Archive for the ‘Mitología’ Category

banderas y escudos

14 de julio de 2012

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…predican y promueven la Sumisión

18 de septiembre de 2009

25/08/09

*Las instituciones jurídico-religioso-político-sociales-económicas… islámicas, están pensadas para hacerle la vida imposible al no musulmán.

El Islam no concibe un mundo pluricultural, distingue únicamente entre musulmanes y no musulmanes.

El término ‘infiel’ (káfir) se aplica a todos los no musulmanes. Si bien se establece una distinción entre las denominadas ‘gentes del libro’ (judío y cristianos, a los que con el tiempo se le añadieron los zoroastrianos y otros), y el resto de las culturas, que son denominadas paganas (idólatras, ‘chirk’), sin más, y no merecen atención alguna, su destino es el de ser destruidas, desaparecer.

El concepto ‘gente del libro’ hace alusión a los creyentes que tienen escrituras santas, textos revelados, libros sagrados; se aplicó en un principio tan sólo a la tradición judeo-cristiana (la saga bíblica, Antiguo y Nuevo testamento, el legado de Moisés y de Jesús).

La teoría profética de Mahoma se incardina en las revelaciones monoteístas que tienen su origen en el pueblo judío. Él es el último y definitivo enviado, dice. No habrá más. La Biblia pues, Antiguo y Nuevo testamento, se subordina a esta última ‘revelación’. Tal interpretación, como se sabe, no fue aceptada ni por los judíos, ni por los cristianos. Estos no ‘reconocieron’ a Mahoma como profeta y enviado del dios. Este rechazo ofendió gravemente a Mahoma, y a sus seguidores.

El término ‘dimmi’ hace alusión a las condiciones que tienen que acatar los no musulmanes en una sociedad islámica (‘dar al-Islam’). Pensada en un principio para los judíos y los cristianos, conforme la expansión islámica avanzaba hacia el este, se le añadieron los zoroastrianos (persas), e incluso, una vez en la India, los budistas y los hinduistas (aunque no siempre).

Las gentes que no son del libro, las tradiciones culturales que nada tienen que ver con el discurso judío y posterior cristiano; los pueblos paganos, la gente sin más, los gentiles, tienen dictada su sentencia de muerte en el ámbito islámico. Sólo la ‘gente del libro’ (la saga bíblica) serán tolerados.

La mayor parte de las culturas y civilizaciones del pasado contaban con textos sagrados, venerados por todos. Sumer, Egipto, Persia, China… Los árabes, precisamente, carecían de ‘libros’; Mahoma hizo el Corán para ellos. Ahí comienza la ‘civilización’ árabe.

No se le reprocha a Mahoma haber unificado a un pueblo, el árabe, y haberlo dotado de un texto religioso-jurídico-político… De haberlos puesto en marcha.

Pero no lo hizo de manera original, no partió del propio pueblo árabe. De sus tradiciones y leyendas. Importó e impostó un discurso monoteísta ajeno, el hebreo, también un pueblo semita. Urdió un discurso que le vinculaba a la tradición profética judía. El sería el último de los profetas enviados por el dios de los judíos (y de los cristianos, Jesús desciende a la categoría de profeta o enviado).

*Una vez asediada una ciudad o un reino, la población no tiene otra opción que islamizarse, acogerse a la ‘dimmi’, o luchar hasta morir o vencer.

La población conquistada y sometida a la ‘dimmi’ goza de ‘protección’ bajo el Islam. Es un insulto éste eufemismo. Dadas las condiciones de desigualdad, de inferioridad, de injusticia… a la que se ven sometidos aquellos que no se islamizan, las poblaciones autóctonas, precisamente –judía, o cristianizada, persa o india.

Numerosos conceptos islámicos tienen que ver con esta consideración despreciativa en que se tiene a la población no musulmana. Los no creyentes no merecen respeto alguno. Aquellos que no reconocen a Mahoma.

La no aceptación de su discurso deja a los musulmanes disgustados, contrariados, y ofendidos. Su actitud hacia los no musulmanes es la del rencor y la venganza. Pagarán caro su rechazo del Islam.

Hay, sin embargo, ambigüedad en la actitud de los musulmanes para con estas poblaciones renuentes a islamizarse y que viven en sociedades regidas por el Islam (en tierra del Islam). Por un lado se las explota (los impuestos que se derivan de su condición de ‘dimmi’), por otro se las desprecia y se las odia porque no reconocen a Mahoma, no se islamizan, no se humillan, no se ‘someten’.

*El complejo, la trama, la red jurídico-política-religiosa-social-económica… islámica, alrededor del ‘infiel’. Dentro y fuera. La guerra fría y caliente contra el ‘infiel’. El que no reconoce a Mahoma, el que no se somete. El otro, los otros. Los no musulmanes están caracterizados y categorizados en el imaginario colectivo de los musulmanes de tal manera que se les puede engañar, robar, matar. Si ello es en el nombre del Islam.

Tiene que estudiarse bien esa trama conceptual que rodea al infiel.

*Es una querella particular la que los musulmanes sostienen con judíos y cristianos. Estos son infieles porque se supone que tienen que aceptar el Islam, tienen que reconocer a Mahoma. Es una querella étnica y local, entre pueblos y tradiciones semitas.

Esa historia étnica y local, se ha internacionalizado, universalizado. Debido a la cristianización y a la islamización de buena parte del planeta.

Los paganos, los gentiles, la multitud de culturas que nada tienen que ver con el estrecho marco histórico-geográfico y lingüístico-cultural en el que se mueve toda esta historia, no tienen voz en este asunto. Nada tienen que decir. No tuvo nada que decir en su momento Egipto, ni Grecia, ni Roma, ni Persia.

Cristianos y musulmanes minaron, destruyeron estas grandes culturas. Apenas quedan culturas clásicas. China, la India no musulmana, Japón. No encuentro otras (que estén vivas), a no ser la tradición judía, precisamente.

El Islam nos obliga a todos a movernos en el estrecho marco citado. En el judeo-cristiano-musulmán. Es una cárcel conceptual. Un laberinto cerrado, sin salida. Un maldito círculo vicioso.

Todos sus mitos y tradiciones, sus profetas, sus enviados… tienen que ver con las promesas de dominio que les hizo (a cada uno de ellos) su dios. La locura judeo-cristiano-musulmana.

Es la última ‘revelación’, la islámica, la que ha exacerbado todo este asunto. No es menos ofensiva y hostil que lo fue el cristianismo en sus comienzos y en su período de dominio, o el mismo Islam a lo largo de su historia, pero las dimensiones que cobra el asunto en la actualidad son ya a escala planetaria. Todo el planeta está implicado. Partiendo de la propia clasificación que de los pueblos del mundo hace el ámbito islámico (entre fieles e infieles, entre musulmanes y el resto, entre tierra del Islam y tierra de infieles…).

La propagación de musulmanes asiáticos y africanos por todo el planeta tiene una intención proselitista, tiene la intención de sembrar el Islam por todo el planeta. De sembrarlo de comunidades islámicas. Esto complicará (ya lo hace) la vida política y social de los pueblos europeos, americanos, australianos y demás. Ya estamos padeciendo las contradicciones culturales, la dicotomía que instaura el mismo Islam, allí donde se establece. La discordia.

La ceguera para una multiplicidad cultural. Invalidan toda cultura que nada tenga que ver con sus reivindicaciones y demandas, con su mundo. El mundo egipcio, el chino, el griego, el romano, el persa… Sus tradiciones, su sabiduría. La desaparición de estos mundos.

Es la misma ceguera que tienen los judíos y los cristianos. Obsesionados por su propio discurso. El discurso sólo a ellos referido. El dios que se dirige sólo a los hebreos, o a los cristianos, o a los árabes. Que habla incluso en hebreo, y en árabe. Que les promete, además, a cada uno de ellos, la preeminencia sobre todos los pueblos del mundo. Los tres tienen la palabra del dios de que, en su momento, todos los pueblos se inclinarán ante ellos. Sueños megalómanos. Sueños propios de pueblos pequeños, y miserables, y mezquinos.

Éste es el pleito que se traen entre sí judíos, cristianos, y musulmanes por la preeminencia y el poder; por el dominio, no sólo espiritual, del mundo. Ésta es su locura, éste es su discurso. ¿Cómo terminará esta loca y maldita historia?

Esta ceguera (esta certeza) les legitima en su camino de destrucción. Cristianos y musulmanes son responsables de la extinción de numerosas culturas en todo el planeta, grandes y pequeñas. El genocidio cultural. Sin conciencia alguna de culpa, pues instauran al ‘verdadero y único dios’.

No podemos jugar a su juego. Ni desde los judíos, ni desde los cristianos, ni desde los musulmanes. No podemos tomar parte en esta monstruosa y demencial querella.

*Si medimos el tiempo de las civilizaciones desde un año cero que tendría lugar hace seis mil años en Sumer, alrededor del nacimiento de la escritura, hace algo más de tres mil años (desde Moisés, influido tal vez por Akhnatón) que padecemos esta lacra de las religiones de salvación.

Mahoma dice que con él termina la serie de enviados del dios de Moisés y Jesús. Pretende cerrar el diálogo que el dios de los hebreos mantenía con su pueblo. Esto forma parte de su impostura, de su intolerable intromisión.

Tenemos que deshacernos de esos juegos de lenguaje. Negarles poder y autoridad fuera de sus ámbitos de dominio. Deslegitimarlos. Aquí, en Europa, en las Américas, en todas partes. Negarles validez, vigencia.

Ciertamente, nos han convencido, es o ellos, o nosotros (el resto del mundo). La guerra que nos planta el Islam en los momentos presentes tiene estas dimensiones. No descansarán hasta la victoria o la derrota final.

¿Por qué tuvo que universalizarse ese discurso? ¿Por qué tenemos que seguir jugando ese funesto juego?

*A los judíos, que iniciaron esta historia, no les queda más remedio que compartir la ‘gloria’ con cristianos y musulmanes. Estos se han adherido a la estela que ellos iniciaron. No podrán llevarse toda la gloria que les prometió su dios. Este dios parece haberles traicionado, primero con los cristianos, y luego con los musulmanes.

También los cristianos creyeron reservada la gloria para solo ellos. Únicamente los judíos que reconociesen a Jesús como el Mesías, alcanzarían la ‘vida eterna’. La ‘revelación’ cristiana pretende anular la judía (mosaica).

Los musulmanes niegan la gloria a los judíos y cristianos que no reconozcan a Mahoma. Pretenden la anulación del judaísmo y del cristianismo. La disipación de estos. Su desaparición. Así como el cristianismo lo quiso con el judaísmo.

¿Por qué el judío va a abandonar su estirpe milenaria? Dejemos en paz a los judíos. Se limitaron, por lo demás, a un pequeño territorio sin aspiraciones imperialistas.

Aparte de los avatares del pueblo judío, que fue el de todos los reinos y pueblos pequeños de Oriente próximo y medio, estos tuvieron que soportar la aparición del cristianismo. Aquí quisiera romper una lanza a favor de los judíos. Jesús como Mesías, y el cristianismo posterior, fue lo peor que le pudo suceder a ese pueblo. A costa de sus tradiciones, de sus claves simbólicas, y de ellos mismos. Ese sufrimiento y esa humillación.

Por si faltara poco, apareció el Islam. Un tercero en discordia. No bastaba la humillación cristiana, ahora tocaba padecer la musulmana.

Mediar, intervenir en algo tan íntimo como las relaciones espirituales de un pueblo con su mundo simbólico. La impostura cristiana y musulmana con respecto al pueblo judío.

Es la envidia lo que está detrás del cristianismo (Pablo) y del Islam (Mahoma).

Sin capacidad para producir nada propio, cristianos y musulmanes, piratearon y parasitaron el legado espiritual judío. Se auto-injertaron, podríamos decir. Usurparon, también. Sin humildad, sin modestia. Arrogantes e insidiosos. Faltos de medida.

El pueblo judío es de los pocos pueblos que, junto con el chino, el indio (no islamizado), y el japonés, han mantenido vivo el nexo con sus antepasados. Un nexo milenario. No menciono a los pueblos de cazadores-recolectores supervivientes. Me limito a las civilizaciones y culturas del período neolítico.

Apenas quedan culturas autóctonas de ese período. Cristianos y musulmanes (además de hinduistas y budistas) las han destruido total o parcialmente. Egipto, Fenicia, Grecia, Roma, Persia… Culturas que han perdido vigencia, valor. Pueblos extrañados de sus orígenes, espiritualmente alienados.

Todos los intentos por destruir la tradición mosaica (por parte de cristianos o musulmanes) fueron infructuosos. Lo que nos muestra que es un pueblo digno de todos los respetos. Un pueblo que ha logrado conservar el nexo con los antepasados. Cosa que no pueden decir ni los cristianos, ni los musulmanes (ni los pueblos cristianizados o islamizados).

Los cristianizados, o islamizados, tenían que desarraigarse primero, extrañarse de sí mismos, de su cultura ancestral, para adoptar posteriormente la base cristiana o musulmana de su ser simbólico. Ésta es la verdadera apostasía, la infidelidad real. El abandono de lo propio y la adopción de lo ajeno. Eso es lo que no hizo el judío. Y eso le honra. Pues en eso estriba la verdadera fidelidad, la que le debemos a los antepasados y a las tradiciones ancestrales de nuestro pueblo.

Los pueblos cristianizados o islamizados carecemos de orgullo, de honor. Con antepasados espurios, con tierras sagradas espurias, con una historia (pasado) espuria. No son, nuestro cristianismo o nuestro islamismo, motivos para enorgullecerse, precisamente, sino bien al contrario. Pueblos, hombres y mujeres, desconectados de su pasado ancestral y autóctono. Alienados, instrumentalizados, enfrentados. En el nombre del dios de los cristianos o de los musulmanes.

Estas ideologías universalistas, hechas, parece, para hombres y mujeres que han perdido u olvidado su estirpe, su pueblo, su gente, sus tradiciones y demás. En el maremágnum de los imperios multiculturales, en la confusión de lenguas y culturas, en el desgaste (de los mundos simbólicos) que se produce; el nihilismo, la desertización, la entropía.

El imperio egipcio, el acadio, el griego, el romano, el persa aqueménida, el sasánida… La aparición del cristianismo, del Islam. El caos, el desorden, la confusión, el diluvio que todo lo arrastra… Mantenerse firmes en estas circunstancias. Eso fue lo que hizo el pueblo judío (entre otros). Ésta es su enseñanza. Otros pueblos también lo consiguieron (China, Japón…), pero han estado menos expuestos que el judío a la extinción. El judío ha llegado incluso a carecer de tierra. Y es que lo verdaderamente importante para un pueblo no es tanto la tierra, sino el mundo simbólico, el cielo. Se puede perder la tierra, pero si se pierde el cielo, ese pueblo desaparece como si nunca hubiese sido.

Es debido a su entereza y a su fidelidad, pese a las más adversas circunstancias, que el pueblo judío merece ser honrado y distinguido entre otros. Son una escuela de fidelidad.

Eso no podemos decirlo ni de los pueblos cristianizados, ni de los islamizados, insisto. Esos pueblos no tienen otros antepasados o patriarcas que los de la tradición judeo-cristiano-musulmana. Europeos griegos, romanos, celtas, germanos… Asiáticos fenicios (libaneses), sirios, persas, afganos, tibetanos, mongoles, turcos… Africanos… Americanos… Multitud de pueblos desarraigados, que han perdido el vínculo natural con sus antepasados y su mundo simbólico.

Esos pueblos han demostrado no ser fieles, no ser fuertes en la adversidad. No luchar hasta la muerte en defensa de lo suyo. Esos pueblos no merecen en verdad honra alguna. Digan lo que digan.

