al despedir a sus hijos las severas madres espartanas –esto es: vuelve victorioso o muerto (pues los muertos en combate eran transportados sobre sus escudos)–.
Los hoplitas espartanos, de glorioso prestigio, supieron ser dignos de su fama y su Patria en múltiples ocasiones. Frente al inmenso ejército persa, las Termópilas (480 a C.) el rey Leónidas pereció ejemplarmente, al frente de sus trescientos espartíatas, peleando hasta el último hombre, y posteriormente en la batalla en Platea (479 a C.), los espartanos y sus coaligados derrotarían a los incontables invasores persas. Al cabo de varios decenios de gloria, los espartanos sufrieron la derrota de Leuctra (371 a. C.), ante las falanges y la caballería de los tebanos acaudillados por Epaminondas. Esparta no recobraría nunca más su antiguo poder, falta de hombres y sobrada de enemigos. Perduró la sombra de su grandeza pasada, aracaizante y orgullosa, hasta la conquista romana en 146 a. C.
3- Vivir en Esparta
A Licurgo se le considera el instaurador del singular sistema de educación que caracterizaba a los espartanos. A diferencia de las otras polis griegas, allí la educación (agogé), corría a cargo de la polis y era obligatoria y colectiva. Ya desde su nacimiento, los ancianos de la tribu paterna debían examinar al recién nacido, que, si era muy enclenque o padecía graves defectos, debía ser arrojado por el monte Taigetos. Sólo debían vivir los capaces para ser hoplitas dignos. Hasta los siete años el niño era cuidado por su madre. Luego quedaría a cargo de la comunidad, que lo preparaba mediante la agogé para convertirse en uno de los “iguales”. Los niños convivían agrupados por edades bajo la dirección de un paidónomo, y se les enseñaba a soportar todo tipo de penurias y a entrar en la adolescencia mediante una iniciación particular. Esta consistía en una temporada de vida al margen de la comunidad, salvaje, la krypteía, con duros ritos religiosos que ponían a prueba su capacidad de soportar y superar el dolor.
Inclusive si estaban casados, vivían con sus camaradas de armas de la misma edad hasta los treinta años. El entrenamiento de la agogé, la syssitia y las actividades de la milicia y la guerra imponían una vida colectiva que no dejaba espacio para la divagación y las artes, pero favorecía las diferentes formas de atletismo y gimnasia y la caza. La mujer espartana tenía mayor libertad que la ateniense y participaba de los ejercicios gimnásticos. Rasgos del carácter lacedemonio eran su respeto por los mayores y la afición a las frases breves y agudas. Concisión y agudeza eran propias del estilo lacónico.
En este firme esquema educativo no quedaba espacio para el egoísmo, la crítica negativa ni la divagación. Así, por ejemplo, según refiere Plutarco en la “Vida de Licurgo”, “la educación se prolongaba hasta la edad adulta. A nadie se le permitía vivir a su capricho, sino que en la ciudad, como en un campamento, observando un método de vida ya establecido, entregados a los asuntos públicos, y, en suma, convencidos de que no se pertenecían a sí mismos, sino a la Patria, pasaban el tiempo cuidando a los niños y enseñándoles cualquier cosa honesta, o aprendiendo ellos mismos de los ancianos” (24, I)
El buen orden social y la unidad cívica quedaban garantizados, mientras la economía conseguía mantenerse al nivel fundamental de lo real. Tales rasgos eran algo que un filósofo desengañado por la deriva demagógica ateniense, como Platón, encontraba admirable y sugerente para planear en su Política el ideal de una República.

FUENTES: http://ignacioondargain.tripod.com
http://ondargain3.tripod.com

HOMBRE & MUJER, según JULIUS ÉVOLA

18 de febrero de 2008

adanyeva1-adanyeva.jpgadan_y_eva-durero-jpeg.jpgRevuelta contra el Mundo Moderno (I Parte) . 20.HOMBRE Y MUJER.

En la Biblioteca Julius Evola leemos:

 

 

 

El papel de la sexualidad en las civilizaciones tradicionales, está también volcada hacia lo alto. Evola analiza esta relación en este capítulo que luego tendrá ocasión de desarrollar ampliamente en una de sus mejores obras, “Metafísica del Sexo”. También en el ámbito de la sexualidad existe la posibilidad de practicar un ascesis tradicional. Los amantes, identificados con el principio masculino y con el principio femenino, reproducen en la cópula el acto de la creación. Es la tercera dimensión de la sexualidad: después de servir para el placer, después de servir para la reproducción, el sexo sirve también como método de acceso a la trascendencia.

Para completar estas perspectivas de la vida tradicional hablaremos brevemente del mundo del sexo.

Aquí también existen correspondencias, en la concepción tradicional, entre realidad y símbolos, entre acciones y ritos, correspondencias de las que se han desprendido los principios necesarios para comprender los sexos y definir las relaciones que, en toda civilización normal, deben establecerse entre el hombre y la mujer.

Según el simbolismo tradicional, el principio sobrenatural fue concebido como “masculino” y como “femenino” el de la naturaleza y del devenir. En térnimos helénicos, es masculino el “uno” que “es en sí mismo”, completo y suficiente; es femenina la díada, el principio de lo diverso y del “diferente que yo”, es decir, del deseo y del movimiento. En términos hindúes (sankhya), el espíritu impasible –purusha– es masculino y praktri, la matriz activa de toda forma condicionada, femenina. La tradición extremo-oriental expresa, en la dualidad cósmica del yang y del yin, conceptos equivalentes. Por ello el yang -principio masculino- se encuentra asociado a la “virtud del Cielo” y el yin, principio femenino, a la de la “Tierra”([1]).