Carecen de voz propia. Son la voz de otro. Un discurso ajeno les domina.

*El Corán se escribió pensando en los árabes. Léanse las fragmentos correspondientes a la relación del Corán con la lengua (y el pueblo) árabe. Es un texto etno-céntrico, como pocos. Como por otro lado lo es también el Antiguo testamento judío. Finalmente, le dice Mahoma a los árabes, ya tenéis un texto ‘revelado’, como los judíos y los cristianos.

*Si con el cristianismo se produce un pan-judaísmo (las claves simbólicas, lingüístico-culturales, son judías), con el Islam se produce un pan-arabismo.

26/08/09

*Mahoma, su Corán, no puede rivalizar con las figuras de Moisés y Jesús. Mal que les pese a los musulmanes.

Difícilmente van a conseguir que judíos y cristianos se islamicen. Sólo la fuerza y la violencia podrían conseguirlo, y aún así. Siempre les quedará el cripto-judaísmo, o el cripto-cristianismo.

Y entretanto, ¿qué hacemos los gentiles? Los paganos, los idólatras, las otras culturas. En Europa hace ya tiempo que el discurso (y el mundo) judeo-cristiano-musulmán quedó atrás. Ha sido superado, dejado atrás. Conceptualmente, espiritualmente, simbólicamente, culturalmente, colectivamente. Me refiero a la población europea autóctona. Ya no rige las conciencias de la mayoría. Ahora son minoría los creyentes y practicantes cristianos.

La población musulmana extranjera que actualmente reside en Europa es aún pequeña, aunque bastante ruidosa. Esta población sí vive de pleno el discurso judeo-cristiano-musulmán. La polémica, el enfrentamiento. Sigue atrapada en ese discurso.

*La religiosidad del Islam, como la de las demás ideologías religiosas de salvación, es ofensiva y hostil para con el otro. Estas ideologías practican el proselitismo, el apostolado, la propagación. Convierten al otro en uno de ellos, o lo intentan. Apenas si hay conversos al Islam (u otras creencias extranjeras) entre los autóctonos europeos. Lo cual, ciertamente, es un motivo de alegría.

Esta indiferencia hacia el discurso de las religiones de salvación en general, no indica necesariamente un rechazo consciente y pensado. No supone una meditación previa. Unas razones para decir no.

Esta indiferencia es generacional y tiene que ver con el desgaste de estas ideologías en nuestro ámbito cultural. Nuestra evolución cultural y simbólica nos ha sacado de esos mundos. Cosa que no parece haberles sucedido a las poblaciones musulmanas en sus sociedades de origen (Asia y África). Estos sujetos aún viven en la Edad media.

Hemos menospreciado estos discursos religiosos. Pero estos amenazan con envolvernos de nuevo y arrastrarnos, hundirnos en el pasado.

Necesitamos, pues, exorcizar estos fantasmas del pasado. Para bien del mundo entero. Acabar de una vez con ellos.

Dada la insistencia de estos creyentes, y particularmente de los musulmanes, la más reciente de estas ideologías universalistas, tarde o temprano, tendremos que contestarles. Necesitan una respuesta. Una posición clara con respecto a estas tradiciones. Y la tendrán.

Hay que decirles unas cuantas cosas a estos creyentes, a cual más ofensivos y hostiles. Europa tiene que responderles. Desde Europa. No desde la Europa cristiana, o desde la Europa musulmana, sino desde la Europa europea, la autóctona, la gentil. La Europa recuperada.

Responderles fuera del ámbito judeo-cristiano-musulmán. Fuera de sus juegos de lenguaje, de sus discursos. Desde Europa. Desde las tradiciones europeas pre-cristianas (y pre-islámicas). Y en los momentos presentes, desde Darwin, desde Marx, desde Nietzsche… Desde el pensamiento crítico contemporáneo.

Es una respuesta a aquellos que se resisten a abandonar el tenebroso pasado. Sus claves simbólicas. Hemos de hacer un esfuerzo por traerlos al presente. Por des-alienarlos también. Hacerles ver primero su extrañamiento espiritual, cultural. Primero que enlacen con sus verdaderos antepasados, situarlos en su contexto ancestral y autóctono. Recuperar el nexo con los antepasados propios. Una vez ahí, traerlos al presente. A la nueva era, al nuevo período que ya vivimos.

*Vivimos los albores de una nueva era que ha tenido su nacimiento aquí, en Europa. Vivimos una revolución cultural semejante a la que dio lugar al neolítico. Un cambio de era cuyas consecuencias culturales están aún por ver. De la misma manera que el hombre del neolítico abandonó los mundos simbólicos elaborados por los paleolíticos que le precedieron (por insuficientes), así nosotros también abandonaremos los mundos generados a lo largo del neolítico –por inútiles, por irreales, por descentrados.

Los nuevos modos de producción (y de vida) que instaura el neolítico dieron lugar a nuevos mitos, a nuevas interpretaciones acerca del mundo, de la naturaleza, de la vida, del lugar del hombre en la naturaleza. Estos mundos son tradiciones coherentes con el período neolítico. Están vinculados a los modos de vida que inaugura el neolítico.

Hay que decir que las ideologías o superestructuras simbólicas del neolítico pecan de un excesivo antropocentrismo y antropomorfismo, que hoy por hoy, y a la luz de la evolución y la genómica, son inconcebibles. La revelación del código genético arruina todo antropocentrismo.

La nueva era no es antropocéntrica, pues. La relación del dios con el hombre es fundamental en las ideologías del neolítico. El hombre es un ser privilegiado en todas estas tradiciones. La naturaleza está, poco más o menos, al servicio de este hombre. Todo esto es inconcebible hoy día.

El hombre de hoy no es el hombre del neolítico, o de las ideologías del neolítico. Criatura privilegiada, creada con el barro más fino. Todas las tradiciones que sostienen este antropocentrismo tendrán que abandonarlo.

Resulta que el sujeto de toda actividad biológica no es la criatura (el fenotipo) que aparece, sino el genotipo que alberga. Los genes son la única sustancia viva del planeta.

Se pasa de un antropocentrismo (o fenocentrismo) a un genocentrismo donde la sustancia genética es el único sujeto de toda actividad biológica (y cultural).

Esto habrá que digerirlo. Este presente.

Ésta podría ser una de las respuestas de Europa. A todos los dudosos e indecisos. A los atrapados en el pasado.

Europa ha de esforzarse porque el resto de los pueblos supere el neolítico. Ha de efectuar una labor específica en pro de la nueva era. Ha de comprometerse. Tiene que dar razones. Tiene que convencer. No puede abandonar a multitud de hombres y mujeres en el pasado. Tiene que traerlos al presente. Y tiene que traerlos al presente en las naves adecuadas; en las respectivas naves autóctonas.

Es una labor doble. O con dos frentes. Primero, advertirles de su alienación cultural (en la mayoría de los casos) y devolverlos a sus pueblos autóctonos; segundo traerlos al presente.

 

27/08/09

*Nadie nos restituirá nuestras culturas. Nunca recuperaremos nuestras culturas.

Los pueblos que en su momento perdimos o abandonamos nuestras culturas ancestrales.

Restos, reliquias. Lo poco que nos queda.

*¿Qué pasaría si el Islam lograra el dominio del planeta; si todo el mundo se islamizara? ¿Habría paz? No nos engañemos. No pasaría otra cosa que lo que hoy ya pasa y lo que ayer pasó. El Islam está múltiplemente dividido y enfrentado. Dependerá del área de domino de cada una de estas ‘sectas’ (suníes, chiíes, entre muchas otras). Cada día se matan entre ellos. La mismos métodos (guerra fría o caliente) que emplean contra el infiel (‘dar al-harb’, ‘dar al-kufr’, tierra de guerra, tierra de infieles), son los que emplean con sus disidencias. Es una historia cruenta, la historia del Islam. Es también una historia criminal. Mutuamente se acusan de infieles (‘káfir’), o de idólatras o paganos (‘chirk’). Las sectas rivalizan entre sí en ‘puritanismo’. Los ‘puritanos’ abundan y se enfrentan entre sí. Se niegan (la autenticidad, la pureza mutua). Puede verse en la historia de los últimos veinte o treinta años (toda su historia en verdad). Grupos que mutuamente se niegan, se acusan, se destruyen. Es la guerra generalizada.

Se masacran entre ellos. Véase su territorio, el ‘dar al-Islam’. Los musulmanes no conocen la paz. Muerte, muerte, muerte. ¿Es esto lo que quieren exportar? ¡Por favor!

Seamos sensatos con el Islam. No es una vía de paz. En absoluto. Es, quizás, la vía más pura de la violencia. La guerra pura.

Un mundo islamizado sería un mundo en guerra eterna.

La violencia contra el otro está legitimada, sancionada, divinizada. Es guerra dentro y fuera. Fuera contra el mundo no islamizado (no sometido) y dentro contra toda disidencia. Dentro es guerra de todos contra todos. Las diferencias entre las sectas musulmanas les llevan a combatirse a muerte. Es guerra a muerte, no se olvide.

Cada secta reclama para sí la pureza islámica. Acusa a las otras sectas, a los otros musulmanes, de infieles, de apostatas, de idólatras… Son los insultos que les dedican a los pueblos no musulmanes, a los paganos, a los gentiles. A los pueblos no sometidos, no islamizados.

Es un futuro terrible el que nos espera. Si el Islam sigue prosperando en nuestras tierras. Creciendo, multiplicándose. Reproduciendo su modo de vida violento en nuestras tierras. Traen la guerra, la discordia, el enfrentamiento. La mente de cada sectario es un ‘mundo’ que tiene que imponer al otro. Por las buenas, o por las malas

28/08/09

*El futuro será genocéntrico y ecológico, o no será. Ésta es la conciencia y la sensibilidad que viene, que ya está. Que ya circula. El saber, la conciencia y la sensibilidad que cambiará la faz del planeta. La nueva sabiduría.

Los mundos elaborados a lo largo del neolítico quedan inexorablemente atrás.

¿Qué hemos de conservar de ese período? Cada pueblo ha de conservar el vínculo espiritual con sus antepasados, con los suyos. Son las señas de identidad. Los pueblos han de identificarse, distinguirse. Estas diferencias no pueden perderse.

El futuro es también una nueva era en las relaciones entre los pueblos. Siempre que las diferencias entre estos sean conservadas.

Las únicas culturas o tradiciones culturales que son un obstáculo para tal entendimiento son las llamadas religiones de salvación. El universalismo de estas tradiciones, pese a su origen étnico (indio (hinduismo y budismo, fundamentalmente), iranio (el zoroastrismo o mazdeísmo), o semita (hebreo y árabe)). El ámbito de dominio de estas tradiciones oculta, sepulta, sofoca… numerosas culturas y pueblos.

Son numerosísimos los pueblos que han perdido, total o parcialmente, sus tradiciones. O las han visto desfiguradas, transformadas, desvirtuadas… por la tradición religiosa universalista que en su momento les alienó.

Pueden estudiarse las tradiciones semi-destruidas y deformadas por el cristianismo en Europa (o en América), o por el islamismo en Asia y África, o por el hinduismo y budismo en Tíbet y el sudeste asiático.

Hay que tener presente que lo que se universaliza es una cultura étnica y local (la hebrea, la árabe, la india). Y en un determinado estadio lingüístico-cultural. Son, pues, culturas históricas, étnicas, y locales, las que se imponen. En detrimento de innumerables otras.

Las culturas autóctonas han sido destruidas, deformadas, pisoteadas, mancilladas, profanadas… Los antepasados han sido calumniados, insultados. Los pueblos han sido desarraigados.

Si esta nueva era que vivimos provoca una crisis de identidad, ha de pensarse que, en numerosos casos, la identidad que teme desaparecer no es la autóctona, sino la impuesta en su momento (cristiana, musulmana, hinduista…). Esta crisis de identidad, en estos tiempos de transición, la padecen todos los pueblos, hayan sido o no culturalmente alienados.

El momento no puede ser más oportuno. El nuevo saber, la nueva conciencia, la nueva sensibilidad, que choca ciertamente con el pasado, sitúa a los pueblos en la tesitura de qué pasado merece la pena conservar, transportar al futuro.

Se requiere un proceso de autognosis de los pueblos. Estas tradiciones que defiendo y extiendo a muerte… ¿son mías? ¿Adónde me llevan estas tradiciones? No me llevan a mi pueblo, sino a un pueblo extraño. Si me aferrase a estas tradiciones, conservaría y transportaría al futuro tradiciones foráneas. ¿Qué hay de mis antepasados verdaderos? ¿Por qué no sigo vinculado a estos? ¿Qué sucedió?

¿Por qué Moisés, Jesús, Mahoma, o Buda…? (Y sus respectivas tradiciones lingüístico-culturales). ¿Por qué no mis antepasados griegos, romanos, celtas, germanos… tibetanos, persas, o incas?

Pueblos cristianizados o islamizados… son pueblos extrañados de sus orígenes. Que han vivido un proceso (las más de las veces violento) de destrucción de su propia cultura (aculturación) y de adopción de la ajena (enculturación). Hemos perdido multitud de lenguas, pueblos, y culturas.

El genocidio cultural practicado por las religiones universalistas de salvación. Desde su aparición.

El retorno de los pueblos a sus fuentes. A sus orígenes. Primero la identidad ancestral y autóctona. Es esa identidad la que ha de sumarse a la nueva era. Restablecer el vinculo con los verdaderos antepasados y, adelante, hacia el futuro. Transportar los Manes propios. Como nos enseña Eneas.

Hay que decir que el propio pueblo árabe padeció la destrucción de sus raíces culturales -que comenzó a llevar a cabo Mahoma. Y otro tanto podemos suponer del pueblo hebreo, tras la aparición de Moisés. Zoroastro transforma, subvierte la propia tradición cultural de los pueblos iranios, que les vinculaba al mundo arya védico. En la India los sacerdotes hinduistas hacían lo mismo con el mundo védico; el budismo posterior, a su vez, negaba el mundo védico y el hinduista.

Estas ideologías universalistas, en su momento, destruyeron o manipularon su propio medio cultural. Son ideologías sacerdotales, hay que decir. Son los sacerdotes los que han urdido estas ideologías universalistas en donde el sacerdote, precisamente, ocupa un lugar privilegiado. Son ‘revoluciones’ sacerdotales que surgen a mediados del neolítico histórico. Hace poco más de tres mil años.

Hay que poner en la balanza, pues; pesar, ponderar. Es el momento del juicio. Es un juicio el que debemos realizar sobre el pasado. El periodo neolítico acaba, concluye. Sus mundos, sus superestructuras simbólicas. ¿Qué salvaremos, qué transportaremos al futuro?

Las identidades ancestrales y autóctonas, los Manes propios. Cada pueblo. El mundo simbólico elaborado por nuestros antepasados. Eso es la que debemos transportar al futuro, a la nave Futuro.

Es de justicia. La recuperación del nexo con los propios antepasados y con la propia historia. Recuperar, rescatar, limpiar su memoria. Los diversos pueblos europeos, asiáticos, africanos, americanos, oceánicos… Es también recuperación del orgullo, de la dignidad, del honor.

Enfrentarnos a la nueva era desde nosotros mismos. Llevando con nosotros las figuras de los respectivos antepasados. Desde nuestras estirpes y culturas ancestrales y autóctonas. En memoria de nuestros antepasados. Para mayor gloria del árbol de los pueblos y culturas del mundo, que es también el árbol de la vida. El árbol más puro.

Tenemos, pues, que desprendernos de la envoltura simbólica impuesta, del ser simbólico ajeno.