Considerados en sí, los dos principios se encuentran en oposición. Pero en el orden de esta formación creativa, que, tal como hemos repetido en ocasiones, es el alma del mundo tradicional y que veremos desarrollarse también históricamente, en relación con el conflicto de razas y civilizaciones, estos principios se convierten en elementos de una síntesis donde cada uno de ellos guarda, sin embargo, una función distinta. Sería posible mostrar que tras las diversas representaciones del mito de la “caida” se esconde amenudo la idea que el principio masculino se pierde en el principio femenino, hasta el punto de adoptar su modo de ser. En todo caso, cuando esto sucede, cuando lo que, por naturaleza, es principio en sí, sucumbe, abriéndose a las fuerzas del “deseo”, a la ley de lo que no tiene en sí mismo su propio principio, es precisamente de una caida de lo que hay que hablar. Y precisamente sobre esto, en el plano de la realidad humana, se funda la actitud de desconfianza y renuncia que atestiguan muchas tradiciones en relación a la mujer, a menudo considerada como un principio de “pecado”, impureza y mal, una tentación y un peligro para aquel que se vuelve hacia lo sobrenatural.

A la “caida” se puede sin embargo oponer otra posibilidad, la de la relación justa. Esta se establece cuando el principio femenino, cuya naturaleza consiste es referirse al otro, se gira, no hacia lo que es fluido, sino hacia una firmeza “masculina”. Existe entonces un límite. La “estabilidad” es compartida, hasta el punto de transfigurar íntimamente todas las posibilidades femeninas. Se encuentra así ante una síntesis, en el sentido positivo del término. Es preciso pues una “conversión” del principio femenino, que le llama a no existir más que para el principio opuesto; y es preciso, sobre todo, que éste sea absolutamente, íntegramente él mismo. Entonces -según el simbolismo metafísico- la mujer se convierte en “esposa” que es también “potencia”, fuerza instrumental generadora receptora del principio del movimiento y de la forma del macho inmóvil, según la doctrina ya expuesta de la Shakti, que se puede encontrar, expresada de forma diferente, en el aristotelismo y el neoplatonismo. Hemos hecho alusión a las representaciones simbólicas tántrico-tibetanas, muy significativas a este respecto, donde el macho “portador del cetro” está inmóvil, es frío y luminoso, mientras que la shakti que lo abraza y de la que es eje, tiene por sustancia llamas móviles([2]).

Bajo esta forma particular, los diversos significados que hemos indicado, en varias ocasiones, sirven de base a la norma tradicional de los sexos sobre el plano concreto. Esta norma obedece al mismo principio del régimen de castas y se refiere pues a los dos puntales del dharma y de la bhakti, o fides: la naturaleza propia y la entrega activa.

Si el nacimiento no es un azar, tampoco es azar -en la especie- despertar en un cuerpo de hombre o de mujer. Aquí también la diferencia física debe ser referida a una diferencia espiritual: se es físicamente hombre o mujer por que se lo es trascendentalmente, y la caracerística del sexo, lejos de carecer de importancia en relación al espíritu es el signo indicador de una vía, de un dharma distinto. Se sabe que la voluntad de orden y de “forma” constituye la base de toda civilización tradicional; que la verdad tradicional no mueve hacia lo no-cualificado, lo idéntico, lo indefinido, -hacia aquello en que las varias partes del todo se vuelven promiscuas o atómicamente similares- sino que exige, al contrario, que estas partes sean siempre ellas mismas, expresando de una forma más perfecta su propia naturaleza. En lo que concierne más particularmente a los sexos, el hombre y la mujer aparecen como dos tipos; aquel que nace hombre debe realizarse como hombre, aquel que nace mujer, como mujer, totalmente, excluyendo toda mezcla, cualquier promiscuidad; e incluso en lo que concierne a la dirección sobrenatural, el hombre y la mujer deben tener cada uno su propia vía, que no puede ser modificada sin caer en un modo de ser contradictorio e inorgánico.

El modo de ser que corresponde eminantemente al hombre ha sido ya examinado, así como los dos principales formas de aproximarse del “ser en sí”: la Acción y la Contemplación. El Guerrero (el Héroe) y el Asceta son pues los dos tipos fundamentales de la virilidad pura. Simétricamente, existen dos para la naturaleza femenina. La mujer se realiza en tanto que tal, se eleva al mismo nivel que el hombre “Guerrero” o “Asceta”, en la medida en que es Amante y Madre. Productos de la bipartición de un mismo tronco ideal, al igual que hay un heroismo activo, hay también un heroismo negativo; hay el heroismo de la afirmación absoluta y el de la entrega absoluta, y uno puede ser tan luminoso, tan fructuoso como el otro, sobre el plano de la superación y de la liberación, cuando se vive con pureza, en un espíritu de ofrenda “sacrificial”. Es precisamente esta diferenciación en el tronco heroico el que determina el carácter distintivo de las vías de realización para el hombre y para la mujer en tanto que tipos. Al gesto del Guerrero y del Asceta que, uno por medio de la acción pura y el otro mediante el puro distanciamiento, se afirman en una vida que está más allá de la vida, corresponde en la mujer el gesto de entregarse a otro ser, de darse entera para otro ser, sea para el hombre amado (tipo de la Amante, mujer afrodítica), sea al hijo (tipo de la Madre, mujer demetríaca), y de encontrar en esto el sentido de su vida, su alegría, y su justificación. Tal es la bhakti o fides que constituye la vía normal y natural de participación para la mujer tradicional, en el dominio de la “forma” e incluso, cuando es vivida absoluta y supra-individualmente, más allá de la “forma”. Realizarse de forma cada vez mas precisa según estas dos direcciones distintas y que no pueden ser confundidas, reduciendo en la mujer todo lo que es masculino y en el hombre todo lo que es femenino, tendiendo hacia el “hombre absoluto” y la “mujer absoluta”, tal es la ley tradicional de los sexos, según los diferentes planos de vida([3]).