Es el juicio anunciado, el diluvio, la catástrofe de las catástrofes. La rueda cósmica ha girado. El nuevo estadio, la nueva era.

Sí, qué vamos a transportar a la nave Futuro. De esto se trata. Qué va a sobrevivir. Qué llevaremos con nosotros a la nave Futuro. Qué nos acompañará del pasado. Qué merece la pena conservar.

Los pueblos han de aprestarse, porque el juicio es ya, el diluvio.

Que recopilen sus cosas, que las transcriban. Que las conserven. Que no pierdan el vínculo con su pasado milenario. Un hilo que nos ate al pasado de donde venimos. Nuestro origen. Nuestra rama particular del árbol de los pueblos y culturas del mundo, del árbol de la vida.

Durante el diluvio védico, Manu ata la nave a un árbol. Esto hizo que la nave permaneciera en el mismo lugar cuando las aguas se retiraron. De esto se trata.

Cuando la rueda haya terminado de girar. ¿Qué habrá quedado?

El juicio ha de llegar a la valoración de las ideologías religiosas universalistas. De su actitud ofensiva y hostil contra todo otro.

Es una filosofía de la cultura lo que necesitamos. Pero una filosofía crítica. Que juzga y valora.

Hay que dejar atrás toda diferenciación hostil entre los diversos pueblos y culturas. La universalización de estos discursos etno-céntricos hostiles al resto de las culturas. Son un severo obstáculo. No sólo alienan, sino que enfrentan a los grupos humanos.

No merecen sobrevivir. Son un peligro en sí mismos. Hay que cuidarse de ellos.

¿Por qué, por qué lo hicisteis? ¿Por qué destruisteis nuestras culturas, por qué nos separasteis de los nuestros? ¿En nombre de qué o quién? No teníais, ni tenéis, ni tendréis, el menor derecho a destruir la cultura de un pueblo otro e imponerle la vuestra. Nunca más.

En nombre de vuestros dioses, de vuestras divinidades, de vuestras tradiciones, de vuestros mundos. Esos dioses no eran más que el rostro de vuestra ambición de dominio.

Os delatáis con vuestras divinidades. Delatáis vuestro duro y oscuro corazón. Vuestra extremada voluntad de poder. Vuestra arrogancia, vuestra soberbia. ¿Qué dioses y principios son esos que exportáis?

Es el dios que ordena la destrucción y la aniquilación del otro. ¿Por qué?

No necesitamos vuestros dioses intolerantes y agresivos. Quedáoslo para vosotros. Dejadnos en paz.

Hay que privarlos de poder. Que no sigan enfrentándonos. Tenemos que dejarlos atrás. Va en ello nuestro futuro, el futuro de los pueblos del mundo.

Lo primero es impedirles el proselitismo. Hecho por lo demás absurdo. Porque es como si un chino fuese por ahí convirtiendo a la gente en china (culturalmente china); intentando destruir la cultura del otro y haciendo que adopte la suya. Es algo demencial. El apostolado cristiano, el musulmán, el hinduista, el budista… Ese prurito de universalización. Cristianizar a todo el mundo, islamizar a todo el mundo… Es una locura. El éxito pleno (por cualquier medio) de cualquiera de estas ideologías supondría la desaparición de ¡todas! las tradiciones culturales del planeta.

De los métodos violentos y mixtificadores usados para imponerse en el mundo. De la destrucción, de la deformación, de la pérdida de pureza de multitud de culturas. Del extrañamiento espiritual de los pueblos. De todo esto y mucho más han de dar cuenta la tradición judeo-cristiano-musulmana, así como el hinduismo y el budismo. Éste es el juicio final para ellos. El dictamen final.

¿Quién lo realiza? El momento presente. Las generaciones presentes y futuras juzgarán el comportamiento de estas tradiciones como indeseable e indigno. Mucho daño y ningún beneficio. Quiero decir beneficios que no pudieran ser aportados por otras culturas. No perdemos ninguna consigna ética si estas tradiciones desaparecen. Nada que no pudiéramos encontrar en otras culturas. No necesitábamos estas tradiciones. Ningún pueblo las necesitaba. No nos son necesarias. Consérvelas el pueblo hebreo, o el pueblo árabe, si así lo desean. Pero el Islam (Mahoma) ha de rendir cuenta a su propio pueblo de origen; a sus antepasados. Qué lugar ha de ocupar Mahoma en una Arabia recuperada. Por qué destruyó la cultura ancestral de su propio pueblo. Esto es lo que tiene que sopesar el pueblo árabe.

Las culturas tradicionales carecen de ese prurito de expansión. Egipto, Grecia, Roma… China. Son culturas que se comparten, no se le imponen al vecino.

Necesitamos distancia de estas tradiciones religiosas universalistas y totalitarias. Desde cada una de nuestras culturas hemos de ver estos movimientos. Desde nuestras culturas ancestrales y autóctonas. Ningún pueblo carece de reglas morales, de tradiciones espirituales. No estamos ayunos, ni huérfanos. El legado cultural de los pueblos, sus culturas autóctonas. El vínculo espiritual con nuestra línea, con nuestro hilo.

Legado semi-destruido, semi-arruinado; espejo roto. El sentido, el ser simbólico ancestral. El propio, el elaborado por nuestros antepasados. Las señas de identidad. Lo que nos queda, lo que conservamos y compartimos. Con amabilidad, con delicadeza, con educación.

Este sencillo asunto ha de resolverse así. Mediante el juicio que realicemos sobre nuestro pasado histórico (neolítico histórico). Desde la nueva era, desde el nuevo período.

La rueda gira sola. Está girando. En estos tiempos de transición. Quiero decir que las novedades cognoscitivas (la evolución, o la genómica, o la relatividad…) están haciendo su labor. No sólo teórica sino práctica. Los modos de vida han cambiado. Un cambio tal no se conoce desde los albores del neolítico.

El período de transición hacia el neolítico pleno. El período que va desde las primeras experiencias agrícolas y ganaderas y los primeros asentamientos hasta la escritura, hace aproximadamente seis mil años, cuando arranca el neolítico histórico.

 

 

29/0809

*Es un honor, y motivo de orgullo, no estar hoy, a comienzos del séptimo milenio (de la escritura), y del tercer período, sometido al dios de la tradición judeo-cristiano-musulmana, o a cualquiera de las ideologías religiosas universalistas del segundo período, del período neolítico. El período medio, en general. La edad media generalizada.

Ligado a la cultura autóctona, sí; a los propios ancestros. Esta religación no quita, sino que añade honor, nobleza. Pues esto es la nobleza. El contar con Padres (y Madres), con ancestros. El estar ligados espiritualmente a los antepasados. El término ‘patricio’, latino, tiene que ver con esto.

Nuestra era genocéntrica, atómica, evolucionista, relativista… Nuevo cosmos, nueva naturaleza física, nueva naturaleza viviente… Nuevo cielo, nueva tierra, nuevo hombre. Nueva atmósfera –el nuevo saber, la nueva sabiduría. El nuevo alimento espiritual. La nueva luz.

La revelación del código genético, de la sustancia viviente única. Del genio de la vida, de Xenus. Del sujeto único. De nosotros. De Nos. Pues nosotros no podemos ser otros que la sustancia genética. No hay otro sujeto de la actividad biológica (y cultural). No hay otro. ‘Genous’ y ‘Genoussin’.

Los Padres y las Madres nos acompañarán en esta nueva singladura. Los propios. Cada pueblo, que lleve sus Manes. La cultura afanosamente elaborada por los antepasados. Ligazón espiritual con nuestros mundos. Cada pueblo. La nave Futuro.

*Acerca del dios, o de algún primer principio, no podemos decir nada. Algunos pueblos usaron conceptos (‘Rt’, Dao). Pero lo suyo es no decir, callar.

En este asunto hay que extremar las medidas filosóficas. ‘De lo que no se puede hablar, mejor es callar’ (Wittgenstein).

No podemos saber ciertas cosas. No podemos decir ciertas cosas. Hablar sobre lo que no se sabe, ni se puede saber. El conocimiento de ciertos límites. El reconocimiento de estos. Cautelas filosóficas. Honestidad filosófica.

Diré algo sobre la experiencia mística, acerca de la experiencia espiritual, acerca de la ‘iluminación’. De lo que también pudiéramos denominar una ‘crisis psicótica’ de tendencia ‘mística’. Así, sin rubor. Las ‘revelaciones’ religiosas o espirituales tienen ahí su origen.

No debemos pasar por alto el carácter ofensivo, hostil, intolerante, de estas ‘revelaciones’. Tienen que ver con la ‘certeza’ psicótica.

Estas ‘revelaciones’, o ‘iluminaciones’, deben ser escrupulosamente desmitificadas por los mismos espirituales. Se trata de la honestidad espiritual.

La experiencia mística es neutra, silenciosa, muda. Ideológicamente neutra. Es, pura y simplemente, inefable. El silencio es lo suyo. Silencio obligado. Lo honesto, lo prudente, es guardar silencio, no generar ningún discurso, pues éste sería histórico, local, étnico y, probablemente, narcisista (el protagonista de la ‘revelación’, del comercio con el dios…). Así, además, se evita la posible instrumentalización política de estos discursos.

Aunque no hay que olvidar que los discursos ‘revelados’ conocidos nacen ya con esta intención política (de dominio) consciente, o inconsciente. Son ‘revelaciones’ sacerdotales. Llevan a los sacerdotes al poder (o a los guerreros ‘santos’, como decía Jomeini)

Cuando la experiencia mística va acompañada de un delirio interpretativo, religioso. Asociado a la propia persona; acerca del papel que ocupa en esta ‘revelación’ la propia persona -papel central, como no podía ser menos.

Moisés, Buda, Jesús, Mahoma… (como los más significativos) producen discursos en los cuales todo el cosmos gira en torno a ellos. Esto es el narcisismo más puro, si esto se pudiera decir. Es un delirio psicótico religioso lo que producen, un delirio interpretativo. Un delirio psicótico megalómano, y narcisista.

La estirpe de las religiones ‘reveladas’ está llena de estos narcisos. (Y los manicomios). Las escisiones, las sectas, las sucesivas ‘revelaciones personales’… Desde sus comienzos.

Vergonzoso. Repugnantes, resultan ya estos enviados y sus revelaciones. Se les ve a leguas su narcisismo y su vanidad. Su petulante humildad. Su necedad, en suma. Su locura. El bochornoso espectáculo de estos ególatras inconscientes.

‘Sólo la serpiente puede acabar con la serpiente. Poner fin a lo que empezó’. La ‘persona’ mística. Destruir lo que ‘él’ mismo puso en marcha. Ese ser simbólico en particular. Visto lo visto, visto lo que hay que ver.

‘La serpiente se da muerte a sí misma’.

Es el juicio que da fin a un ciclo, a un comportamiento. Que juzga y valora. Que condena y salva. Que distingue, criba, discierne. Que pone fin.

Cerrar un ciclo de comportamiento espiritual (o de los espirituales). Acallar el parloteo. Silencio.

La vida espiritual, por lo demás, se manifiesta en los modos y maneras de llevar a cabo los seres biosimbólicos su ocupación, cualquiera que ésta fuese. Cualquier actividad. Todos los caminos son caminos de perfección.

Teman el juicio final los que lo esperan. Me refiero a los sacerdotes, a los clérigos, que cuentan con este mito. Sobre todo a los de la tradición judeo-cristiano-musulmana. Parece que fue Zoroastro, el persa, el que introdujo el mito del juicio final. Influyó en los judíos (y en los posteriores cristianos y musulmanes). Tiene un origen indoeuropeo, pues. Es una concepción cíclica del devenir de los humanos.

Diré que el ciclo que está concluyendo es el ciclo del neolítico. ¿Qué conservaremos de este prolongado período; qué llevaremos con nosotros a la nave Futuro? Éste es el juicio.

Los cambios tienen la magnitud de la catástrofe, del diluvio que todo lo arrastra. ¿Qué vamos a salvar? Poner a salvo, ¿qué?

Teman, pues, el juicio final los sacerdotes de las religiones de salvación; las religiones de la tradición judeo-cristiano-musulmana, así como el zoroastrismo, el hinduismo y el budismo. Por el daño espiritual que han causado a los pueblos. Por el genocidio cultural.

Sus propias ‘revelaciones’ les acusan. Sus propias palabras. Pues no hablaba el dios, sino Moisés o Mahoma. Eran estos los que se legitimaban a sí mismos; su codicia, y su lascivia. Su libido de poder y de placer. Sobre todo Mahoma, hay que decir. Es una vergüenza la ‘aleya’ en la que el dios le permite copular con cuantas mujeres desee, tener tantas mujeres como desee… pero sólo a él. Es un ‘privilegio’ exclusivo del último enviado del dios. ¡Por favor!

Nunca más. Su tiempo pasó. Hundidos en el pasado más sombrío. Encenagados. Así quedarán. Violentos y mixtificadores. Comediantes, hipócritas superiores. Tramposos, los sacerdotes de las religiones de salvación. Sus predicadores y apóstoles. Monederos falsos. Parásitos. Peligrosos.

Creyentes, conversos, creencias… Cristianos, musulmanes… Sus textos, sus discursos, sus historias criminales… Cuanto más se les conoce, más se les desprecia. Es el desprecio que merecen por su comportamiento.

30/08/09

*Hablando del Corán, no se comprende cómo los espirituales pusieron alguna vez los ojos en él. Es, quizás, el texto religioso donde más se evidencia la patraña, el montaje. El profeta-guerrero. Los sacerdotes o los iluminados guerreros. Es la elaboración de un texto religioso (y de un dios) apto para guerreros ávidos de poder. La extensión de sus dominios será la extensión del texto ‘revelado’; las tierras sometidas, el ‘dar al-Islam’. Es un texto que legitima la ambición de poder. Es, por los demás, un texto burdo, mal escrito, torpe. Escasa o nulamente espiritual. Ni poesía ni verdad.

Con todo, es el ‘regalo’ que Mahoma hace a su pueblo belicoso. Un fundamento ‘religioso’, santo. Un dios legitimador. Una misión, extender el Islam. Someter a los pueblos. Islamizar el mundo.

Semejante al motor que puso en marcha al pueblo hebreo, o a los sacerdotes cristianos. Legitimaba la codicia de poder de los sacerdotes, así como la ‘revelación’ coránica legitimaba a los sacerdotes-guerreros.

Ya la tierra conocía el horror cristiano, ahora daba comienzo el horror musulmán.

Suele decirse que el Islam carece de sacerdotes. Más bien habría que advertir la evolución de estos hacia el sacerdote-guerrero, o hacia las autoridades religioso-jurídico-políticas… (dada la inextricable unión de estos conceptos en el Islam). Si en un principio son los sacerdotes-guerreros (los califas) los que lideran los territorios islamizados, con el tiempo las autoridades religiosas, los ulemas (alfaquíes, muftíes, cadíes), adquirieron importancia, y poder. En el chiismo persa estas autoridades se agruparon jerárquicamente en un cuerpo clerical.

La lucha entre sacerdotes-guerreros (que devienen monarcas, y dinastías) y autoridades religiosas (ulemas, mulaes, imames) reproduce la ‘lucha’ entre guerreros y sacerdotes cristianos en Europa, o la de sacerdotes y guerreros en la India tras la aparición del hinduismo.

El clérigo o la autoridad religiosa en el Islam tienen muchas más atribuciones que el sacerdote cristiano, más poder. Su dominio alcanza todos los registros sociales (religiosos, jurídicos, penales, económicos… y bélicos). Estas características alcanzaron su perfección en el chiismo iraní.