Así, tradicionalmente, no era más que mediatamente, a través de sus relaciones con el otro -con el hombre- como la mujer podía entrar en el orden jerárquico sagrado. En la India, las mujeres, incluso de casta superior, no tenían iniciación propia; pertenecían a la comunidad sagrada de los nobles –arya– por su padre antes del matrimonio y despues, por su esposo, que era también el jefe místico de la familia([4]). En la Hélade dórica, la mujer, durante toda su vida, no tenía ningún derecho; a la edad nubil su era el padre([5]). En Roma, conforme a una concepción espiritual análoga, la mujer, lejos de ser “igual” al hombre, estaba jurídicamente asimilada a una hija de su marido –filiae loco– y a una hermana de sus propios hijos –sorosis loco-; el hijo, estaba bajo la potestas del padre, jefe y sacerdota de su gens; la esposa, estaba, en el matrimonio ordinario, según una ruda expresión, in manum viri. Estos estatutos tradicionales de la dependencia de la mujer, se reencuentra también en otras partes([6]) y no eran, como los “libres espíritus” modernos les gustaría creerlo, una manifestación de injusticia y de tiranía, sino que servían para definir los límites y el lazo natural de la vía espiritual conforme a la pura naturaleza femenina.

Se puede mencionar igualmente, a este propósito, algunas concepciones antiguas donde el tipo puro de la mujer tradicional, capaz de una ofrenda que está en el límite de lo humano y de lo más que humano, encuentra una expresión distinta. Tras haber recordado la tradición azteco-nahua, según la cual solo las madres muertas al dar a luz participan en el privilegio de la inmortalidad celeste propio de la aritocracia guerrera([7]), por que se veía en ello un sacrificio similar al del guerrero que cae sobre el campo de batalla, se puede mencionar, a título de ejemplo, el tipo de la mujer hindú, mujer hasta en sus fibras más íntimas, hasta las extremas posibilidades de la sensualidad, pero viviendo sin embargo en una fides invisible y votiva, que se manifestaba ya en el don erótico del cuerpo, de la persona y de la voluntad, culminando con el otro don -muy diferente y más allá de los sentidos- por el cual la esposa arrojaba su vida en las llamas de la pira funeraria aria para seguir en el mas allá al hombre al cual se había entregado. Este sacrificio tradicional -pura “barbarie” a los ojos de los europeos y de los europeizados- donde la viuda ardía con el cuerpo de su esposo muerto, es llamado sati en sáncrito, de la raíz as y del radical sat, ser, del que procede también stya, lo verdadero, y significa igualmente don, fidelidad, amor([8]). Este sacrificio era concebido como la culminación suprema de la relación entre dos seres de sexo diferente, relación sobre el plano absoluto, es decir, sobre el plano de la verdad y de lo supra-humano. Aquí el hombre se alzaba a la altura para conseguir un apoyo para una bhakti liberadora y el amor se convertía en una vía y una puerta. Se decía, en efecto, en la enseñanza tradicional, que la mujer que seguía a su esposo sobre la pira alcanzaba el “cielo”; se transmutaba en la misma substancia de su esposo([9]), participaba a través del “fuego”, en la transfiguración del cuerpo y de la carne en un cuerpo divino de luz, del cual la cremación ritual del cadáver era, en las civilizaciones arias, el símbolo([10]). Con un espíritu análogo las mujeres germánicas renunciaban frecuentemente a la vida cuando el esposo o el amante caía en la guerra.

Ya hemos indicado que la esencia de la bhakti, en general, es la indiferencia por el objeto o la materia de la acción, es decir, el acto puro, la disposición pura. Esto puede ayudar a hacer comprender como, en una civilización tradicional como la hindú, el sacrificio ritual de la viuda –sati– podía estar institucionalizado. En verdad, cuando una mujer se entrega y se sacrifica solamente porque está ligada a otro ser por una pasión humana particularmente fuerte y compartida, estamos en el marco de simples asuntos románticos privados. Solo cuando la entrega puede sostenerse y desarrollarse sin ningún apoyo, participa en un valor trascendente.