Jomeini es la máxima expresión de este dominio de las autoridades religiosas. La teocracia que pretenden imponer los clérigos chiíes en Irán es semejante a la que pretendían imponer los sacerdotes cristianos en Europa. En la Europa cristianizada el poder de los monarcas-guerreros dependía de la legitimidad que le otorgaba el Papado. Los monarcas-guerreros estaban en manos de los sacerdotes, pues. Sabido es que a lo largo de toda la Edad media los sacerdotes cristianos pugnaron por ser la máxima autoridad. Siguiendo así el esquema hinduista, y platónico (en ‘la República’). Sacerdotes musulmanes chiíes, hinduistas, cristianos, y budistas, aspiran, siempre, a ser la máxima autoridad. Su rival fue, en todos los casos, el guerrero. Lo fue, hasta la aparición del ‘político’.

El político es el sucesor y el competidor del sacerdote. Pienso que uno de los conflictos actuales en el Islam es la aparición de la clase política. Ni suníes ni chiís están dispuestos a ceder el poder a la clase política. Diferirán cuanto puedan la instauración de gobiernos puramente ‘políticos’ en los que el sacerdote o el sacerdote-guerrero no tienen nada que decir.

Nuestra historia europea da cuenta de las dificultades que tuvieron los políticos en regiones donde los sacerdotes tenían gran poder. En España, o Portugal, por ejemplo, las autoridades religiosas frenaron y dificultaron cuanto pudieron la democracia hasta finales del siglo pasado. Todas las dificultades que ha tenido la democracia para instaurarse en Europa. Nuestros dos últimos siglos son las ‘guerras’, podríamos decir, entre la clase política incipiente (y la democracia), y el poder de los sacerdotes que torpedearon, dificultaron, entorpecieron, impidieron por todos los medios posibles el paso a la constitución del Estado democrático moderno.

Los conflictos internos del Islam actual recuerdan a nuestras dificultades europeas para afianzar la democracia. Las autoridades religiosas o religioso-militares, no están dispuestas a pasar a segundo plano, o a desaparecer. Un derecho, una economía, una regulación de la vida política, civil, de los ciudadanos; no religiosa, no sacerdotal. La introducción de la educación política.

La democracia, las dimensiones éticas de la democracia. Ocultadas, o negadas, o discutidas por las autoridades religiosas. Se trata de la pérdida de influencia social y de poder de los sacerdotes (o las autoridades religiosas). Lo impedirán por todos los medios posibles. La instauración de Estados políticos puros. Lo están demostrado; la violencia, la virulencia desatada. El poder, aún, de los sacerdotes. La población dirigida. La insistencia de los sacerdotes en la educación religiosa. El poder de la educación religiosa. Las madrasas. La educación en manos de los sacerdotes o de individuos dotados de autoridad religiosa.

Son tierras sometidas, ciertamente, sometidas al poder de los sacerdotes o de los sacerdotes-guerreros. El Corán los legitima, el libro santo de estos sacerdotes-guerreros. Pueblos sometidos, violentados, desgarrados… divididos y enfrentados.

 

31/08/09

*El dia-boulein parece ser el dios de los musulmanes: la ambigüedad, la doble intención, la doble lengua. El engaño, el disimulo. Está escrito.

¿Es el dios, o su enviado, el que habla en el Corán? ¿No tenemos en el Corán un retrato esperpéntico de Mahoma? Su diabolismo, su violencia, su ambición de poder, su lascivia… su intolerancia, su crueldad, su rencor. ¿Un dios colérico, codicioso, tramposo… puede ser? También el dios de los ejércitos del que nos habla Moisés deja mucho que desear. Dioses violentos y mixtificadores.

 

01/09/09

*Las atribuciones de los ‘clérigos’ musulmanes. Son autoridades religiosas, jurídicas, económicas, sociales… Esta multiplicidad de funciones gira en torno al Corán y la ‘sunna’ (textos concernientes a la vida de Mahoma que son decisorios en lo que concierne a la ley o las costumbres).

Es la estructuración de la sociedad en manos de estas autoridades religiosas: lo propiamente religioso (los textos sagrados’, el Corán y la ‘sunna’) toca todos los registros de la vida cotidiana. Costumbres cotidianas, actos de culto, justicia, fiscalidad… Todo. Esto no es motivo para no llamar a estas autoridades religiosas, que tienen sus representantes tanto entre suníes como entre chiíes (como las ramas más importantes), ‘clérigos’ o ‘sacerdotes’. Aunque sus funciones excedan a las de los sacerdotes cristianos, por ejemplo. Es una evolución hacia el poder total lo que revela la tradición musulmana. Una evolución de las estrategias de poder desde Moisés a Mahoma.

02/09/09

*Todo está atado y bien atado en la tradición islámica. Es durante los tres o cuatro primeros siglos musulmanes que se pergeña todo el aparato religioso-jurídico-político-económico-social… del Islam tal y como hoy lo conocemos. La ‘charía’, la ley islámica. Sus prescripciones religiosas (cultuales), jurídicas, económicas, sociales… Toda la vida cotidiana queda en manos de estos expertos, de estas autoridades.

Si consideramos como sacerdotes o clérigos a estas autoridades religiosas (y jurídicas, económicas…), nunca estos tuvieron tanto poder. El califa (suní) o el imam (chií) concentran todo el poder religioso, político, jurídico, económico…

Fue también la ambición del Papado cristiano durante toda la Edad media.

*La estructura de poder islámica. Una vez dentro, no hay resquicios, salidas. Estás atrapado. La red conceptual, la trampa que urdieron aquellos expertos.

Laberinto conceptual, autorreferencial. Que remite constantemente a sí mismo. Sin salida. No podemos concederles términos, conceptos. Juego de lenguaje siniestro.

La ‘apostasía’ está penada con la muerte. Sin más. No puedes salir por las buenas. Pasar. No te lo permiten. El Edicto del 405 de Teodosio, hacía que los apóstatas del cristianismo, aquellos que volvían a la fe de los Padres, fueran considerados como extraños en su propia tierra, privados de todos los derechos de ciudadanía… Como si no existieran para la comunidad. La excomunión total. En el Islam la apostasía es la muerte. El apóstata se juega la vida. La hipocresía, pues, está servida. Tanto en un caso como en el otro. Si bien, en el Islam, es cuestión de vida o muerte.

Pero ¿qué juego es este? El más siniestro de todos. El más tenebroso. El más sombrío. ¿Cómo salir? Es muy fácil, y muchos lo hacen, aunque lo ocultan. No les queda más remedio.

Restan nobleza a nuestras vidas, estos canallas. Nos obligan a la hipocresía. Nos obligan a ocultar nuestro asco y nuestra repugnancia por sus ‘mundos’.

03/09/09

*Los hombres y mujeres inteligentes, claros, puros… atrapados en estas ‘culturas’ hostiles a la luz.

El concepto ‘bida’ (innovación). Desde el momento en que las diferentes escuelas jurídico-doctrinales musulmanas (suníes y chiíes fundamentalmente) establecieron y sistematizaron sus códigos, no se admite evolución o cambio. La ‘charía’ está concluida. Hace mil años.

Un mundo plenamente medieval. Mentalidades puramente medievales. Toda innovación como corruptora de la ley islámica (la ‘charía’). Mundo detenido. En tanto duró el neolítico, ese mundo pudo ser más o menos válido. Coincidía con los demás. Variantes de lo mismo (las superestructuras simbólicas del neolítico). Los mismos supuestos antropocéntricos y antropomórficos.

El sol, la luna, las estrellas… del neolítico han caído. Han perdido su luz.

Las concepciones, los mundos del neolítico no nos sirven. Todo ha cambiado. Tenemos nuevo cosmos, nueva naturaleza viviente, nuevo hombre; nuevas concepciones de la cultura, nuevas formas de vida. La gran rueda ha girado.

Los hombres y mujeres que han hecho posible tal cambio (que han hecho girar la rueda) no son ‘iluminados’, no son líderes religiosos. No provienen de esos campos malditos. Darwin, Marx, Nietzsche, los Curie, Planck, Morgan, Einstein, Heisenberg, Yukawa, Kimura, Watson y Crick… Cientos, miles de ellos. Los constructores del nuevo mundo. Los Padres y las Madres de la nueva era, de este tercer período que inauguramos. Soles, lunas, estrellas del nuevo mundo.

Un mundo otro, un hombre otro, una tierra otra, un cielo otro. Esto tenemos.

Una vez alcanzada esta cota no se retrocederá. No hay vuelta atrás. Es nuevo conocimiento, nuevo saber.

¿Qué sucede con ese pasado paleolítico (primer período) y neolítico (segundo período)? ¿Qué llevaremos con nosotros a la nave Futuro? ¿Qué salvaremos?

Cada hombre, cada pueblo. Que se reúna con sus ancestros, que cargue con los Manes. La línea ancestral y autóctona. La cadena aurea. La que une tierra y cielo. Esto es lo que tenemos que salvar. Cada hombre, cada pueblo.

Es un nexo espiritual con los antepasados. Es un puente tendido hacia los futuros. Un ser, un sentido que se perpetúa. Ramas del árbol de la vida que hay que conservar. Es un legado. Nosotros proseguimos esa línea; florecemos y fructificamos en sus extremos.

El nuevo período exige un proceso de auto-gnosis, de evaluación. Un juicio, en suma. Un juicio que discierne, que criba. Que hace justicia al pasado. Que salva lo que hay que salvar, y abandona lo que hay que abandonar. Cada hombre, cada pueblo.

Conciencia y memoria del pasado, del pasado colectivo. El del propio pueblo. Ese pequeño bagaje es el que tenemos que transportar a la nave Futuro. Junto con otros hombres y otros pueblos. El pasado de la humanidad. Purificado.

Las ideologías universalistas y totalitarias (religiosas o políticas) han de quedar atrás; por múltiples razones. Por inútiles, por alienantes, por peligrosas… Destructoras de mundos, de pueblos y culturas. Lo peor del segundo período.

*Las condiciones en que tiene que vivir un no musulmán en territorio islámico son humillantes. Los musulmanes, allí donde dominan, se complacen en humillar al no musulmán (legalmente, según la ‘charía’), en hacerle la vida imposible. Es la propia ley islámica la que dictamina el comportamiento que hay que tener con un no musulmán. Un comportamiento ofensivo, hostil, arrogante.

Es un comportamiento instituido, religioso, santo, legitimo. Entiéndase esto. Los creyentes musulmanes están instruidos para tratar así a los no musulmanes. Puede recorrerse sus textos ‘sagrados’ al respecto. Y si no pueden hacerlo (porque no están en territorio islámico), lo disimulan, lo ocultan.

No son del todo originales. Los judíos le precedieron en este comportamiento hostil hacia el ‘gentil’, hacia la ‘gente’, los no judíos. También los cristianos usaron esta distinción. Es la actitud propia de los creyentes en estas ideologías universalistas y totalitarias. Estos monismos ocultan un siniestro maniqueísmo. Una actitud beligerante hacia cualquier otro.

Pasados los tiempos de dominio del cristianismo, sólo el Islam queda con poder. Poder sobre las mentes, sobre los individuos. El Islam es la más belicosa de las religiones universales de salvación. La violencia está legitimada. La guerra es guerra de conquista. La guerra puede ser fría o caliente. Mediante la palabra y mediante las armas.

El mundo no islámico ya conoce esta guerra. Desde su aparición el Islam le declaró la guerra al resto del mundo, al mundo no musulmán. Después de tiempos de decadencia, en los momentos presentes se ha vuelto a reactivar, simplemente. La guerra no acabará, como se sabe, hasta la victoria o la derrota final del Islam. La emigración masiva a países no musulmanes forma parte de esta guerra. No es la primera vez que usan este método. Forma parte de las estrategias de dominio, de la ‘yihad’, del esfuerzo por propagar el Islam, por extenderlo por todo el planeta. El proselitismo pacífico (‘dawa’), forma parte también de esta ‘yihad’.

La ‘yihad’ es, por mucho que nos quieran engañar, la guerra total contra el no musulmán. La voluntad de dominio descarada, declarada. La islamización, la arabización del planeta. La sumisión de los pueblos del planeta. Por las buenas o por las malas.

El Islam no quiere parasitar y languidecer en el futuro, quiere gobernar, quiere el poder. La violencia y el engaño son sus armas. La ocultación de sus intenciones.

Es preciso conocer bien el Islam. Es el único modo de no dejarse engañar. De controlar sus palabras y sus actos. Todo creyente habla desde el Islam. Como propagador del Islam. El discurso del otro le resulta absolutamente indiferente. No hay diálogo posible con un creyente musulmán. Ni con ningún otro creyente, en verdad. Cristianos, hinduistas, budistas… Cuando convencidos, cuando bien instruidos, cuando bien alienados. Toda la vida de estos creyentes gira en torno a su creencia. Ésa es la función de la educación cristiana o musulmana. No introducirán el espíritu crítico, o la libertad de pensamiento, u otros valores que podrían arruinarlos. Necesitan instrumentos, vectores de propagación, esclavos. Instruidos para matar y morir por la fe.

El Islam, insisto, es la más peligrosa de estas ideologías religiosas del segundo período.

La clase política en el mundo islámico tiene un destino duro, muy duro. Pero deben pensar que a nosotros los europeos tampoco nos llovió la democracia del cielo. Hubo que luchar por ella. Y precisamente contra una ideología religiosa hermana de la musulmana. Tuvimos que vencerla, vencer su influjo, su poder.

Es el único ámbito cultural (el islámico) en el que los sacerdotes (las autoridades religiosas o como quiera que los denominemos) siguen teniendo un extraordinario poder sobre las masas. Su educación crea masas, podríamos decir. Masas manejables, moldeables. La educación de nuestros pequeños fuera y lejos de sus discursos es, pues, vital. Es lo primero que hay que conseguir. Dada la situación, será como ‘arrancarles’ a nuestros hijos de sus manos. Porque no nos lo pondrán fácil.

Una educación otra, actual, que sitúe a nuestros hijos en la estela ancestral, y que los alinee hacia el futuro. Como parte histórica de un pueblo.

La mayor parte de los pueblos tendrán que recuperar su sitio. Porque son pueblos extrañados de sus orígenes, espiritualmente alienados. Están fuera de su lugar. Tendrán que desprenderse de la envoltura simbólica ajena. Tendrán que recuperarse. Esto supone un esfuerzo.

Situarnos en la línea ancestral, y encarados hacia el futuro.

Salir del sortilegio de las religiones de salvación. Del laberinto judeo-cristiano-musulmán. Desencantarnos. Es lo primero.

Hay que establecer estrategias para vencerlos. Estrategias legítimas. El arma será la palabra. Será una guerra fría, por nuestra parte. Se descarta el uso de la violencia, a no ser la defensiva. Lo suyo es destruirles con la palabra. Con rayos y misiles conceptuales. La libertad de palabra y de prensa, pues. Que podamos decir lo que pensamos al respecto. Exigimos esa libertad. Nos la tomamos. Libertad para decir no.

¿En nombre de quién, desde dónde? En nombre de los antepasados, de la línea ancestral y autóctona. Desde la sustancia viviente única, desde el árbol de la vida; desde el nuevo período, la nueva era. Desde el nuevo mundo imparable ya. Desde la nueva tierra y el nuevo cielo, desde el nuevo hombre.

Todo ha cambiado, nosotros hemos cambiado. Mal que les pese a algunos. La rueda ha girado. Los cambios ya se han producido. Ya estamos instalados. En la otra orilla, podemos decir.