En el Islam se expresaron concepciones análogas en la institución del harén. En la Europa cristiana, para que una mujer renuncie a la vida exterior y se retire a un claustro, es precisa la idea de Dios, y, además, no ha sido jamás más que una excepción. En el Islam bastaba la de un hombre, y la clausura del harem era algo natural que ninguna mujer bien nacida soñaba con discutir ni a la cual iba a renunciar: parecía natural que una mujer concentrase toda su vida sobre un hombre, amado de una forma suficientemente amplia y desindividualizada para admitir que otras mujeres participasen también en el mismo sentimiento y estuvieran unidas por el mismo lazo y la misma entrega. Esto esclarece el carácter de “pureza” considerado como esencial en esta vía. El amor que pone condiciones y pide en contrapartida el amor y la entrega del hombre, es de un orden inferior. Un hombre puramente hombre no puede conocer este género de amor más que feminizándose, es decir, desprendiéndose precisamente de esta “suficiencia en sí mismo” interior, que permite a la mujer encontrar en él un apoyo, algo que exalte su impulso a entregarse. Según el mito, Shiva, concebido como el gran asceta de las alturas, redujo a cenizas con una sola mirada a Kama, el dios del amor, cuando este intentó despertar en él la pasión hacia su esposa Parviti. Un sentido profundo se refiere, así mismo, en la leyenda relativa al Kalki-avatara, en donde se habla de una mujer que nadie podía poseer, porque los hombres que la deseaban se encontraban, por ello mismo, transformados en mujeres. En la mujer, existe verdadera grandeza en ella, cuando hay un don sin contrapartida, una llama que se alimenta de sí misma, un amor tanto más grande en tanto que el objeto de este amor no se ata, no desciende, crea la distancia de quien es Señor antes que simplemente, esposo o amante. En el espíritu del harem, encontramos mucho de todo esto: la superación de los celos, es decir, del egoismo pasional y de la idea de posesión por parte de la mujer, a la cual se pedía sin embargo la entrega claustral desde que se despertaba a la vida de joven hasta la decadencia, y la fidelidad a un hombre que podía tener en torno de él otras mujeres y poseerlas todas sin “darse” a ninguna. Es precisamente en esta situación “inhumana” que aparecía un ascetismo, casi se puede decir sagrado([11]). En esta forma de transformarse aparentenemente en “cosa”, arde una verdadera posesión, una superación e incluso una liberación, ya que ante una fides tan incondicionada, el hombre, bajo su aspecto humano, no es más que un medio capaz de despertár las posibilidades sobre un plano no ya terrestre. Al igual que la regla del harem imitaba la de los conventos, así mismo la ley islámica situaba a la mujer, según las posibilidades de su naturaleza, la vida de los sentidos no estaba excluida sino incluida e incluso exasperada, sobre el plano mismo de la ascesis monacal([12]). Además, en menor grado, se presuponía una actitud análoga, de forma natural, en las civilizaciones donde la institución del concubinato presentó, a su manera, un carácter regular y fue legalmente reconocido en tanto que complemento del matrimonio monogámico, como en el caso de Grecia, Roma y en otras partes. El exclusivismo sexual se encontraba igualmente superado.

Es evidente que no estamos contemplando lo que frecuentemente se han reducido los harenes y otras instituciones análogas. Consideramos lo que les correspondía en la pura idea tradicional, a saber, la posibilidad superior siempre susceptible de realizarse, en principio, a través de las instituciones de este tipo. Es misión de la tradición -repetimos- cavar lechos sólidos, para que los ríos caóticos de la vida discurran en la dirección justa. Son libres quienes, siguiendo esta dirección tradicional, no la experimenten como impuesta, sino que se desarrollan expontáneamente, reconociéndose, hasta el punto de actuar por un movimiento interior la posibilidad más alta, “tradicional”, de su naturaleza. Los otros, aquellos que siguiendo materialmente las instituciones, obedeciendo, pero sin comprenderlas y vivirlas, son los “sostenidos”; aunque privados de la luz, su obediencia les lleva virtualmente más allà de los límites de su individualidad, los sitúa sobre la misma dirección que los primeros. Pero para aquellos que no siguen ni en el espíritu, ni en la forma, el cauce tradicional, no existe más que el caos. Son los perdidos, los caidos.

Tal es el caso de los modernos, incluso en lo que concierne a la mujer. En verdad, no era posible que un mundo que ha “superado” las castas restituyendo a cada ser humano -para expresarse en la jerga jacobina- su “dignidad” y sus “derechos”, pueda conservar el sentido de las justas relaciones entre ambos sexos. La emancipación de la mujer debía fatalmente seguir a la emancipación del esclavo y la glorificación del sin-clase y del sin-tradicion, es decir, del paria. En una sociedad que no conoce ni el Ascesis, ni el Guerrero, en una sociedad donde las manos de los últimos aristocratas parecen hechas más para las raquetas de tenis o los shakers de cocktails que para la espada y el cetro, en una sociedad donde el tipo de hombre viril, cuando no se identifica con la larva parlanchina del “intelectual” y del “profesor”, el fantoche narcisista del “artista” o la maquinita ocupada y repelente del banquero y del político, es representado por el boxeador o el actor de cine, en una sociedad así, era natural que incluso la mujer se alzara y reivindicara para ella también una “personalidad” y una libertad en el sentido anárquico e individualista de la época actual. Y mientras la ética tradicional pedía al hombre y a la mujer ser siempre, cada vez más, ellos mismos, expresar con rasgos cada vez más decididos lo que hace de un hombre, un hombre y de aquella una mujer, la nueva civilización tiende a la nivelación, a lo informe, a un estado que en realidad no está más allá, sino más acá de la individuación y de la diferencia de los sexos.

Se ha tomado una abdicación por una conquista. Tras siglos de “esclavitud” la mujer ha querido ser libre, ser ella misma. Pero el “feminismo” no ha sabido concebir para la mujer una personalidad que no fuera una imitación de la del varón, aunque sus “reivindicaciones” enmascaren una falta fundamental de confianza de la mujer nueva en relación a sí misma, su impotencia en ser lo que es y en contar para lo que es: una mujer y no un hombre. Por una fatal incomprensión, la mujer moderna ha experimentado el sentimiento de una inferioridad completamente imaginaria en no ser más que mujer y casi ha considerado como una ofensa ser tratada “solamente como mujer”. Tal ha sido el origen de una falsa vocación frustrada: y es precisamente por ello que la mujerse ha querido tomar una revancha, reivindicar su “dignidad”, mostrar su “Valor”, llegando a medirse con el hombre. No se trataba solo, sin embargo, del hombre verdadero, sino del hombre-construcción, del hombre-fantoche de una civilización estandarizada, racionalizada, que no implicaba casi nada verdaderamente diferenciado y cualitativo. En tal civilización, no puede evidentemente tratarse de un privilegio legítimo cualquiera, y las mujeres, incapaces de reconocer su vocación natural y defenderla, fue en el plano más bajo (porque ninguna mujer sexualmente feliz experimenta ninguna la necesidad de imitar y envidiar al hombre), como pudieron fácilmente demostrar que poseían virtualmente, también, las facultades y los talentos -materiales e intelectuales- del otro sexo, que son, en general, necesarios y apreciados en una sociedad de tipo moderno. El hombre, en verdad irresponsable, ha dejado hacer, incluso ha ayudado, ha llevado a la mujer a las calles, a las oficinas, las escuelas, las fábricas, a todos los ámbitos contaminadores de la sociedad y de la cultura modernas. Es así como ha sido dado el ultimo empujón nivelador.

Y allí donde la emasculación espiritual del hombre moderno materializado no ha restaurado la primacía, propia de las antiguas comunidades ginecocráticas, de la mujer hetaira, árbitro de hombres embrutecidos por los sentidos y trabajando para ella, el resultado ha sido la degeneración del tipo femenino hasta en sus características somáticas, la atrofia de sus posibilidades naturales, el ahogo de su interioridad específica. De aquí el tipo garçonne, la joven vacía, a la moda, incapaz de todo impulso más allá de sí misma, incapaz incluso, a fin de cuentas de sensualidad y de pecado, pues, para la mujer moderna, incluso las promesas de amor físico presentan amenudo menos interés que el culto narcisista de su propio cuerpo, el exhibirse vestida o lo menos vestida posible, el”training”, la danza, el deporte, el dinero, etc… Apenas queda en Europa nada de la pureza de la ofrenda, la fidelidad que da todo y no pide nada, el amor que es bastante fuerte como para no tener necesidad de ser exclusivo. A parte de una fidelidad puramente conformista y burguesa, el amor que Europa había elevado era aquel que no permitía al amado no amar. Cuando la mujer, para consagrarse a él, pretende que el hombre le pertenezca en alma y cuerpo, no solo ya ha “humanizado” y empobrecido su ofrenda, sino, sobre todo, ha comenzado a traicionar la esencia pura de la feminidad para adoptar, aquí también, un modo de ser propio a la naturaleza masculina y de la especia más baja: la posesión, el derecho sobre el otro, y el orgullo del Yo. Lo demás ha seguido, como en toda caida, una ley de aceleración. En efecto, la mujer que pretende guardar un hombre para ella sola, termina por desear poseer a mas de uno. En una fase ulterior, su egocentrismo aumenta, no serán los hombres los que le interesarán, sino solo lo que puedan darle para satisfacer su placer o su vanidad. Como epílogo, la corrupción y la superficialidad, o bien una vida práctica y exteriorizada de tipo masculino que desnaturaliza a la mujer y la lanza en la fosa masculina del trabajo, del beneficio, de la actividad práctica paroxística e incluso de la política.

Tales son los resultados de la “emancipación” occidental, que está, por lo demás, en trance de contaminar el mundo entero más rápidamente que una peste. La mujer tradicional, la mujer absoluta, entregándose, no viviendo para sí, queriendo darse íntegramente para otro, con simplicidad y pureza, realizándose, se pertenece, con su heroismo y, en el fondo, se convierte en superior al hombre ordinario. La mujer moderna, queriendo ser ella misma se ha destruido. La “personalidad” deseada le ha restado toda personalidad.

Y es fácil preveer lo que se convertirán, en estas condiciones, las relaciones entre los dos sexos, incluso desde el punto de vista material. Aquí, como en el magnetismo, contra más fuerte es la polaridad, más el hombre es verdaderamete hombre y la mujer verdaderamente mujer y más alta y viva es la chispa creadora. ¿Qué puede existir, al contrario, entre estos seres mixtos, privados de toda relación con las fuerzas de su naturaleza más profunda? ¿entre estos seres en los que el sexo empieza y termina en el mero plano fisiológico, suponiendo incluso inclinaciones anormales que no se hayan manifestado? ¿entre estos seres que, en su alma, no son ni hombre ni mujer, o que, siendo mujer, parecen hombre y siendo hombre, son mujer y alardean como un “más allá” del sexo, de todo lo que efectivamente está “más acá”? Toda relación no podrá tener más que un carácter equívoco y falso: promiscuidad de una seudo-camaradería, simpatías “intelectuales” morbidas, banalidad del nuevo realismo comunista o bien sufrirá de todos los complejos neuróticos sobre los cuales Freud ha edificado una “ciencia” que es un verdadero signo de los tiempos. El mundo de la mujer “emancipada” no comporta otras posibilidades y las vanguardias de este mundo, Rusia y América del Norte, están ya allí para facilitar, a este respecto, testimonios particularmente significativos([13]), sin hablar del fenómeno del tercer sexo.

Todo esto no puede tener repercusiones sobre un orden de cosas del que los modernos, en su ligereza, están lejos de sospechar el alcance.

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NOTAS:

([1])El lector encontrará otras refencias en nuestra obra Metafísica del Sexo, cit., cap. IV, 31. Se enseñaba, en particular entre los filósofos de la dinastía Sin, que el Cielo “produce” a los hombres, la Tierra a las mujeres, y que por esta razón la mujer debe estar sometida al hombre como la Tierra lo está al Cielo (cf. PLATH, Religion der alten Chinesen, I, pag. 37).

([2])En el simbolismo erótico de estas tradiciones, el mismo sentido se reencuentra en la representación de la unión de la pareja divina en viparita-maithuna, es decir, en un abrazo en el que el macho permanece inmóvil, y donde es la shakti quien desarrolla el movimiento.

([3])A este respecto, se puede mencionar, como particularmente significativo, el hábito de las poblaciones salvajes de separar los grupos de hombres solo en casas llamadas “casas de hombres”, a título de fase preliminar de una diferenciación viril que se completa luego mediante los ritos de iniciación, de los que las mujeres son excluidas, ritos que vuelven al individuo definitivamente independiente de la tutela femenina, lo introducen en nuevas formas de vida y lo sitúan bajo nuevas leyes. Cf. H. WEBSTER, Primitive Secret Societies – A Study in early Politicis and Religion, trad. it. Bolonia, 1929, pag. 2 y sigs. 28, 30-31.