Algunos quieren retenernos en el pasado. Es un pasado que les conviene. Les trae cuentas. Los aspectos más sombríos del segundo período. El mundo sombrío de los judíos, de los cristianos, de los musulmanes, de los hinduistas, de los budistas… Mundos tenebrosos, faltos de aire, de luz.

Todas estas ideologías religiosas, sacerdotales, que se oponen a la nueva era, están, con todo, procurando seguir parasitando en el mundo nuevo. Si bien por métodos ‘pacíficos’, adaptándose y procurando seguir controlando aspectos fundamentales de la vida social, como la educación. Seguir alienando. La astucia de estas tradiciones, de estos sacerdotes.

Son tiempos de transición y son tiempos de guerra. No podemos aliarnos con ninguna de las ideologías universalistas. Todas por igual son peligrosas. Pacífica o violentamente buscan siempre lograr sus propósitos –el dominio.

Hemos de distinguir entre culturas y culturas. Estos ataques se dirigen sólo a las religiones universales de salvación. Nada tiene que decir contra las pocas culturas autóctonas que han sobrevivido.

Son tiempos duros para todos. Es la última batalla. No importa lo dura y terrible que ésta sea. La victoria está de nuestra parte. Venceremos. El futuro es nuestro. No lograrán retenernos en el pasado.

La nave Futuro partirá, y partirá sin ellos, sin esos monstruos.

04/09/09

*Mahoma se ‘apropia’ en exclusiva (o lo pretende) del dios judío, como antaño hicieron Jesús, Pablo, y los primeros cristianos.

Son, con todo, los cristianos y los musulmanes los que ‘exportan’ a ese dios y a ese pueblo por todo el planeta. Ese mundo, ese discurso. Han sido, conscientes o inconscientemente, vectores, vehículos de propagación de su discurso y de su presencia en el mundo. Han extendido el discurso judío por todo el planeta, si bien en sus vertientes cristiana y musulmana.

Pablo es el que inicia la literatura anti-judía entre los cristianos, le siguen los primeros siglos cristianos y hasta el final; Mahoma igualmente, al ver frustrada su esperanza de que los judíos le reconociesen como profeta o enviado, pretende privar de actualidad y autoridad tanto el discurso de estos como el de los cristianos, y despotrica contra ambos.

El comportamiento tanto de cristianos como de musulmanes con respecto a los judíos es deleznable. Ya desde los principios. Excluyo a Jesús de esta impostura y de esta usurpación. Lo considero un hombre santo, espiritual, en la línea de Jesús Ben Sirach, o Filón de Alejandría. Son Pablo, entre los cristianos, y posteriormente Mahoma, los primeros anti-semitas. Las palabras (duras) que sobre el pueblo judío se ponen en boca de Jesús son interpolaciones debidas a la influencia de Pablo en los redactores de los textos evangélicos. (Esto no puedo probarlo, pero lo pienso y lo digo.) Son anatemas productos de su rencor por el no reconocimiento de la figura de Jesús por parte de los judíos. Es la misma reacción rencorosa de los musulmanes cuando judíos y cristianos no reconocen a Mahoma.

Pablo es el teórico del anti-judaísmo entre los primeros cristianos. Quiero decir, sus razones, sus argumentos contra los judíos.

La lógica de este antisemitismo tanto en Pablo, como en el posterior Mahoma (éste añadiría además el anticristianismo). Se odia al judío porque no reconoce a Jesús. Se odia a judíos y cristianos porque no reconocen a Mahoma.

¿Qué le molestaba más a Pablo, que no reconociesen a Jesús, o que no le reconociesen a él? Los judíos no creían en Jesús como el Mesías, no creían tampoco a Pablo. Pablo y su discurso estaban deslegitimados.

Hay que decir que cuando no se reconoce a Jesús, o a Mahoma, no se reconoce a aquel que lo predica o que lo sigue. No reconozco su discurso, no te reconozco a ti. Son los cristianos o los musulmanes los negados, los no reconocidos. Como nada. Esto es lo que les quema. Que a la aparición de Jesús los judíos no se cristianizasen. Y que a la aparición de Mahoma judíos y cristianos no se islamizasen. Este rechazo padecido tanto por los cristianos como por los musulmanes.

Los judíos permanecen judíos, pese a las ‘revelaciones’ cristiana y musulmana. Éste es su merito. Cristianos y musulmanes quedan en entredicho por el no-reconocimiento del pueblo judío –que tiene en esta historia la última palabra.

Cristianos y musulmanes cargan, pues, con este no-reconocimiento primordial del pueblo que importa (en este conflicto). Esto les duele, a unos y a otros, les ofende, les humilla. Es el fondo de su rencor.

El pueblo judío tiene la primacía. Es un pueblo, y es su discurso, y es su dios.

La manipulación del texto judío tanto por cristianos como por musulmanes es una vergüenza. La apropiación de ese discurso. ¿Con qué derecho? El pueblo judío ha sido injustamente maltratado de palabra y de obra. Durante cientos de años. Un destino verdaderamente trágico. Merecen el espacio que pretenden, y en sus fronteras originales.

Los judíos podrían aceptar a Jesús como hombre santo. Lástima que no acepten los textos bíblicos añadidos en el período alejandrino (la Biblia de los setenta). Esa espiritualidad es digna de todos los respetos. Jesús, en mi opinión, está en esa línea final del pensamiento y de la espiritualidad hebrea.

Los musulmanes sobran por completo. Ésta es la verdad. Un tercero innecesario. La postulación de Jesús como el Mesías por parte de Pablo y los primeros cristianos entra dentro del discurso religioso/cultural hebreo. Hubiera estado bien si la rama judeo-cristiana hubiera sido y permanecido judía (como lo fue en los primeros momentos). Una rama judía no aceptada por la mayoría, pero dentro del contexto judío. La universalización del discurso judeo-cristiano complicó esta estructura. ¿Qué tenían que ver griegos, romanos, celtas, germanos, egipcios… con la trama religioso/cultural del pueblo hebreo? Sobraba por completo la universalización de un conflicto religioso/cultural étnico y local (éste fue el ‘mérito’ de Pablo). En su marco y en su contexto tal situación hubiera tenido sentido. Fuera de sus fronteras es un dislate, una locura.

Es una incongruencia, por ejemplo, el antisemitismo de los cristianizados europeos, cuando estos, ideológicamente, deberían llamarse judeo-cristianos. Su texto sagrado, la Biblia, contiene tanto el texto judío como el texto propiamente cristiano (apenas nada en comparación). Los cristianos son, ideológicamente, judíos en un noventa por ciento, podríamos decir. ¿Por qué los odian? ¿Porque no reconocieron a Jesús como el Mesías que estos esperaban, o porque no les reconocen a ellos?

*El pueblo judío ha dado a luz a dos monstruos; de su discurso han surgido dos monstruos. Indeliberadamente, involuntariamente. A su pesar, y para su disgusto y dolor.

Ha de ser exonerado, pues, de toda culpa en los actos criminales que cristianos y musulmanes hayan podido cometer durante sus períodos de dominio a lo largo y a lo ancho del planeta. Estos usurpan e impostan a su dios; no tienen derecho a remitirse al pueblo judío o a su dios.

Que carguen (los judíos) únicamente con su propia culpa. ¿Cuán es la culpa del judío? Su texto sagrado. Es el proto-modelo. Crearon escuela. A manos de cristianos y musulmanes han padecido lo que le hicieron pasar a otros pueblos. La arrogancia y la soberbia del otro, y la propia humillación. Han probado su propia medicina, como se suele decir.

La recuperación de su tierra sagrada puede acabar con esta querella que abrieron los cristianos y continuaron los musulmanes. Es la querella por la primacía entre los tres discursos. Pero la primacía y la exclusividad le pertenecen a los judíos por derecho propio.

Que los judíos reanuden su propia historia. Y en su tierra. Se lo merecen por su fidelidad milenaria. Pocos pueblos pueden decir lo mismo.

07/09/09

*Textos de la nueva Europa, de la nueva era, del nuevo mundo. Contra los aspectos y actitudes más nauseabundos y sombríos del pasado neolítico. Una depuración. Aligerar la carga. El ‘peso’ de ciertas tradiciones lastra el vuelo. La salida del segundo período. La impide.

Venceremos, sin duda. Partiremos. Pero no será fácil, hay muchos frentes. Las ideologías religiosas de salvación, universalistas y totalitarias, sus sacerdotes, necesitan la atmósfera del neolítico para prosperar; no cualquiera (no la egipcia, no la griega, no la persa, no la china…), sino la atmósfera que ellos crearon. La atmósfera que aún domina. Parámetros simbólicos que les hacen necesarios. Los pueblos sojuzgados, alienados, instrumentalizados por los sacerdotes de las diversas religiones de salvación que se reparten el mundo (sus áreas de dominio). Están en todas partes. Creando conflictos en todas partes. Siempre en guerra (fría o caliente) con el otro, cualquiera que éste sea.

Sus ‘discursos’, sus textos ‘revelados’, textos programáticos donde los haya. Es su mundo, anuncian su ambición de poder. No hay lógica aquí, pues se pide del creyente fe ciega en lo que se le dice. Que es el dios el que legitima y avala sus pretensiones de poder, por ejemplo. Que el dios así lo quiere. Que es la voluntad del dios. Es la atmósfera de la ignorancia, de la credulidad, de la falta de luz mental, espiritual. La falta de aire, de luz. Ahí prosperan esos canallas. Mantener en ese estado a la humanidad.

Quizás sea en el ámbito islámico donde más y mejor se pueda observar esto que digo. En Europa, al menos, tenemos conciencia de la muerte del dios judeo-cristiano-musulmán. No tienen ya poder aquí. Las religiones de salvación en Europa no captan la atención más que de algunos despistados. Los que vuelven al cenagal cristiano, o los pocos que se islamizan, o se ‘hacen’ hinduistas o budistas.

Son pocas, estas tradiciones, pero dominan el mundo, se reparten el mundo. La rama judeo-cristiano-musulmana, así como la hinduista y la budista se extienden por todo el planeta. Son las religiones/culturas dominantes hoy día. Han acabado con la casi totalidad de culturas autóctonas. En todo el planeta.

Estas pocas tradiciones detienen el mundo. Impiden la inmersión de los pueblos en este tercer período. Lo impedirán mientras puedan; les va en ello, no sólo su poder, sino su supervivencia. Están a punto de desaparecer.

Lo que estamos viviendo, quizás, por parte del Islam, son los coletazos de estos monstruos moribundos. Las últimas muestras de su poder. Su violenta agonía. La locura terrorista islámica de última hora. No podrán contra este tercer período. Contra este diluvio. Contra esta catástrofe purificadora.

Es el destino el que nos ha conducido aquí. Nuestra pulsión de conocimiento. Aquí, a esta nueva tierra, y a este nuevo cielo, y a este nuevo hombre. Todo ha cambiado.

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Nota de JRANIA: la fuente de este informe es: www.larespuestadeeuropa.blogspot.com

 

Su autor es  Manu Rodríguez  mannus000@hotmail.com

 

 

 

 

 

HOMBRE & MUJER, según JULIUS ÉVOLA

18 de febrero de 2008

adanyeva1-adanyeva.jpgadan_y_eva-durero-jpeg.jpgRevuelta contra el Mundo Moderno (I Parte) . 20.HOMBRE Y MUJER.

En la Biblioteca Julius Evola leemos:

 

 

 

El papel de la sexualidad en las civilizaciones tradicionales, está también volcada hacia lo alto. Evola analiza esta relación en este capítulo que luego tendrá ocasión de desarrollar ampliamente en una de sus mejores obras, “Metafísica del Sexo”. También en el ámbito de la sexualidad existe la posibilidad de practicar un ascesis tradicional. Los amantes, identificados con el principio masculino y con el principio femenino, reproducen en la cópula el acto de la creación. Es la tercera dimensión de la sexualidad: después de servir para el placer, después de servir para la reproducción, el sexo sirve también como método de acceso a la trascendencia.

Para completar estas perspectivas de la vida tradicional hablaremos brevemente del mundo del sexo.

Aquí también existen correspondencias, en la concepción tradicional, entre realidad y símbolos, entre acciones y ritos, correspondencias de las que se han desprendido los principios necesarios para comprender los sexos y definir las relaciones que, en toda civilización normal, deben establecerse entre el hombre y la mujer.

Según el simbolismo tradicional, el principio sobrenatural fue concebido como “masculino” y como “femenino” el de la naturaleza y del devenir. En térnimos helénicos, es masculino el “uno” que “es en sí mismo”, completo y suficiente; es femenina la díada, el principio de lo diverso y del “diferente que yo”, es decir, del deseo y del movimiento. En términos hindúes (sankhya), el espíritu impasible –purusha– es masculino y praktri, la matriz activa de toda forma condicionada, femenina. La tradición extremo-oriental expresa, en la dualidad cósmica del yang y del yin, conceptos equivalentes. Por ello el yang -principio masculino- se encuentra asociado a la “virtud del Cielo” y el yin, principio femenino, a la de la “Tierra”([1]).

Considerados en sí, los dos principios se encuentran en oposición. Pero en el orden de esta formación creativa, que, tal como hemos repetido en ocasiones, es el alma del mundo tradicional y que veremos desarrollarse también históricamente, en relación con el conflicto de razas y civilizaciones, estos principios se convierten en elementos de una síntesis donde cada uno de ellos guarda, sin embargo, una función distinta. Sería posible mostrar que tras las diversas representaciones del mito de la “caida” se esconde amenudo la idea que el principio masculino se pierde en el principio femenino, hasta el punto de adoptar su modo de ser. En todo caso, cuando esto sucede, cuando lo que, por naturaleza, es principio en sí, sucumbe, abriéndose a las fuerzas del “deseo”, a la ley de lo que no tiene en sí mismo su propio principio, es precisamente de una caida de lo que hay que hablar. Y precisamente sobre esto, en el plano de la realidad humana, se funda la actitud de desconfianza y renuncia que atestiguan muchas tradiciones en relación a la mujer, a menudo considerada como un principio de “pecado”, impureza y mal, una tentación y un peligro para aquel que se vuelve hacia lo sobrenatural.

A la “caida” se puede sin embargo oponer otra posibilidad, la de la relación justa. Esta se establece cuando el principio femenino, cuya naturaleza consiste es referirse al otro, se gira, no hacia lo que es fluido, sino hacia una firmeza “masculina”. Existe entonces un límite. La “estabilidad” es compartida, hasta el punto de transfigurar íntimamente todas las posibilidades femeninas. Se encuentra así ante una síntesis, en el sentido positivo del término. Es preciso pues una “conversión” del principio femenino, que le llama a no existir más que para el principio opuesto; y es preciso, sobre todo, que éste sea absolutamente, íntegramente él mismo. Entonces -según el simbolismo metafísico- la mujer se convierte en “esposa” que es también “potencia”, fuerza instrumental generadora receptora del principio del movimiento y de la forma del macho inmóvil, según la doctrina ya expuesta de la Shakti, que se puede encontrar, expresada de forma diferente, en el aristotelismo y el neoplatonismo. Hemos hecho alusión a las representaciones simbólicas tántrico-tibetanas, muy significativas a este respecto, donde el macho “portador del cetro” está inmóvil, es frío y luminoso, mientras que la shakti que lo abraza y de la que es eje, tiene por sustancia llamas móviles([2]).

Bajo esta forma particular, los diversos significados que hemos indicado, en varias ocasiones, sirven de base a la norma tradicional de los sexos sobre el plano concreto. Esta norma obedece al mismo principio del régimen de castas y se refiere pues a los dos puntales del dharma y de la bhakti, o fides: la naturaleza propia y la entrega activa.