([4])Cf. SENART, Les castes dan l’Inde, cit., pag. 68; Mânava-dharmashastra, IX, 166; V, 148; cf. V, 155: “No hay sacrificio, culto o ascesis que se refiera particularmente a la mujer. La esposa que ama y venera a su esposo, será honrada por el Cielo”. No se puede estudiar aquí el sentido del sacerdocio femenino y decir porque no contradice la idea anteriormente expuesta. Tradicionalmente, este sacerdocio tuvo un carácter lunar; lejos de corresponden a una vía diferente, expresaba un reforzamiento del dharma en tanto que supresión absoluta de todo principio personal, en vistas, por ejemplo, de dar libre curso a la voz del oráculo y del dios. Hablaremos más adelante, de la alteración propia a las civilizaciones decadentes, donde el elemento femenino-lunar usurpa la cúspide jerárquica. Conviene examinar separadamente la utilización sagrada e iniciática de la mujer en la “vía del sexo” (cf. a este respecto J. EVOLA, Metafísica del Sexo, cit.).

([5])Cf, Handbuch der Klass. Altertumswissensch., v. IV, pag. 17.

([6])Así, por lo que se refiere a la China antigua se lee en Niu-kie-tsi-pien (V): “Cuando una mujer pasa de la casa paterna a la del esposo, pierde todo, hasta su nombre. No tiene nada en propiedad: lo que lleva, lo que es, su persona, todo pertenece a aquel a quien se la entrega como esposa”, y en el Niu-huien-shu se subraya que una mujer debe estar en la casa “como una sombra y un simple eco” (cit apud S. TROVATELLI, Le civiltà et le legislazioni dell’antico Oriente, Bolonia, 1890, pag. 157 y sigs.).

([7])Cf. REVILLE, Relig. du Mexique, cit., pag. 190.

([8])Cf. G. de LORENZO, Oriente et Occidente, Bari, 1931, pag. 72. Costumbres análogas se encuentran también en otros troncos de la raza aria: entre los tracios, los griegos, los escitas, y los eslavos (cf. C. CLEMEN, Religions-geschichte Europas, Heidelberg, 1926, v. I, pag. 218). En la civilización inca, el suicidio de las viudas para seguir al marido, si bien no estaba establecido por la ley, era sin embargo habitual y las mujeres que no tenían el valor de realizarlo o creían tener motivos para dispensarse de él, eran despreciadas (cf. REVILLE, op. cit., pag. 364).

([9])Cf. Mânavadharmashastra, IX, 29: “La que no traiciona a su esposo y cuyos pensamientos, palabras y cuerpos son puros, alcanza tras la muerte la misma morada que su esposo”.

([10])Cf. Brhadaranyaka-upan., VI, ii, 14; PROCLO, In Tim., V 331 b; II, 65 b.

([11])En el Mânavadharmashastra no solo se prescribe que la mujer no debe jamás tener una iniciativa personal y debe, según su condición, pertenecer al padre, al esposo y al hijo (V, 147-8; IX, 3), sino que se dice también (V, 154): “Incluso si la conducta del esposo no es recta, incluso si se entrega a otros amores y no tiene cualidades, la mujer debe sin embargo venerarle como a un dios”.

([12])La ofrenda sagrada del cuerpo e incluso de la virginidad, se encuentra reglamentada de forma rigurosa en una institución que es otro motivo de escándalo para los modernos: la prostituciòn sagrada, practicada en los antiguos templos siríacos, licios, lidios, tebanos, etc… La mujer no debía hacer la primera ofrenda de sí misma en un movimiento pasional orientado hacia un hombre dado, sino que debía, en el espíritu de un sacrificio sagrado, ofrecerlo a la diosa, entregándose al primer hombre que, en el recinto sagrado, le lanzaba una moneda de cualquier valor. No es más que tras esta ofrenda ritual de su cuerpo que la mujer podía casarse. HERODOTO (I, 90) refiere como un hecho significativo “que una vez de regreso a su casa, se le puede ofrecer (a esta niña convertida en mujer) cualquier suma de dinero: no se obtendrá nada de ella”, lo cual basta para mostrar lo poco que había de “corrupción” y de “prostitución” en todo esto. Otro aspecto de esta institución es revelado por MEREJKOWSKI Les Mystres de l’Orient, París, 1927, pag. 358): “Todo ser humano debe, por lo menos una vez en su vida, liberarse de la cadena del nacimiento y de la muerte; una vez al menos en su vida todo hombre debe unirse a una mujer y toda mujer a un hombre, no para engendrar hijos, sino para morir. Cuando el hombre dice [arrojando la moneda]: “Yo llamo a la diosa Milita”, la mujer es para él Milita misma”. Cf. J. EVOLA, Metafísica del Sexo, cit., para el desarrollo de estas ideas.

([13])Según las estadísticas de 1950, elaboradas sobre bases médicas (C. FREED y W.S. KROGER) el 75% de las jóvenes norteamericanas estarían “sexualmente anestesiadas” y su “líbido” (por emplear el término freudiano), se centraría principlamente en el marcisismo exhibicionista. Entre las mujeres anglo-sajonas en general, la inhibición neurótica de la vida sexual auténticamente femenina, es característica y procede de que son víctimas de un falso ideal de “dignidad” al mismo tiempo que de prejuicios del moralismo puritano.