Si el nacimiento no es un azar, tampoco es azar -en la especie- despertar en un cuerpo de hombre o de mujer. Aquí también la diferencia física debe ser referida a una diferencia espiritual: se es físicamente hombre o mujer por que se lo es trascendentalmente, y la caracerística del sexo, lejos de carecer de importancia en relación al espíritu es el signo indicador de una vía, de un dharma distinto. Se sabe que la voluntad de orden y de “forma” constituye la base de toda civilización tradicional; que la verdad tradicional no mueve hacia lo no-cualificado, lo idéntico, lo indefinido, -hacia aquello en que las varias partes del todo se vuelven promiscuas o atómicamente similares- sino que exige, al contrario, que estas partes sean siempre ellas mismas, expresando de una forma más perfecta su propia naturaleza. En lo que concierne más particularmente a los sexos, el hombre y la mujer aparecen como dos tipos; aquel que nace hombre debe realizarse como hombre, aquel que nace mujer, como mujer, totalmente, excluyendo toda mezcla, cualquier promiscuidad; e incluso en lo que concierne a la dirección sobrenatural, el hombre y la mujer deben tener cada uno su propia vía, que no puede ser modificada sin caer en un modo de ser contradictorio e inorgánico.

El modo de ser que corresponde eminantemente al hombre ha sido ya examinado, así como los dos principales formas de aproximarse del “ser en sí”: la Acción y la Contemplación. El Guerrero (el Héroe) y el Asceta son pues los dos tipos fundamentales de la virilidad pura. Simétricamente, existen dos para la naturaleza femenina. La mujer se realiza en tanto que tal, se eleva al mismo nivel que el hombre “Guerrero” o “Asceta”, en la medida en que es Amante y Madre. Productos de la bipartición de un mismo tronco ideal, al igual que hay un heroismo activo, hay también un heroismo negativo; hay el heroismo de la afirmación absoluta y el de la entrega absoluta, y uno puede ser tan luminoso, tan fructuoso como el otro, sobre el plano de la superación y de la liberación, cuando se vive con pureza, en un espíritu de ofrenda “sacrificial”. Es precisamente esta diferenciación en el tronco heroico el que determina el carácter distintivo de las vías de realización para el hombre y para la mujer en tanto que tipos. Al gesto del Guerrero y del Asceta que, uno por medio de la acción pura y el otro mediante el puro distanciamiento, se afirman en una vida que está más allá de la vida, corresponde en la mujer el gesto de entregarse a otro ser, de darse entera para otro ser, sea para el hombre amado (tipo de la Amante, mujer afrodítica), sea al hijo (tipo de la Madre, mujer demetríaca), y de encontrar en esto el sentido de su vida, su alegría, y su justificación. Tal es la bhakti o fides que constituye la vía normal y natural de participación para la mujer tradicional, en el dominio de la “forma” e incluso, cuando es vivida absoluta y supra-individualmente, más allá de la “forma”. Realizarse de forma cada vez mas precisa según estas dos direcciones distintas y que no pueden ser confundidas, reduciendo en la mujer todo lo que es masculino y en el hombre todo lo que es femenino, tendiendo hacia el “hombre absoluto” y la “mujer absoluta”, tal es la ley tradicional de los sexos, según los diferentes planos de vida([3]).

Así, tradicionalmente, no era más que mediatamente, a través de sus relaciones con el otro -con el hombre- como la mujer podía entrar en el orden jerárquico sagrado. En la India, las mujeres, incluso de casta superior, no tenían iniciación propia; pertenecían a la comunidad sagrada de los nobles –arya– por su padre antes del matrimonio y despues, por su esposo, que era también el jefe místico de la familia([4]). En la Hélade dórica, la mujer, durante toda su vida, no tenía ningún derecho; a la edad nubil su era el padre([5]). En Roma, conforme a una concepción espiritual análoga, la mujer, lejos de ser “igual” al hombre, estaba jurídicamente asimilada a una hija de su marido –filiae loco– y a una hermana de sus propios hijos –sorosis loco-; el hijo, estaba bajo la potestas del padre, jefe y sacerdota de su gens; la esposa, estaba, en el matrimonio ordinario, según una ruda expresión, in manum viri. Estos estatutos tradicionales de la dependencia de la mujer, se reencuentra también en otras partes([6]) y no eran, como los “libres espíritus” modernos les gustaría creerlo, una manifestación de injusticia y de tiranía, sino que servían para definir los límites y el lazo natural de la vía espiritual conforme a la pura naturaleza femenina.

Se puede mencionar igualmente, a este propósito, algunas concepciones antiguas donde el tipo puro de la mujer tradicional, capaz de una ofrenda que está en el límite de lo humano y de lo más que humano, encuentra una expresión distinta. Tras haber recordado la tradición azteco-nahua, según la cual solo las madres muertas al dar a luz participan en el privilegio de la inmortalidad celeste propio de la aritocracia guerrera([7]), por que se veía en ello un sacrificio similar al del guerrero que cae sobre el campo de batalla, se puede mencionar, a título de ejemplo, el tipo de la mujer hindú, mujer hasta en sus fibras más íntimas, hasta las extremas posibilidades de la sensualidad, pero viviendo sin embargo en una fides invisible y votiva, que se manifestaba ya en el don erótico del cuerpo, de la persona y de la voluntad, culminando con el otro don -muy diferente y más allá de los sentidos- por el cual la esposa arrojaba su vida en las llamas de la pira funeraria aria para seguir en el mas allá al hombre al cual se había entregado. Este sacrificio tradicional -pura “barbarie” a los ojos de los europeos y de los europeizados- donde la viuda ardía con el cuerpo de su esposo muerto, es llamado sati en sáncrito, de la raíz as y del radical sat, ser, del que procede también stya, lo verdadero, y significa igualmente don, fidelidad, amor([8]). Este sacrificio era concebido como la culminación suprema de la relación entre dos seres de sexo diferente, relación sobre el plano absoluto, es decir, sobre el plano de la verdad y de lo supra-humano. Aquí el hombre se alzaba a la altura para conseguir un apoyo para una bhakti liberadora y el amor se convertía en una vía y una puerta. Se decía, en efecto, en la enseñanza tradicional, que la mujer que seguía a su esposo sobre la pira alcanzaba el “cielo”; se transmutaba en la misma substancia de su esposo([9]), participaba a través del “fuego”, en la transfiguración del cuerpo y de la carne en un cuerpo divino de luz, del cual la cremación ritual del cadáver era, en las civilizaciones arias, el símbolo([10]). Con un espíritu análogo las mujeres germánicas renunciaban frecuentemente a la vida cuando el esposo o el amante caía en la guerra.

Ya hemos indicado que la esencia de la bhakti, en general, es la indiferencia por el objeto o la materia de la acción, es decir, el acto puro, la disposición pura. Esto puede ayudar a hacer comprender como, en una civilización tradicional como la hindú, el sacrificio ritual de la viuda –sati– podía estar institucionalizado. En verdad, cuando una mujer se entrega y se sacrifica solamente porque está ligada a otro ser por una pasión humana particularmente fuerte y compartida, estamos en el marco de simples asuntos románticos privados. Solo cuando la entrega puede sostenerse y desarrollarse sin ningún apoyo, participa en un valor trascendente.

En el Islam se expresaron concepciones análogas en la institución del harén. En la Europa cristiana, para que una mujer renuncie a la vida exterior y se retire a un claustro, es precisa la idea de Dios, y, además, no ha sido jamás más que una excepción. En el Islam bastaba la de un hombre, y la clausura del harem era algo natural que ninguna mujer bien nacida soñaba con discutir ni a la cual iba a renunciar: parecía natural que una mujer concentrase toda su vida sobre un hombre, amado de una forma suficientemente amplia y desindividualizada para admitir que otras mujeres participasen también en el mismo sentimiento y estuvieran unidas por el mismo lazo y la misma entrega. Esto esclarece el carácter de “pureza” considerado como esencial en esta vía. El amor que pone condiciones y pide en contrapartida el amor y la entrega del hombre, es de un orden inferior. Un hombre puramente hombre no puede conocer este género de amor más que feminizándose, es decir, desprendiéndose precisamente de esta “suficiencia en sí mismo” interior, que permite a la mujer encontrar en él un apoyo, algo que exalte su impulso a entregarse. Según el mito, Shiva, concebido como el gran asceta de las alturas, redujo a cenizas con una sola mirada a Kama, el dios del amor, cuando este intentó despertar en él la pasión hacia su esposa Parviti. Un sentido profundo se refiere, así mismo, en la leyenda relativa al Kalki-avatara, en donde se habla de una mujer que nadie podía poseer, porque los hombres que la deseaban se encontraban, por ello mismo, transformados en mujeres. En la mujer, existe verdadera grandeza en ella, cuando hay un don sin contrapartida, una llama que se alimenta de sí misma, un amor tanto más grande en tanto que el objeto de este amor no se ata, no desciende, crea la distancia de quien es Señor antes que simplemente, esposo o amante. En el espíritu del harem, encontramos mucho de todo esto: la superación de los celos, es decir, del egoismo pasional y de la idea de posesión por parte de la mujer, a la cual se pedía sin embargo la entrega claustral desde que se despertaba a la vida de joven hasta la decadencia, y la fidelidad a un hombre que podía tener en torno de él otras mujeres y poseerlas todas sin “darse” a ninguna. Es precisamente en esta situación “inhumana” que aparecía un ascetismo, casi se puede decir sagrado([11]). En esta forma de transformarse aparentenemente en “cosa”, arde una verdadera posesión, una superación e incluso una liberación, ya que ante una fides tan incondicionada, el hombre, bajo su aspecto humano, no es más que un medio capaz de despertár las posibilidades sobre un plano no ya terrestre. Al igual que la regla del harem imitaba la de los conventos, así mismo la ley islámica situaba a la mujer, según las posibilidades de su naturaleza, la vida de los sentidos no estaba excluida sino incluida e incluso exasperada, sobre el plano mismo de la ascesis monacal([12]). Además, en menor grado, se presuponía una actitud análoga, de forma natural, en las civilizaciones donde la institución del concubinato presentó, a su manera, un carácter regular y fue legalmente reconocido en tanto que complemento del matrimonio monogámico, como en el caso de Grecia, Roma y en otras partes. El exclusivismo sexual se encontraba igualmente superado.

Es evidente que no estamos contemplando lo que frecuentemente se han reducido los harenes y otras instituciones análogas. Consideramos lo que les correspondía en la pura idea tradicional, a saber, la posibilidad superior siempre susceptible de realizarse, en principio, a través de las instituciones de este tipo. Es misión de la tradición -repetimos- cavar lechos sólidos, para que los ríos caóticos de la vida discurran en la dirección justa. Son libres quienes, siguiendo esta dirección tradicional, no la experimenten como impuesta, sino que se desarrollan expontáneamente, reconociéndose, hasta el punto de actuar por un movimiento interior la posibilidad más alta, “tradicional”, de su naturaleza. Los otros, aquellos que siguiendo materialmente las instituciones, obedeciendo, pero sin comprenderlas y vivirlas, son los “sostenidos”; aunque privados de la luz, su obediencia les lleva virtualmente más allà de los límites de su individualidad, los sitúa sobre la misma dirección que los primeros. Pero para aquellos que no siguen ni en el espíritu, ni en la forma, el cauce tradicional, no existe más que el caos. Son los perdidos, los caidos.

Tal es el caso de los modernos, incluso en lo que concierne a la mujer. En verdad, no era posible que un mundo que ha “superado” las castas restituyendo a cada ser humano -para expresarse en la jerga jacobina- su “dignidad” y sus “derechos”, pueda conservar el sentido de las justas relaciones entre ambos sexos. La emancipación de la mujer debía fatalmente seguir a la emancipación del esclavo y la glorificación del sin-clase y del sin-tradicion, es decir, del paria. En una sociedad que no conoce ni el Ascesis, ni el Guerrero, en una sociedad donde las manos de los últimos aristocratas parecen hechas más para las raquetas de tenis o los shakers de cocktails que para la espada y el cetro, en una sociedad donde el tipo de hombre viril, cuando no se identifica con la larva parlanchina del “intelectual” y del “profesor”, el fantoche narcisista del “artista” o la maquinita ocupada y repelente del banquero y del político, es representado por el boxeador o el actor de cine, en una sociedad así, era natural que incluso la mujer se alzara y reivindicara para ella también una “personalidad” y una libertad en el sentido anárquico e individualista de la época actual. Y mientras la ética tradicional pedía al hombre y a la mujer ser siempre, cada vez más, ellos mismos, expresar con rasgos cada vez más decididos lo que hace de un hombre, un hombre y de aquella una mujer, la nueva civilización tiende a la nivelación, a lo informe, a un estado que en realidad no está más allá, sino más acá de la individuación y de la diferencia de los sexos.

Se ha tomado una abdicación por una conquista. Tras siglos de “esclavitud” la mujer ha querido ser libre, ser ella misma. Pero el “feminismo” no ha sabido concebir para la mujer una personalidad que no fuera una imitación de la del varón, aunque sus “reivindicaciones” enmascaren una falta fundamental de confianza de la mujer nueva en relación a sí misma, su impotencia en ser lo que es y en contar para lo que es: una mujer y no un hombre. Por una fatal incomprensión, la mujer moderna ha experimentado el sentimiento de una inferioridad completamente imaginaria en no ser más que mujer y casi ha considerado como una ofensa ser tratada “solamente como mujer”. Tal ha sido el origen de una falsa vocación frustrada: y es precisamente por ello que la mujerse ha querido tomar una revancha, reivindicar su “dignidad”, mostrar su “Valor”, llegando a medirse con el hombre. No se trataba solo, sin embargo, del hombre verdadero, sino del hombre-construcción, del hombre-fantoche de una civilización estandarizada, racionalizada, que no implicaba casi nada verdaderamente diferenciado y cualitativo. En tal civilización, no puede evidentemente tratarse de un privilegio legítimo cualquiera, y las mujeres, incapaces de reconocer su vocación natural y defenderla, fue en el plano más bajo (porque ninguna mujer sexualmente feliz experimenta ninguna la necesidad de imitar y envidiar al hombre), como pudieron fácilmente demostrar que poseían virtualmente, también, las facultades y los talentos -materiales e intelectuales- del otro sexo, que son, en general, necesarios y apreciados en una sociedad de tipo moderno. El hombre, en verdad irresponsable, ha dejado hacer, incluso ha ayudado, ha llevado a la mujer a las calles, a las oficinas, las escuelas, las fábricas, a todos los ámbitos contaminadores de la sociedad y de la cultura modernas. Es así como ha sido dado el ultimo empujón nivelador.

Y allí donde la emasculación espiritual del hombre moderno materializado no ha restaurado la primacía, propia de las antiguas comunidades ginecocráticas, de la mujer hetaira, árbitro de hombres embrutecidos por los sentidos y trabajando para ella, el resultado ha sido la degeneración del tipo femenino hasta en sus características somáticas, la atrofia de sus posibilidades naturales, el ahogo de su interioridad específica. De aquí el tipo garçonne, la joven vacía, a la moda, incapaz de todo impulso más allá de sí misma, incapaz incluso, a fin de cuentas de sensualidad y de pecado, pues, para la mujer moderna, incluso las promesas de amor físico presentan amenudo menos interés que el culto narcisista de su propio cuerpo, el exhibirse vestida o lo menos vestida posible, el”training”, la danza, el deporte, el dinero, etc… Apenas queda en Europa nada de la pureza de la ofrenda, la fidelidad que da todo y no pide nada, el amor que es bastante fuerte como para no tener necesidad de ser exclusivo. A parte de una fidelidad puramente conformista y burguesa, el amor que Europa había elevado era aquel que no permitía al amado no amar. Cuando la mujer, para consagrarse a él, pretende que el hombre le pertenezca en alma y cuerpo, no solo ya ha “humanizado” y empobrecido su ofrenda, sino, sobre todo, ha comenzado a traicionar la esencia pura de la feminidad para adoptar, aquí también, un modo de ser propio a la naturaleza masculina y de la especia más baja: la posesión, el derecho sobre el otro, y el orgullo del Yo. Lo demás ha seguido, como en toda caida, una ley de aceleración. En efecto, la mujer que pretende guardar un hombre para ella sola, termina por desear poseer a mas de uno. En una fase ulterior, su egocentrismo aumenta, no serán los hombres los que le interesarán, sino solo lo que puedan darle para satisfacer su placer o su vanidad. Como epílogo, la corrupción y la superficialidad, o bien una vida práctica y exteriorizada de tipo masculino que desnaturaliza a la mujer y la lanza en la fosa masculina del trabajo, del beneficio, de la actividad práctica paroxística e incluso de la política.

Tales son los resultados de la “emancipación” occidental, que está, por lo demás, en trance de contaminar el mundo entero más rápidamente que una peste. La mujer tradicional, la mujer absoluta, entregándose, no viviendo para sí, queriendo darse íntegramente para otro, con simplicidad y pureza, realizándose, se pertenece, con su heroismo y, en el fondo, se convierte en superior al hombre ordinario. La mujer moderna, queriendo ser ella misma se ha destruido. La “personalidad” deseada le ha restado toda personalidad.

Y es fácil preveer lo que se convertirán, en estas condiciones, las relaciones entre los dos sexos, incluso desde el punto de vista material. Aquí, como en el magnetismo, contra más fuerte es la polaridad, más el hombre es verdaderamete hombre y la mujer verdaderamente mujer y más alta y viva es la chispa creadora. ¿Qué puede existir, al contrario, entre estos seres mixtos, privados de toda relación con las fuerzas de su naturaleza más profunda? ¿entre estos seres en los que el sexo empieza y termina en el mero plano fisiológico, suponiendo incluso inclinaciones anormales que no se hayan manifestado? ¿entre estos seres que, en su alma, no son ni hombre ni mujer, o que, siendo mujer, parecen hombre y siendo hombre, son mujer y alardean como un “más allá” del sexo, de todo lo que efectivamente está “más acá”? Toda relación no podrá tener más que un carácter equívoco y falso: promiscuidad de una seudo-camaradería, simpatías “intelectuales” morbidas, banalidad del nuevo realismo comunista o bien sufrirá de todos los complejos neuróticos sobre los cuales Freud ha edificado una “ciencia” que es un verdadero signo de los tiempos. El mundo de la mujer “emancipada” no comporta otras posibilidades y las vanguardias de este mundo, Rusia y América del Norte, están ya allí para facilitar, a este respecto, testimonios particularmente significativos([13]), sin hablar del fenómeno del tercer sexo.

Todo esto no puede tener repercusiones sobre un orden de cosas del que los modernos, en su ligereza, están lejos de sospechar el alcance.

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NOTAS:

([1])El lector encontrará otras refencias en nuestra obra Metafísica del Sexo, cit., cap. IV, 31. Se enseñaba, en particular entre los filósofos de la dinastía Sin, que el Cielo “produce” a los hombres, la Tierra a las mujeres, y que por esta razón la mujer debe estar sometida al hombre como la Tierra lo está al Cielo (cf. PLATH, Religion der alten Chinesen, I, pag. 37).

([2])En el simbolismo erótico de estas tradiciones, el mismo sentido se reencuentra en la representación de la unión de la pareja divina en viparita-maithuna, es decir, en un abrazo en el que el macho permanece inmóvil, y donde es la shakti quien desarrolla el movimiento.

([3])A este respecto, se puede mencionar, como particularmente significativo, el hábito de las poblaciones salvajes de separar los grupos de hombres solo en casas llamadas “casas de hombres”, a título de fase preliminar de una diferenciación viril que se completa luego mediante los ritos de iniciación, de los que las mujeres son excluidas, ritos que vuelven al individuo definitivamente independiente de la tutela femenina, lo introducen en nuevas formas de vida y lo sitúan bajo nuevas leyes. Cf. H. WEBSTER, Primitive Secret Societies – A Study in early Politicis and Religion, trad. it. Bolonia, 1929, pag. 2 y sigs. 28, 30-31.

([4])Cf. SENART, Les castes dan l’Inde, cit., pag. 68; Mânava-dharmashastra, IX, 166; V, 148; cf. V, 155: “No hay sacrificio, culto o ascesis que se refiera particularmente a la mujer. La esposa que ama y venera a su esposo, será honrada por el Cielo”. No se puede estudiar aquí el sentido del sacerdocio femenino y decir porque no contradice la idea anteriormente expuesta. Tradicionalmente, este sacerdocio tuvo un carácter lunar; lejos de corresponden a una vía diferente, expresaba un reforzamiento del dharma en tanto que supresión absoluta de todo principio personal, en vistas, por ejemplo, de dar libre curso a la voz del oráculo y del dios. Hablaremos más adelante, de la alteración propia a las civilizaciones decadentes, donde el elemento femenino-lunar usurpa la cúspide jerárquica. Conviene examinar separadamente la utilización sagrada e iniciática de la mujer en la “vía del sexo” (cf. a este respecto J. EVOLA, Metafísica del Sexo, cit.).

([5])Cf, Handbuch der Klass. Altertumswissensch., v. IV, pag. 17.

([6])Así, por lo que se refiere a la China antigua se lee en Niu-kie-tsi-pien (V): “Cuando una mujer pasa de la casa paterna a la del esposo, pierde todo, hasta su nombre. No tiene nada en propiedad: lo que lleva, lo que es, su persona, todo pertenece a aquel a quien se la entrega como esposa”, y en el Niu-huien-shu se subraya que una mujer debe estar en la casa “como una sombra y un simple eco” (cit apud S. TROVATELLI, Le civiltà et le legislazioni dell’antico Oriente, Bolonia, 1890, pag. 157 y sigs.).

([7])Cf. REVILLE, Relig. du Mexique, cit., pag. 190.

([8])Cf. G. de LORENZO, Oriente et Occidente, Bari, 1931, pag. 72. Costumbres análogas se encuentran también en otros troncos de la raza aria: entre los tracios, los griegos, los escitas, y los eslavos (cf. C. CLEMEN, Religions-geschichte Europas, Heidelberg, 1926, v. I, pag. 218). En la civilización inca, el suicidio de las viudas para seguir al marido, si bien no estaba establecido por la ley, era sin embargo habitual y las mujeres que no tenían el valor de realizarlo o creían tener motivos para dispensarse de él, eran despreciadas (cf. REVILLE, op. cit., pag. 364).

([9])Cf. Mânavadharmashastra, IX, 29: “La que no traiciona a su esposo y cuyos pensamientos, palabras y cuerpos son puros, alcanza tras la muerte la misma morada que su esposo”.

([10])Cf. Brhadaranyaka-upan., VI, ii, 14; PROCLO, In Tim., V 331 b; II, 65 b.

([11])En el Mânavadharmashastra no solo se prescribe que la mujer no debe jamás tener una iniciativa personal y debe, según su condición, pertenecer al padre, al esposo y al hijo (V, 147-8; IX, 3), sino que se dice también (V, 154): “Incluso si la conducta del esposo no es recta, incluso si se entrega a otros amores y no tiene cualidades, la mujer debe sin embargo venerarle como a un dios”.

([12])La ofrenda sagrada del cuerpo e incluso de la virginidad, se encuentra reglamentada de forma rigurosa en una institución que es otro motivo de escándalo para los modernos: la prostituciòn sagrada, practicada en los antiguos templos siríacos, licios, lidios, tebanos, etc… La mujer no debía hacer la primera ofrenda de sí misma en un movimiento pasional orientado hacia un hombre dado, sino que debía, en el espíritu de un sacrificio sagrado, ofrecerlo a la diosa, entregándose al primer hombre que, en el recinto sagrado, le lanzaba una moneda de cualquier valor. No es más que tras esta ofrenda ritual de su cuerpo que la mujer podía casarse. HERODOTO (I, 90) refiere como un hecho significativo “que una vez de regreso a su casa, se le puede ofrecer (a esta niña convertida en mujer) cualquier suma de dinero: no se obtendrá nada de ella”, lo cual basta para mostrar lo poco que había de “corrupción” y de “prostitución” en todo esto. Otro aspecto de esta institución es revelado por MEREJKOWSKI Les Mystres de l’Orient, París, 1927, pag. 358): “Todo ser humano debe, por lo menos una vez en su vida, liberarse de la cadena del nacimiento y de la muerte; una vez al menos en su vida todo hombre debe unirse a una mujer y toda mujer a un hombre, no para engendrar hijos, sino para morir. Cuando el hombre dice [arrojando la moneda]: “Yo llamo a la diosa Milita”, la mujer es para él Milita misma”. Cf. J. EVOLA, Metafísica del Sexo, cit., para el desarrollo de estas ideas.

([13])Según las estadísticas de 1950, elaboradas sobre bases médicas (C. FREED y W.S. KROGER) el 75% de las jóvenes norteamericanas estarían “sexualmente anestesiadas” y su “líbido” (por emplear el término freudiano), se centraría principlamente en el marcisismo exhibicionista. Entre las mujeres anglo-sajonas en general, la inhibición neurótica de la vida sexual auténticamente femenina, es característica y procede de que son víctimas de un falso ideal de “dignidad” al mismo tiempo que de prejuicios del moralismo puritano.

 

EL SWÁSTIKA…. de RENÉ GUÉNON

4 de febrero de 2008

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Una de las formas más destacables de lo que hemos llamado la cruz horizontal, es decir, de la cruz trazada en el plano que representa un cierto estado de existencia, es la figura del swastika, que bien parece vincularse directamente a la Tradición Primordial, ya que se encuentra en los países más diversos y más alejados los unos de los otros, y eso desde las épocas más remotas; lejos de ser un símbolo exclusivamente oriental como se cree a veces, es uno de los que están más generalmente extendidos, desde el extremo oriente hasta el extremo occidente, ya que existe hasta en algunos pueblos indígenas de América[1]. Es cierto que, en la época actual, se ha conservado sobre todo en la India y en el Asia central y oriental, y que quizás no es más que en estas regiones donde se sabe todavía lo que significa; pero, sin embargo, en Europa misma, no ha desaparecido enteramente[2]. En la antigüedad, encontramos este signo, en particular, en los celtas y en la Grecia prehelénica[3]; y, en occidente todavía, fue antiguamente uno de los emblemas de Cristo, e incluso permaneció en uso como tal hasta el final de la Edad Media[4].Hemos dicho en otra parte que el swastika es esencialmente el «signo del Polo»[5]; si le comparamos a la figura de la cruz inscrita en la circunferencia, podemos darnos cuenta fácilmente de que, en el fondo, son dos símbolos equivalentes bajo ciertos aspectos; pero la rotación alrededor del centro fijo, en lugar de estar representada por el trazado de la circunferencia, en el swastika está solo indicada por las líneas rectas agregadas a las extremidades de los brazos de la cruz y que forman con éstos ángulos rectos; estas líneas son tangentes a la circunferencia, que marcan la dirección del movimiento en los puntos correspondientes. Como la circunferencia representa el mundo manifestado, el hecho de que esté por así decir sobrentendida indica muy claramente que el swastika no es una figura del mundo, sino más bien de la acción del Principio al respecto del mundo.Si se relaciona el swastika con la rotación de una esfera tal como la esfera celeste alrededor de su eje, es menester suponerle trazado en el plano ecuatorial, y entonces el punto central será, como ya lo hemos explicado, la proyección del eje sobre este plano que le es perpendicular. En cuanto al sentido de la rotación indicada por la figura, su importancia es secundaria y no afecta a la significación general del símbolo; de hecho, se encuentran una y otra de las dos formas, que indican una rotación de derecha a izquierda o de izquierda a derecha[6], y eso, sin que sea menester ver siempre ahí una intención de establecer entre ellas una oposición cualquiera. Es verdad que, en algunos países y en algunas épocas, han podido producirse, en relación a la tradición ortodoxa, cismas cuyos partidarios han dado voluntariamente a la figura una orientación contraria a la que estaba en uso dentro del medio del cual se separaban, para afirmar su antagonismo mediante una manifestación exterior, pero eso no toca en nada a la significación esencial, que permanece la misma en todos los casos. Por lo demás, a veces se encuentran las dos formas asociadas; entonces se las puede considerar como representando una misma rotación vista desde uno y otro de los dos polos; esto se vincula al simbolismo, muy complejo, de los dos hemisferios, que no nos es posible abordar aquí[7].No podemos pensar tampoco en desarrollar todas las consideraciones a las que puede dar lugar el simbolismo del swastika, y que, por lo demás, no se vinculan directamente al tema propio del presente estudio; pero, en razón de su importancia considerable bajo el punto de vista tradicional, no nos era posible pasar enteramente bajo silencio esta forma especial de la cruz; por consiguiente, hemos creído necesario dar al menos, en lo que le concierne, estas indicaciones algo sumarias, pero nos quedaremos aquí para no comprometernos en disgresiones demasiado largas.

EL SIMBOLISMO DE LA CRUZ

[1] Bastante recientemente, hemos observado incluso una información que parecería indicar que las tradiciones de la América antigua no están tan completamente perdidas como se piensa; por lo demás, el autor del artículo donde la hemos encontrado, probablemente no se ha dado cuenta de su alcance; hela aquí reproducida textualmente: «En 1925, una gran parte de los indios de Cuna se sublevaron, mataron a los gendarmes de Panamá que habitaban en su territorio, y fundaron la República independiente de Tulé, cuya bandera es un swastika sobre fondo naranja en bordado rojo. Esta república existe todavía en la hora actual» (Les Indiens de l’isthme de Panama, por G. Grandidier: Journal des Débats, 22 de enero de 1929). Se destacará sobre todo la asociación del swastika con el nombre de Tulé o Tula, que es una de las designaciones más antiguas del centro espiritual supremo, designación aplicada también después a algunos de los centros subordinados (ver El Rey del Mundo, cap. X).[2] En Lituania y en Courlandia, los campesinos trazan todavía este signo en sus casas; sin duda ya no conocen su sentido y no ven en el más que una suerte de talismán protector; pero lo que es quizás más curioso es que le dan su nombre sánscrito de swastika. Por lo demás, parece que el lituano sea, de todas las lenguas europeas, la que tiene mayor semejanza con el sánscrito. Señalamos que la denominación de «cruz gamada», que se da frecuentemente al swastika en occidente a causa de la semejanza de la forma de sus brazos con la letra griega gamma, es igualmente errónea; en realidad, los signos llamados antiguamente gammadia eran enteramente diferentes, aunque se hayan encontrado a veces, de hecho, más o menos estrechamente asociados al swastika en los primeros siglos del cristianismo. Uno de estos signos, llamado también la «cruz del Verbo» está formado de cuatro gammas cuyos ángulos están vueltos hacia el centro; la parte interior de la figura, que tiene la forma de cruz, representa a Cristo, y los cuatro gammas angulares a los cuatro Evangelistas; esta figura equivale así a la representación bien conocida de Cristo en medio de los cuatro animales. Se encuentra otra disposición donde una cruz central está rodeada de cuatro gammas colocadas en cuadrado (donde los ángulos están vueltos hacia fuera en lugar de estarlo hacia dentro); la significación de esta figura es la misma que la de la precedente. Agregamos, sin insistir más en ello, que estos signos ponen el simbolismo de la escuadra (cuyas forma es la del gamma) en relación directa con el de la cruz.