 

JULIUS EVOLA: REBELIÓN CONTRA LA SUBVERSIÓN

29 de enero de 2008

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Para quien desee conocer una cosmovisión completamente revolucionaria respecto al “mundo moderno”, cuyos valores se basan en la contra-Tradición y en la Subversión, debe leer  “Rebelión contra el mundo moderno”, libro escrito en 1934 por Julius Evola y más tarde revisado y ampliado,   que  expone en forma magistral lo que es una morfología del mundo de la tradición.  En http://juliusevola.blogia.com/ se publica un estudio sobre la primera parte del citado libro:

La decadencia y no el progreso, es la ley que rige las acciones de los hombres. La decadencia es la compañera inseparable de lo humano que contribuye a explicar el porqué las civilizaciones degeneran y con ellas las razas que las sostienen. Evola anticipa algunas de las tesis que desarrollará en la segunda parte de su obra. La metafísica de la historia implica necesariamente considerar a la historia como decadencia sometida a leyes cíclicas. Frente a la historia como progreso, el concepto de historia cíclica enseña que la humanidad está sometida a periódicas fases de ascenso y descenso.

El mundo moderno está lejos de verse amenazado por una disminución de la natalidad y un aumento de la mortalidad. El grito de alarma que habían lanzado algunos jefes políticos, exhumando incluso la fórmula absurda de “el número hace la potencia”, esta desprovista de fundamento. El verdadero riesgo es precisamiente lo contrario: es el de una multiplicación incesante, desenfrenada y grotesca de las poblaciones sobre el plano de la cantidad pura. El declive se manifiesta únicamente en las capas que conviene considerar como portadoras de fuerzas, superiores al puro demos y al mundo de las masas, y que condicionan toda verdadera grandeza humana. Criticando el punto de vista racista, ya hemos hablado de esta fuerza oculta que, cuando está presente, de forma viva y activa, es el principio de una generación en el sentido superior y reacciona sobre el mundo de la cantidad imprimiéndole una forma y una cualidad. A este respecto, se puede decir que las razas superiores occidentales han entrado, desde hace siglos ya, en agonía, y que el desarrollo creciente de las poblaciones de la tierra puede compararse a la proliferación vermicular que se constata en la descomposición de los organismos y en la evolución de un cáncer: este último corresponde precisamente a la hipertrofia desenfrenada de un plasma que, sustrayéndose a la ley reguladora del organismo, devora las estructuras normales y diferenciadas. Tal es el papel que nos ofrece el mundo moderno: a la regresión y al declive de las fuerzas fecundadoras, en el sentido superior del término, es decir a las fuerzas portadoras de la forma, corresponde la proliferación ilimitada de la “materia”, de lo sin-forma, del hombre-masa.

Este fenómeno no es ajeno a lo que hemos expuesto, en el capítulo precedente, respecto al sexo y a las relaciones actuales entre hombre y mujer, pues afectan al problema de la procreación y a su significado. Si bien es cierto que el mundo moderno parece destinado a ignorar lo que son la mujer y el hombre absolutos y si la sexualización de los seres es incompleta -incompleta en nombre del espíritu, es decir limitada al plano corporal- no es sorprendente que se hayan perdido las dimensiones superiores e incluso trascendentes del sexo que el mundo de la Tradición reconoció bajo formas múltiples; es natural que esto influya sobre el régimen de las uniones sexuales y las posibilidades que ofrecen, sea como pura experiencia erótica, sea -y es este segundo aspecto entra precisamente en lo que nos interesa- en vistas a una procreación que no se agote en el simple y opaco hecho biológico.

El mundo de la Tradición conoció efectivamente un sacrum sexual y una magia del sexo. A través innumerables símbolos y costumbres esparcidas en las más diversas regiones del mundo, se transluce constantemente el reconocimiento del sexo como fuerza creativa primordial que supera al individuo. En la mujer, se evocaban las potencias abisales de ardor y luz o de peligro y desintegración([1]). En ella vivía la fuerza telúrica, la Tierra y en el hombre, el Cielo. Orgánica y conscientemente estaba asumido todo lo que, en el hombre vulgar, y hoy más que nunca, es vivido bajo la forma de sensaciones periféricas, impulsos pasionales y carnales. La procreación era decretada([2]) y el producto de esta procreación querido ante todo, así como hemos dicho, como el “hijo del deber”, como aquel que debe recuperar y alimentar el elemento sobrenatural del linaje, la liberación del ancestro, que debe recibir y transmitir “la fuerza, la vida, la estabilidad”. Con el mundo moderno, todo esto se ha convertido en un sueño insípido: los hombres, en lugar de poseer el sexo, están poseidos por él y se abaten aquí y allí como hebrios, incapaces de saber lo que se alumbra en sus abrazos, ni ver el demonio que se burla miserablemente de ellos a través de su búsqueda de “placer” o de sus impulsos romántico-pasionales. De forma que, sin que sepan nada, fuera de su voluntad y amenudo contra ella, un nuevo ser nace de tanto en tanto al azar de una de sus noches, frecuentemente como un intruso, sin continuidad espiritual, y en las últimas generaciones, sin ni siquiera este residuo que representaban los lazos afectivos de tipo burgués.

Cuando las cosas han llegado a este punto, no hay que extrañarse que las razas superiores mueran. La lógica inevitable del individualismo tiende también hacia este resultado, sobre todo en las “clases” pretendidamente “superiores” de hoy, en las que disminuye el interés hacia la procreación; sin hablar de todos los demás factores de degeneración inherentes a una vida social mecanizada y urbanizada y, sobre todo, a una civilización que no conoce los límites saludables y creadores constituidos por las castas y las tradiciones de la sangre. La fecundidad se concentra entonces en los estratos sociales más bajos y en las razas inferiores, donde el impulso animal prevalece sobre todo cálculo y consideración racional. Se produce inevitablemente una selección al revés, el ascenso y la invasión de los elementos inferiores, contra los cuales la “raza” de las clases y de los pueblos superiores, agotada y derrotada, no puede nada o casi nada, como elemento espiritualmente dominador.

Si, cada vez se habla más, hoy, de un “control de los nacimientos”, ante los efectos catastróficos del fenómeno demográfico que hemos comparado a un cáncer, no por ello se aborda el problema esencial, sino que no se sigue ningún criterio cualitativo, diferenciado. Pero la tontería es aun más grave entre los que se alzan contra este control invocando ideas tradicionalistas y moralizantes convertidas, ahora, en simples prejuicios. Si es la grandeza y la potencia de una raza lo que importa, es inútil preocuparse de la cualidad material de la paternidad, cuando no se acompaña de cualidad espiritual, en el sentido de intereses superiores, de justa relación entre lo sexos y sobre todo de la virilidad en el sentido verdadero del término, diferente del que reviste sobre el plano de la naturaleza inferior.

Hemos analizado el proceso de la decadencia de la mujer moderna, pero es preciso no olvidar que el hombre es el primer responsable. Al igual que la plebe no habría podido jamás irrumpir en todos los dominios de la vida social y de la civiliación, si hubiera tenido verdaderos reyes y verdaderos aristócratas, así mismo, en una sociedad regida por hombres verdaderos, la mujer jamás habría querido ni podido comprometerse sobre la vía que sigue hoy. Los períodos en que la mujer ha conocido la autonomía y la preeminencia, han coincidido casi siempre con la decadencia de las civilizaciones antiguas. No es contra la mujer que debería ser dirigida la verdadera reacción contra el feminismo y otras desviaciones femeninas, sino contra el hombre. No se puede pedir a la mujer volver a ser mujer, hasta restablecer las condiciones interiores y exteriores necesarias para la reintegración de una raza superior, mientras que el hombre no conozca sino un simulacro de virilidad.

Si no se consigue despertar el significado espiritual del sexo, si, en particular, no se separa de nuevo, duramente, de la sustancia espiritual convertirda en amorfa y mezclada, la forma viril, todo es inútil. La virilidad física, fálica, animal y muscular es inerte, no contiene ningún germen creador en el sentido superior: incluso cuando el hombre fálico tiene la ilusión de poseer, en realidad es pasivo, sufre siempre la fuerza más sutil propia a la mujer y al principio femenino([3]). No es más que en el espíritu que el sexo es verdadero y absoluto.

El hombre, en toda tradición de tipo superior, ha sido siempre considerado como el portador del elemento uránico-solar de un linaje. Este elemento trasciende el simple principio de la “sangre” y se pierde inmediatamente cuando se transmite por la línea femenina, aunque su desarrollo sea favorecido por el terreno que representa la pureza de una mujer de casta. Permanece siempre, en todo caso, el principio cualificador, aquel que da forma, y ordena la sustancia generadora femenina([4]). Este principio está en relación con el elemento sobrenatural, con la fuerza que puede hacer “discurrir la corriente hacia lo alto” y de la cual la “victoria”, la “fortuna” y la prosperidad de un linaje, son normalmente las consecuencias. Por ello la asociación simbólica, propia a las antiguas formas tradicionales, del órgano viril con ideas de resurrección y ascesis y con energías que confieren la cúspide de los poderes, tienen un significado que, lejos de ser obsceno, es real y profundo([5]). Como un eco de estos significados superiores, se encuentra, de la forma más neta, incluso en muchos pueblos salvajes, el principio según el cual solo el iniciado es verdaderamente masculino, y es la iniciación la que marca eminentemente el tránsito a la virilidad; antes de la iniciación, los individuos son semejantes a los animales, “no se han hecho hombres”: aun siendo ancianos, se identifican con los niños y con las mujeres, permaneciendo privados de todos los privilegios reservados a las élites viriles de los clanes([6]). Cuando se olvida que el elemento suprabiológico es el centro y la medida de la virilidad verdadera, aunque se continúe reivindicando el nombre de hombre, no se es, en realidad, más que un eunuco, y la paternidaad no tiene otro significado que una paternidad de animales que, engañados por el placer, procrean ciegamente otros animales, fantasmas de existencia como ellos mismos.

Ante tal situación, se puede intentar revivir el cadáver, se puede tratar a los hombres como conejos, sementales, racionalizando sus uniones -por que no merecen otra cosa- pero no hay que engañarse: o bien se llegará a una cultura de animales de trabajo muy bellos, o bien, si la tendencia individualista y utilitaria prevalece, una ley más fuerte arrastrará a las razas hacia la regresión o la extinción con la misma inflexibilidad que la ley física de la entropía y de la degradación de la energía. Y este será una de los múltiples aspectos, convertidos en materialmente visibles hoy, de la decadencia de occidente.

([1])Cf. EVOLA, Metafísica del Sexo, cit., especialmente cap. V y VI.

([2])Fórmulas upanishadicas para la unión sexual: “Con mi virilidad, con mi esplendor, te confiero el esplendor” – “Yo soy él y tú eres ella, tu eres ella y yo soy él. Yo soy el Cielo, tu la Tierra. Al igual que la Tierra contiene en su seno al dios Indra, así como los puntos cardinales están llenos de viento, así deposito en tí el embrión de [aquí el nombre de nuestro hijo]” (Brhadaranyaka-upanishad, VI, iv, 8; VI, iv, 20-22; cf. Atharva-Veda, XIV, 2, 71).

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Nota de YRANIA: Este estudio continuará en los próximos días.

29 de Enero de 2008, Anno Domini.

 


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