[3] Existen diversas variantes del swastika, concretamente uno formado de brazos curvos (que tienen la apariencia de dos S cruzadas), y otras formas que indican una relación con diversos símbolos cuyo significado no podemos desarrollar aquí; la más importante de estas formas es el swastika dicho «clavijero», porque sus brazos están constituidos por dos llaves (ver La Gran Triada, cap. VI). Por otra parte, algunas figuras que no han guardado más que un carácter puramente decorativo, como esa a la que se da el nombre de «greca», se derivan originariamente del swastika.[4] Ver El Rey del Mundo, I. [5] Ver El Rey del Mundo, II. — Puesto que ya hemos indicado en aquella ocasión las interpretaciones fantásticas de los occidentales modernos, aquí no vamos a volver sobre ello.[6] La palabra swastika es, en sánscrito, la única que sirve para designar en todos los casos el símbolo en cuestión; el término sauvastika, que algunos han querido aplicar a una de las dos formas para distinguirla de la otra (que es la única que sería entonces el verdadero swastika), no es en realidad más que un adjetivo derivado de swastika, y que indica lo que se refiere a este símbolo o a sus significaciones. — En cuanto a la palabra swastika misma, se le hace derivar de su asti, fórmula de «bendición» en el sentido propio, que tiene su exacto equivalente en el ki-tôb hebraico del Génesis. En lo que concierne a este último, el hecho de que se encuentre repetido al final del relato de cada uno de los «días» de la creación es bastante destacable si se tiene en cuenta esta aproximación: parece indicar que esos «días» son asimilables a otras tantas rotaciones del swastika, o, en otros términos, a otras tantas revoluciones completas de la «rueda del mundo», revoluciones de donde resulta la sucesión de «tarde y mañana», que se enuncia después (ver también La Gran Tríada, cap. V).[7] A este respecto, hay una relación entre el símbolo del swastika y el de la doble espiral, muy importante igualmente, y que, por otra parte, está bastante estrechamente emparentado al yin-yang extremo oriental del que se tratará más adelante. http://www.libreopinion.com/members/treus_fest/swastika.htm

 

JULIUS EVOLA: REBELIÓN CONTRA LA SUBVERSIÓN

29 de enero de 2008

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Para quien desee conocer una cosmovisión completamente revolucionaria respecto al “mundo moderno”, cuyos valores se basan en la contra-Tradición y en la Subversión, debe leer  “Rebelión contra el mundo moderno”, libro escrito en 1934 por Julius Evola y más tarde revisado y ampliado,   que  expone en forma magistral lo que es una morfología del mundo de la tradición.  En http://juliusevola.blogia.com/ se publica un estudio sobre la primera parte del citado libro:

La decadencia y no el progreso, es la ley que rige las acciones de los hombres. La decadencia es la compañera inseparable de lo humano que contribuye a explicar el porqué las civilizaciones degeneran y con ellas las razas que las sostienen. Evola anticipa algunas de las tesis que desarrollará en la segunda parte de su obra. La metafísica de la historia implica necesariamente considerar a la historia como decadencia sometida a leyes cíclicas. Frente a la historia como progreso, el concepto de historia cíclica enseña que la humanidad está sometida a periódicas fases de ascenso y descenso.

El mundo moderno está lejos de verse amenazado por una disminución de la natalidad y un aumento de la mortalidad. El grito de alarma que habían lanzado algunos jefes políticos, exhumando incluso la fórmula absurda de “el número hace la potencia”, esta desprovista de fundamento. El verdadero riesgo es precisamiente lo contrario: es el de una multiplicación incesante, desenfrenada y grotesca de las poblaciones sobre el plano de la cantidad pura. El declive se manifiesta únicamente en las capas que conviene considerar como portadoras de fuerzas, superiores al puro demos y al mundo de las masas, y que condicionan toda verdadera grandeza humana. Criticando el punto de vista racista, ya hemos hablado de esta fuerza oculta que, cuando está presente, de forma viva y activa, es el principio de una generación en el sentido superior y reacciona sobre el mundo de la cantidad imprimiéndole una forma y una cualidad. A este respecto, se puede decir que las razas superiores occidentales han entrado, desde hace siglos ya, en agonía, y que el desarrollo creciente de las poblaciones de la tierra puede compararse a la proliferación vermicular que se constata en la descomposición de los organismos y en la evolución de un cáncer: este último corresponde precisamente a la hipertrofia desenfrenada de un plasma que, sustrayéndose a la ley reguladora del organismo, devora las estructuras normales y diferenciadas. Tal es el papel que nos ofrece el mundo moderno: a la regresión y al declive de las fuerzas fecundadoras, en el sentido superior del término, es decir a las fuerzas portadoras de la forma, corresponde la proliferación ilimitada de la “materia”, de lo sin-forma, del hombre-masa.

Este fenómeno no es ajeno a lo que hemos expuesto, en el capítulo precedente, respecto al sexo y a las relaciones actuales entre hombre y mujer, pues afectan al problema de la procreación y a su significado. Si bien es cierto que el mundo moderno parece destinado a ignorar lo que son la mujer y el hombre absolutos y si la sexualización de los seres es incompleta -incompleta en nombre del espíritu, es decir limitada al plano corporal- no es sorprendente que se hayan perdido las dimensiones superiores e incluso trascendentes del sexo que el mundo de la Tradición reconoció bajo formas múltiples; es natural que esto influya sobre el régimen de las uniones sexuales y las posibilidades que ofrecen, sea como pura experiencia erótica, sea -y es este segundo aspecto entra precisamente en lo que nos interesa- en vistas a una procreación que no se agote en el simple y opaco hecho biológico.

El mundo de la Tradición conoció efectivamente un sacrum sexual y una magia del sexo. A través innumerables símbolos y costumbres esparcidas en las más diversas regiones del mundo, se transluce constantemente el reconocimiento del sexo como fuerza creativa primordial que supera al individuo. En la mujer, se evocaban las potencias abisales de ardor y luz o de peligro y desintegración([1]). En ella vivía la fuerza telúrica, la Tierra y en el hombre, el Cielo. Orgánica y conscientemente estaba asumido todo lo que, en el hombre vulgar, y hoy más que nunca, es vivido bajo la forma de sensaciones periféricas, impulsos pasionales y carnales. La procreación era decretada([2]) y el producto de esta procreación querido ante todo, así como hemos dicho, como el “hijo del deber”, como aquel que debe recuperar y alimentar el elemento sobrenatural del linaje, la liberación del ancestro, que debe recibir y transmitir “la fuerza, la vida, la estabilidad”. Con el mundo moderno, todo esto se ha convertido en un sueño insípido: los hombres, en lugar de poseer el sexo, están poseidos por él y se abaten aquí y allí como hebrios, incapaces de saber lo que se alumbra en sus abrazos, ni ver el demonio que se burla miserablemente de ellos a través de su búsqueda de “placer” o de sus impulsos romántico-pasionales. De forma que, sin que sepan nada, fuera de su voluntad y amenudo contra ella, un nuevo ser nace de tanto en tanto al azar de una de sus noches, frecuentemente como un intruso, sin continuidad espiritual, y en las últimas generaciones, sin ni siquiera este residuo que representaban los lazos afectivos de tipo burgués.

Cuando las cosas han llegado a este punto, no hay que extrañarse que las razas superiores mueran. La lógica inevitable del individualismo tiende también hacia este resultado, sobre todo en las “clases” pretendidamente “superiores” de hoy, en las que disminuye el interés hacia la procreación; sin hablar de todos los demás factores de degeneración inherentes a una vida social mecanizada y urbanizada y, sobre todo, a una civilización que no conoce los límites saludables y creadores constituidos por las castas y las tradiciones de la sangre. La fecundidad se concentra entonces en los estratos sociales más bajos y en las razas inferiores, donde el impulso animal prevalece sobre todo cálculo y consideración racional. Se produce inevitablemente una selección al revés, el ascenso y la invasión de los elementos inferiores, contra los cuales la “raza” de las clases y de los pueblos superiores, agotada y derrotada, no puede nada o casi nada, como elemento espiritualmente dominador.

Si, cada vez se habla más, hoy, de un “control de los nacimientos”, ante los efectos catastróficos del fenómeno demográfico que hemos comparado a un cáncer, no por ello se aborda el problema esencial, sino que no se sigue ningún criterio cualitativo, diferenciado. Pero la tontería es aun más grave entre los que se alzan contra este control invocando ideas tradicionalistas y moralizantes convertidas, ahora, en simples prejuicios. Si es la grandeza y la potencia de una raza lo que importa, es inútil preocuparse de la cualidad material de la paternidad, cuando no se acompaña de cualidad espiritual, en el sentido de intereses superiores, de justa relación entre lo sexos y sobre todo de la virilidad en el sentido verdadero del término, diferente del que reviste sobre el plano de la naturaleza inferior.

Hemos analizado el proceso de la decadencia de la mujer moderna, pero es preciso no olvidar que el hombre es el primer responsable. Al igual que la plebe no habría podido jamás irrumpir en todos los dominios de la vida social y de la civiliación, si hubiera tenido verdaderos reyes y verdaderos aristócratas, así mismo, en una sociedad regida por hombres verdaderos, la mujer jamás habría querido ni podido comprometerse sobre la vía que sigue hoy. Los períodos en que la mujer ha conocido la autonomía y la preeminencia, han coincidido casi siempre con la decadencia de las civilizaciones antiguas. No es contra la mujer que debería ser dirigida la verdadera reacción contra el feminismo y otras desviaciones femeninas, sino contra el hombre. No se puede pedir a la mujer volver a ser mujer, hasta restablecer las condiciones interiores y exteriores necesarias para la reintegración de una raza superior, mientras que el hombre no conozca sino un simulacro de virilidad.

Si no se consigue despertar el significado espiritual del sexo, si, en particular, no se separa de nuevo, duramente, de la sustancia espiritual convertirda en amorfa y mezclada, la forma viril, todo es inútil. La virilidad física, fálica, animal y muscular es inerte, no contiene ningún germen creador en el sentido superior: incluso cuando el hombre fálico tiene la ilusión de poseer, en realidad es pasivo, sufre siempre la fuerza más sutil propia a la mujer y al principio femenino([3]). No es más que en el espíritu que el sexo es verdadero y absoluto.

El hombre, en toda tradición de tipo superior, ha sido siempre considerado como el portador del elemento uránico-solar de un linaje. Este elemento trasciende el simple principio de la “sangre” y se pierde inmediatamente cuando se transmite por la línea femenina, aunque su desarrollo sea favorecido por el terreno que representa la pureza de una mujer de casta. Permanece siempre, en todo caso, el principio cualificador, aquel que da forma, y ordena la sustancia generadora femenina([4]). Este principio está en relación con el elemento sobrenatural, con la fuerza que puede hacer “discurrir la corriente hacia lo alto” y de la cual la “victoria”, la “fortuna” y la prosperidad de un linaje, son normalmente las consecuencias. Por ello la asociación simbólica, propia a las antiguas formas tradicionales, del órgano viril con ideas de resurrección y ascesis y con energías que confieren la cúspide de los poderes, tienen un significado que, lejos de ser obsceno, es real y profundo([5]). Como un eco de estos significados superiores, se encuentra, de la forma más neta, incluso en muchos pueblos salvajes, el principio según el cual solo el iniciado es verdaderamente masculino, y es la iniciación la que marca eminentemente el tránsito a la virilidad; antes de la iniciación, los individuos son semejantes a los animales, “no se han hecho hombres”: aun siendo ancianos, se identifican con los niños y con las mujeres, permaneciendo privados de todos los privilegios reservados a las élites viriles de los clanes([6]). Cuando se olvida que el elemento suprabiológico es el centro y la medida de la virilidad verdadera, aunque se continúe reivindicando el nombre de hombre, no se es, en realidad, más que un eunuco, y la paternidaad no tiene otro significado que una paternidad de animales que, engañados por el placer, procrean ciegamente otros animales, fantasmas de existencia como ellos mismos.

Ante tal situación, se puede intentar revivir el cadáver, se puede tratar a los hombres como conejos, sementales, racionalizando sus uniones -por que no merecen otra cosa- pero no hay que engañarse: o bien se llegará a una cultura de animales de trabajo muy bellos, o bien, si la tendencia individualista y utilitaria prevalece, una ley más fuerte arrastrará a las razas hacia la regresión o la extinción con la misma inflexibilidad que la ley física de la entropía y de la degradación de la energía. Y este será una de los múltiples aspectos, convertidos en materialmente visibles hoy, de la decadencia de occidente.

([1])Cf. EVOLA, Metafísica del Sexo, cit., especialmente cap. V y VI.

([2])Fórmulas upanishadicas para la unión sexual: “Con mi virilidad, con mi esplendor, te confiero el esplendor” – “Yo soy él y tú eres ella, tu eres ella y yo soy él. Yo soy el Cielo, tu la Tierra. Al igual que la Tierra contiene en su seno al dios Indra, así como los puntos cardinales están llenos de viento, así deposito en tí el embrión de [aquí el nombre de nuestro hijo]” (Brhadaranyaka-upanishad, VI, iv, 8; VI, iv, 20-22; cf. Atharva-Veda, XIV, 2, 71).

—-

Nota de YRANIA: Este estudio continuará en los próximos días.

29 de Enero de 2008, Anno Domini.

 

EL ANGEL

26 de enero de 2008

EL ANGEL, Llimona.

Símbolo de lo invisible, de las fuerzas que ascienden y descienden  entre el origen y la manifestación. (…). Los ángeles aparecen en la iconografía artística  desde el origen de la cultura, en el cuarto milenio antes de Jesucristo, confundiéndose con las deidades aladas. (…). (“Diccionario de Símbolos”, de Juan-Eduardo Cirlot,  NCL, Bcna, 1978)

–Nota: La escultura de arriba es El Angel, de Josep Llimona i Bruguera, y destaca en lo alto del cementerio de Comillas, construido sobre las ruinas de una antigua iglesia del siglo XV.

EL AGUILA

24 de enero de 2008

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EL AGUILA aparece como símbolo heráldico de muchos imperios y naciones desde Roma hasta Rusia (que tras el paréntesis de 1917 a 1989, ha recuperado el Aguila bicéfala), el Imperio Germánico,Polonia, Rumania,  Albania,  USA, México, España (Hasta el año 1982), etc., y también como representación de San Juan Evangelista. Su opuesto es la lechuza, ave de las tinieblas y de la muerte.

Del imprescindible Diccionario de Símbolos, de Juan-Eduardo Cirlot, copiamos lo siguiente:

 

“Símbolo de la Altura, del espíritu identificado con el Sol, y del principio espiritual. (…). El águila es ave cuya vida transcurre a pleno sol, por lo que se considera como esencialmente luminosa y participa de los elementos aire y fuego. (…). Como se identifica con el sol y la idea de la actividad masculina, fecundante de la naturaleza materna, el águila simboliza también el padre. El águila se caracteriza además por su vuelo intrépido, su rapidez y familiaridad con el trueno y el fuego. Posee, pues, el ritmo de la nobleza heróica. Desde el Extremo Oriente hasta el Norte de Europa, el águila es el animal asociado a los dioses del poder y de la guerra. (…). En el cristianismo, ratifica también el águilasu papel de mensajero celestial. (…).  En las monedas romanas aparece más bien como signo emblemático de las legiones y del poder el Imperio. (…). Dante se llega a referir al águila como pájaro de Dios. (…)”

(Extracto de Diccionario de Símbolos, por Juan-Eduardo Cirlot /NCL, Barcelona, 1978. pág 57)


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